PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscit?diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que dur?en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagr?en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

Seguir leyendo »»»

PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les pregunt? según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

Seguir leyendo »»»

ARTÍCULOS

SÓFOCLES Y EURÍPIDES

ENLACES

CLÁSICOS GRIEGOS
Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca

LATÍN
Web sobre Latín Online

OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi

POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad

SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico

ARTOJERJES

I. El primer Artojerjes, distinguido entre todos por su bondad y magnanimidad, se llamó Longímano, porque tenía la mano derecha más grande que la izquierda: fue hijo de Jerjes. El segundo, cuya vida escribimos, se llamó Mnemón, y nació de hija de aquel; porque fueron cuatro los hijos de Darío y Parisatis: el mayor, Artojerjes; después de éste, Ciro, y los más jóvenes, Ostanes y Oxatres. Ciro tomó del antiguo Ciro el nombre, y aquel se dice que lo tomó del Sol, porque los Persas al Sol le llamaron Ciro. Artojerjes al principio, se llamó Arsicas, aunque Dinón dice que se llamó Oartes; pero, sin embargo de que Ctesias en lo general llenó sus libros de fábulas y patrañas vulgares, no es de creer que ignorase el nombre de un rey en cuya corte habitó, siendo su médico, el de su mujer, su madre y sus hijos.

II. Tuvo Ciro desde su primera edad un carácter altivo e impetuoso, cuando el otro parecía más dulce en todo y de un genio más bondadoso y apacible. Tomó mujer bella y virtuosa por disposición de sus padres, y la conservó contra la voluntad de éstos; porque habiendo dado muerte el rey a un hermano de la misma, determinó darla también a ella; pero Arsicas se echó a los pies de la madre, y con sus ruegos y lágrimas alcanzó, aun no sin dificultad, que ni se la quitara la vida ni se la separara de su lado. Amó siempre más la madre a Ciro, y quería que éste reinara, por lo cual, habiendo caído enfermo el padre, vino llamado desde el mar, y subió muy esperanzado de que la madre habría negociado el que fuese declarado sucesor del trono, porque Parisatis tenía para esto una razón plausible, de la que ya había antes hecho uso el antiguo Jerjes, instruido por Demarato, pues decía que a Arsicas lo había dado a luz cuando Darío su esposo no era sino particular, y a Ciro cuando ya reinaba. Mas, sin embargo, no fue escuchada, y se declaró por rey al primogénito, mudándole su nombre en el de Artojerjes, y a Ciro sátrapa de la Lidia y capitán general de las provincias marítimas.

III. A poco tiempo de haber muerto Darío, pasó el rey a Pasargada con el objeto de recibir la iniciación regia de los sacerdotes de Persia. Existe allí el templo de una diosa guerrera que puede presumirse sea Minerva, y el que ha de ser iniciado debe entrar en él y, deponiendo la estola propia, vestirse la que llevaba Ciro el Mayor antes de ser rey, comer pan de higos, tragar terebinto y beberse un vaso de leche agria. Si además de estas cosas tienen que ejecutar algunas otras, no es dado saberlo a los de afuera. Cuando iba Artojerjes a cumplir con ellas, llegó a él Tisafernes, trayendo a su presencia a uno de los sacerdotes que había sido presidente de la educación dada a Ciro con los otros jóvenes según las leyes patrias, y le había enseñado la magia; por lo cual ninguno había de haber sentido más que no hubiese sido declarado rey, y de ninguno se debía desconfiar menos para darle crédito acusando a Ciro. Acusábale, pues, de asechanzas en el templo, y de que tenía meditado, mientras el rey se vestía la estola, acometerle y quitarle la vida. Algunos dicen que en virtud de esta denuncia se le prendió; pero otros sostienen que Ciro había entrado en el templo, y que, hallándose escondido, lo descubrió el sacerdote. Cuando ya iba a sufrir la muerte, la madre le tomó en su regazo, le enredó con sus cabellos, juntó con la de él su garganta y a fuerza de quejas y lamentos le consiguió el perdón, y que fuera enviado otra vez al mar; mas él, no contento con aquel mando, ni teniendo en memoria el indulto, sino la prisión, aspiraba con la ira, más todavía que antes, a ocupar el reino.

IV. Dicen algunos haberse revelado al rey porque lo que le fue dado no le bastaba ni para la cena diaria; pero esto es necedad, pues, aun cuando no hubiera otra cosa, estaba la madre, de cuyos bienes podía tomar y disponer cuanto y como quisiese, prestándose la misma a todo. Dan también testimonio de su riqueza las muchas tropas que en diferentes puntos mantenía por medio de sus amigos y huéspedes, como dice Jenofonte, pues no los reunía en uno, procurando todavía ocultar sus preparativos, sino que tenía en muchas partes reclutadores bajo diferentes pretextos. Además, la madre, que se hallaba en la corte, cuidaba de desvanecer la sospecha del rey, y el mismo Ciro le escribía respetuosamente, ya para decirle algunas cosas, y ya para darle quejas contra Tisafernes de que tenía emulación y desavenencias con él. Entraba también cierta parte de desidia en el carácter del rey, que para los más pasaba por bondad; al principio parece que efectivamente se propuso imitar la mansedumbre del otro Artojerjes, su tocayo, mostrándose muy afable en las audiencias, y esmerándose en honrar y hacer gracia a cada uno según su clase. A los castigos les quitaba todo lo que tenían de infamantes, y en punto a dádivas, no menos placer tenía en hacerlas que en recibirlas, mostrándose en el dar placentero y benigno; y por pequeño que fuese el don, no dejaba de recibirlo con la mejor voluntad: así, habiéndole presentado un tal Omiso una granada de extremada magnitud, “¡Por Mitra- dijo- que este hombre haría pronto de pequeña grande una ciudad si se le confiase!”.

V. En un viaje, unos le llevaban unas cosas y otros otras; y como un pobre menestral, que no encontraba que darle, corriese al río y, cogiendo agua en las manos, se la trajese, le dio tanto gusto a Artojerjes, que le envió una ampolla de oro y mil daricos. Euclides Lacedemonio habló insolentemente contra él, y se contentó con intimarle por medio de un tribuno lo siguiente: “A ti te es dado decir de mí cuanto quieras; pero a mí decir y hacer”. En una cacería le avisó Teribazo de que tenía el sayo descosido, y preguntándole qué haría, le respondió: “Ponerte otro y darme a mí ése”. Hízolo así Artojerjes, diciéndole: “Te lo doy, pero no te permito que lo lleves”. Y como él, sin hacer caso, porque no era hombre malo, aunque sí algo falto y atolondrado, se hubiese puesto el sayo, adornándose además con dijes de oro mujeriles, que también le había dado el rey, los cortesanos se mostraron disgustados, porque aquello no debía hacerse; pero el rey lo tomó a risa, y le dijo: “Te permito llevar los dijes por mujer, y el sayo por loco”. En la mesa del rey no se sentaban sino su madre y su mujer legítima, colocándose ésta en el asiento inferior y la madre en el superior: pero Artojerjes admitía a su misma mesa a sus dos hermanos Ostanes y Oxatres, que eran los dos más jóvenes. Lo que, sobre todo, dio a los Persas un espectáculo sumamente grato fue la carroza de la mujer de Artojerjes, Estatira, que siempre iba desnuda de todo cortinaje, dando lugar aún a las mujeres más infelices de saludarla y acercársele, con lo que aquel reinado se ganaba el amor de la muchedumbre.

VI Mas los hombres inquietos y amigos de novedades se daban a entender que los negocios pedían a Ciro, por ser varón magnánimo y guerrero, y que la extensión de tan grande imperio necesitaba un rey que tuviera espíritu y ambición. Ciro, asimismo, confiando no menos en los de las provincias altas que en los que tenía cerca de sí, se determinó a la guerra, y escribió a los Lacedemonios implorando su auxilio y pidiendo le enviasen hombres, a quienes ofrecía dar, si se le presentaban como infantes, caballos; si con caballos, parejas; si tenían campos, aldeas; si aldeas, ciudades; y que a los soldados no se les contaría la soldada, sino que se les mediría. Haciendo además jactancia de su persona, decía que su corazón pesaba más que el de su hermano; que filosofaba más que él; que era mejor mago, y podía beber y aguantar más vino; y, que éste de miedo en las cacerías no montaba a caballo, ni en la guerra se sentaba en carro con trono. Los Lacedemonios, pues, enviaron la correa a Clearco, dándole orden de estar en todo a la disposición de Ciro; de resulta de lo cual subió éste hacia la corte con un numeroso ejército de bárbaros, y con poco menos de trece mil Griegos auxiliares, buscando diferentes achaques y pretextos para haber reunido aquellas fuerzas. No consiguió, sin embargo, deslumbrar por mucho tiempo, porque Tisafernes acudió por sí mismo a avisarlo al rey, y fue grande la turbación y alboroto que esto causé en palacio, echándose a Parisatis principalmente la culpa de aquella guerra, y moviéndose muchas sospechas y delaciones contra sus amigos. La que hostigó sobre todo a Parisatis, fue Estatira, quejándose amargamente de la guerra, y clamando: “¿Dónde están ahora aquellas seguridades?; ¿dónde aquellos ruegos con que libertaste al insidiador de su hermano, y conque has venido a cercarnos de guerra y de males?” Por esta causa Parisatis concibió el más terrible odio contra Estatira, y como fuese de índole rencorosa y propiamente bárbara en sus iras y en su mala intención, atentó contra su vida. Dinón dice que esta maldad se verificó durante la guerra, y Ctesias que después: y como no parece regular que éste ignorase el tiempo, habiendo presenciado los sucesos, ni se ve causa alguna para que sacase de su propia época este hecho y no lo refiriese como había pasado (aunque muchas veces le sucede que su narración, convirtiéndose a lo fabuloso y dramático, se aparta de la verdad), aquí tendrá el lugar que éste le ha dado.

VII. Llegáronle a Ciro en la marcha voces y rumores de que el rey no pensaba en dar batalla desde luego, ni en apresurarse a venir a las manos con él, sino permanecer en Persia hasta que le llegaran las tropas pedidas de todas partes, habiendo hecho abrir un foso de diez pies de ancho y otros tantos de hondo, que corría por la llanura hasta cuatrocientos estadios; y aun no hizo alto en que Ciro entrase dentro de él y llegase hasta no lejos de la misma Babilonia; pero habiendo tenido Teribazo resolución para decir el primero que no era razón evitable el combate, ni que retirándose de la Media, de Babilonia y aun de Susa se encerrara en la Persia quien tenía multiplicadas fuerzas que el enemigo, y diez mil sátrapas y generales que en prudencia y pericia militar valían más que Ciro, se decidió por que se marchara al combate sin más dilación. Y cuando de pronto se dejó ver con un ejército de novecientos mil hombres bien equipados, asombró y sobresaltó a los enemigos, que por la excesiva confianza y desprecio marchaban en desorden y sin armas, de manera que sólo con gran dificultad y mucha gritería y alboroto pudo traerlos Ciro a formación. Caminando despuéss el rey con reposo y concierto, causó con aquel buen orden admiración a los Griegos, que en tanto gentío no esperaban más que gritería confusa, correrías y grande desorden y dispersión. Dispuso también con singular acierto colocar contra los Griegos, delante de su hueste, los más fuertes de sus carros falcados, para que antes de venir a las manos les desordenaran las filas con la violencia de su impulso.

VIII. Siendo muchos los que han referido esta batalla, entre los cuales Jenofonte la ha descrito de manera que casi la hace ocurrir a nuestra vista, pintando los sucesos no como pasados, sino como si entonces mismo aconteciesen, y haciendo con la viveza de su expresión sentir al que lee los afectos y los peligros, no sería de escritor prudente ponerse ahora a hacer otra narración que la de aquellas particularidades dignas de memoria que éste hubiese pasado en silencio. El lugar, pues, donde se dio se llama Cunaxa, y dista de Babilonia quinientos estadios. Propuso Clearco a Ciro antes de la batalla que se colocara a retaguardia de los griegos y no expusiera su persona y se refiere haberle respondido: “¿Qué es lo que dices, Clearco? ¿Me propones que, aspirando al reino, me muestre indigno de reinar?” Erró sin duda Ciro en arrojarse temerariamente a los peligros y no guardarse de ellos: pero no fue menos, si es que no fue más grande, el yerro de Clearco en no querer que los Griegos se opusieran de frente al rey, y en apoyar su derecha sobre el río para no ser envuelto, pues al que en todo no buscaba más que la seguridad, y toda su atención la ponía en no sufrir ni el menor descalabro, le era lo mejor haberse quedado en su casa. Pero haber andado armado diez mil estadios sin que negocios propios lo exigiesen, con sólo el objeto de colocar en el trono real a Ciro, y ponerse después a examinar el lugar y la formación más a propósito, no para salvar al caudillo y a aquel en cuyo auxilio era venido, sino para pelear él mismo con menor riesgo e incomodidad, es como si uno, por temor de lo presente, no hiciera cuenta del objeto principal, ni tuviera en consideración cuál es el fin de un ejército, pues que ninguno de los soldados del rey había de haber aguantado el choque de los Griegos; y que, rechazados aquellos y ahuyentado o muerto el rey, se había de haber logrado que, salvo y vencedor, reinase Ciro, de los mismos sucesos se deduce con claridad. Por tanto, más de culpar es la exagerada precaución de Clearco que la temeridad de Ciro, en que con éste todo se hubiese perdido, pues si el mismo rey se hubiera puesto a pensar dónde colocaría los Griegos para recibir de ellos menos daño, no hubiera encontrado otro sitio mejor que aquel en que estuviesen más lejos de él mismo y de los que con él peleaban, desde el cual él mismo no percibió que era vencido, y Ciro se anticipó a morir antes de sacar ninguna ventaja de la victoria de Clearco. Y no porque Ciro no hubiese conocido que era lo que convenía, disponiendo que Clearco formara allí en el centro; pero éste, con decir que dejara a su cuidado el disponer lo mejor, todo lo desbarató y destruyó.

IX. Porque los Griegos arrollaron a los bárbaros como y cuanto quisieron, y, persiguiéndolos, corrieron casi toda la llanura; mas contra Ciro, que llevaba un caballo noble, pero duro de boca y de sobrados alientos, llamado Pasaca según dice Ctesias, movió el caudillo de los Cadusios Artagerses, diciendo a grandes voces: “¡Oh tú, que infamas el glorioso nombre de Ciro, el más injusto y más temerario de los hombres, vienes atrayendo en mal hora a los valientes Griegos contra las riquezas de los Persas, con esperanza de dar muerte a tu señor y tu hermano, que tiene millares de millares de esclavos mejores que tú; pero ahora lo verás, pues antes perderás aquí tu cabeza que puedas ver el rostro del rey”. Dicho esto, le lanzó un dardo, y la coraza resistió firme al golpe, con lo que no llegó a ser herido Ciro, sino sólo conmovido en la silla, porque el golpe fue violento. Al volver Artagerses el caballo, tiró Ciro contra él, y le acertó, entrando la punta del dardo por el cuello sobre la clavícula. Así casi todos convienen en que Artagerses fue muerto por Ciro: pero por cuanto de la muerte de éste no habló Jenofonte sino llana y brevemente, como que no la presenció, nada parece que se opone a que expresemos con distinción lo que acerca de ella refieren Dinón y Ctesias.

X. Dice, pues, Dinón que, muerto Artagerses, Ciro acometió denodadamente a los que protegían al rey, llegando a herirle a éste el caballo; pero pudo salvarse. Proporcionóle Teribazo que montase otro caballo, diciéndole: “Acuérdate, ¡oh rey!, de este día, porque no es de olvidar”; y otra vez Ciro acosó con su caballo a Artojerjes, y le derribó. Indignóse sobremanera el rey al tercer encuentro, y diciendo “más vale morir”, lanzó un dardo contra Ciro, que temeraria y ciegamente se metía por las saetas enemigas; tiráronle también los que junto al rey estaban, y cayó Ciro, según dicen algunos, herido de mano del rey; según algunos otros, dándole el golpe mortal uno de Caria, a quien el rey concedió, en premio de esta acción, que llevara siempre un gallo de oro sobre una lanza al frente de la hueste en los ejércitos; porque los Persas a los de Caria le llamaban gallos, a causa de los penachos con que adornaban sus cascos.

XI La relación de Ctesias, procurando abreviar y compendiar mucho en pocas palabras, es como sigue: Ciro, luego que dio muerte a Artagerses, dirigió su caballo contra el rey, y éste el suyo contra él, ambos sin hablar palabra. Anticipóse Arieo, amigo de Ciro, a tirar contra el rey, pero no le hirió. El rey, haciendo entonces tiro con su lanza, no acertó a Ciro, pero alcanzó y dio muerte a Satifernes, hombre de valor y leal a Ciro. Tirando éste contra aquel, le pasó la coraza y le hirió en el pecho, hasta penetrar la saeta dos dedos, haciéndole el golpe caer del caballo. Desordenáronse con esto y huyeron los que tenía alrededor de sí, y levantándose con muy pocos, de los cuales era uno Ctesias, tomó una altura inmediata, donde respiró. A Ciro, mientras acosaba a los enemigos, enardecido su caballo, lo llevó a gran distancia, venida ya la noche, desconocido de los enemigos y buscado de los suyos. Engreído con la victoria y lleno de ardor y osadía, corrió gritando: “¡Rendios, miserables!” Repetíalo en lengua persa muchas veces, y algunos se retiraban adorándole: mas cáesele en esto la tiara de la cabeza, y volviendo contra él un mancebo persa, llamado Mitridates, le hiere con un dardo en una sien, junto al ojo, sin saber quién fuese. Como le corriese mucha sangre de la herida, cayó Ciro desmayado y soporoso, y el caballo, dando a huir, corría desbocado, cuyos jaeces, caídos al suelo, recogió el escudero del que hirió a Ciro, bañados todos en sangre. A éste, que con la herida apenas podía dar paso, procuraban unos cuantos eunucos que allí se hallaban subirle en otro caballo y salvarle; más no estando para ello, y yendo con gran dificultad por su paso, le cogieron por los brazos y así le llevaban muy pesado ya del cuerpo y cayéndoseles, pero creído de que era vencedor, por oír a los que huían que aclamaban por rey a Ciro y le rogaban los mirase con indulgencia. En esto unos Caunios, hombres de mala vida, miserables y que por muy poco jornal iban de trabantes en el ejército del rey, se encontraron mezclados como amigos entre las gentes de Ciro, y no bien hubieron visto las sobrevestas purpúreas, siendo blancas las que usaban todos los del servicio del rey, conocieron que eran enemigos. Atrevióse, pues, uno de ellos a herir con un dardo a Ciro por la espalda sin conocerle, y rota la vena de la corva, cayó Ciro, dando al mismo tiempo con la sien herida sobre una piedra, y falleció. Ésta es la narración de Ctesias, con la que, como con una mala navaja, le va matando poco a poco.

XII. Cuando ya había muerto, acertó a pasar a caballo Artasiras, ojo del rey, y conociendo a los eunucos que se lamentaban, preguntó al que tenía entre ellos de más confianza: “Dime, Pariscas, “¿a quién lloras aquí sentado?”, a lo que respondió: “¿No ves, ¡oh Artasiras! a Ciro muerto?” Maravillado Artasiras, procuró consolar al eunuco, encargándole la custodia del muerto, y él corrió a Artojerjes, que ya lo daba todo por perdido, y que se hallaba mal parado de sed y de sus heridas, y le dice con regocijo que ha visto muerto a Ciro. Su primer movimiento fue querer ir a verlo por sí, diciendo a Artasiras que lo llevase al sitio; pero como llegasen continuas noticias y fuese grande el miedo con motivo de que los Griegos seguían el alcance, y todo lo vencían y avasallaban, se tuvo por más conveniente enviar exploradores en mayor número, y se enviaron treinta con hachones. Estaba el rey a punto de morir de sed, y el eunuco Satibanes corría por todas partes buscando qué bebiese, porque el terreno aquel carecía de agua y no estaba cerca el campamento; mas al fin, a costa de mucha diligencia, dio de aquellos Caunios miserables con uno que en un odre ruin tenía de agua podrida y de mala calidad hasta unas ocho cótilas. Tomóle, pues, y lo trajo al rey; y habiéndose bebido éste toda el agua, le preguntó si no le había sabido mal semejante bebida, y él juró por los dioses que en su vida había bebido ni vino más dulce, ni agua más delicada y limpia; tanto, que le añadió: “Al hombre que te la ha dado, si buscándolo no puedo yo darle la debida recompensa, pediré a los dioses que le hagan feliz y rico”.

XIII. Llegaron en este punto los treinta regocijados y alegres, anunciándole su inesperada ventura, y empezando además a cobrar ánimo con el gran número de los que volvían a pasarse a él, bajó del collado rodeado de antorchas. Cuando estuvo junto al cadáver, luego que, según una ley de los Persas, se le cortó la mano derecha y la cabeza, separándolas del cuerpo, mandó que le trajesen la cabeza; y cogiéndola por los cabellos, que eran espesos y ensortijados, la mostró a los que todavía dudaban y huían. Admirábanse éstos y lo adoraban, de manera que en breve reunió unos setenta mil hombres, que regresaron otra vez a los reales, siendo los que había llevado a la batalla, según dice Ctesias, sobre cuatrocientos mil; pero Dinón y Jenofonte refieren haber sido muchos más los que entraron en acción. De muertos dice Ctesias que Artojerjes le refirió haber sido nueve mil, y que a él le parece que en todo no bajaron los que perecieron de veinte mil. En esto puede haber duda; pero lo que es una insigne impostura de Ctesias es decir que él mismo fue enviado a los Griegos con Falino de Zacinto y algunos otros, porque Jenofonte sabía que Ctesias moraba en la corte del rey, puesto que hace mención de él, y es claro que tuvo en las manos sus libros; y si hubiera ido y sido intérprete de las conferencias, no habría dejado de nombrarle cuando nombra a Falino de Zacinto; y es que, siendo Ctesias sumamente ambicioso y no menos apasionado de los lacedemonios y de Clearco, siempre deja para sí mismo algunos huecos en la narración, y cuando se ve en ella dice muchas y grandes proezas de Clearco y de Lacedemonia.

XIV. Después de la batalla envió los más ricos y preciosos dones al hijo de Artagerses, muerto a manos de Ciro, y honró magníficamente a Ctesias y a todos los demás. Habiendo hallado al Caunio aquel que le dio el odre, de oscuro y pobre lo hizo ilustre y rico. Se notó cierto estudio hasta en los castigos de los que faltaron, porque a un Medo llamado Arsaces que en la batalla huyó a Ciro y otra vez se le pasó después de muerto éste, queriendo en él castigar la timidez y cobardía, y no la traición ni la maldad, le condenó a que, tomando en hombros una ramera desnuda, la paseara así un día entero por la plaza. A otro que sobre haberse pasado se había atribuido con falsedad haber muerto a dos enemigos, dispuso que le atravesaran la lengua con tres agujas. Creyendo él mismo y queriendo que todos creyeran y dijeran que él había sido quien había muerto a Ciro, a Mitridates, que fue el primero en tirar contra Ciro, le envió magníficos dones, encargando a los que habían de entregárselos que le dijesen: “Con estas preseas te premia el rey por haberle presentado los arreos del caballo de Ciro, que te encontraste”. Pidiéndole asimismo recompensa aquel de Caria que dio a Ciro en la pierna la herida de que murió, provino a los que se la llevaban le dijesen en la propia forma: “Este regalo te lo hace el rey por segundas albricias, porque el primero fue Artasiras, y después de él tú le anunciaste la muerte de Ciro”. Mitridates, aunque disgustado, recibió su regalo y nada dijo; pero al miserable Cario le sucedió lo que comúnmente padecen los necios, porque, deslumbrado con los bienes presentes, pensó que podía subirse a mayores, y desdeñando recibir lo que se le daba como albricias, se mostró ofendido, protestando y gritando que ninguno otro que él había muerto a Ciro, e injustamente se le privaba de aquella gloria. Cuando se lo dijeron al rey, se irritó sobremanera y mandó que le cortasen la cabeza; pero la madre, que se hallaba presente: “No has de ser tú ¡oh rey!le dijo-, quien se dé con esto por satisfecho respecto de este abominable Caria, sino que de mí recibirá una recompensa digna de lo que ha tenido el arrojo de decir.” Habiéndoselo otorgado el rey, dio orden Parisatis a los ejecutores de la justicia para que, tomando bajo su poder aquel hombre, lo atormentaran por diez días, y sacándole después los ojos, le echaran en los oídos bronce derretido hasta que así falleciese.

XV. Al cabo pereció también malamente Mitridates de allí a poco tiempo por su indiscreción. Convidado, en efecto, a un banquete, al que asistieron los eunucos del rey y de su madre, se presentó en él engalanado con el vestido y alhajas de oro que aquel le había dado. Cuando ya estaban cenando, le dijo el eunuco de más valimiento entre los de Parisatis: “Bellísimo es, ¡oh Mitridates!, ese vestido que te dio el rey; bellísimos igualmente los collares y demás adornos; pero más precioso el alfanje. ¡Ciertamente que te hizo venturoso y célebre entre todos!” Mitridates, que ya tenía la cabeza caliente: “¿Qué es esto?- dijo- ¡oh Esparamizes! De mayores y más preciosos dones de parte del rey me hice yo digno en aquel día”. Entonces Esparamizes, sonriéndose: “Nadie te lo disputa ¡oh Mitridates!- le contestó-; pero pues dicen los Griegos que la verdad es compañera del vino, ¿qué cosa tan grande y tan brillante es, amigo mío, encontrarse en el suelo los arreos de un caballo, e ir después a presentarlos?” Diciendo esto, no porque ignorase lo que había pasado, sino para hacer se franquease ante los demás que se hallaban presentes, picaba así la vanidad de Mitridates, hablador ya y descomedido con el vino. Así es que, no pudiendo contenerse: “Vosotrosrepuso- diréis todo lo que queráis de arreos y tonterías; lo que yo os aseguro sin rodeos es que Ciro fue muerto por esta mano, porque no tiré, como Artagerses, flojamente y en vano, sino que erré poco del ojo, y acertándole en la sien, y pasándosela, lo derribé al suelo, habiendo muerto de aquella herida”. Todos los demás, poniéndose ya en el fin de aquella conversación, y viendo la desgraciada suerte de Mitridates, bajaron los ojos a tierra; y el que daba el convite: “Amigo Mitridates- dijo-, bebamos ahora y comamos adorando el genio del rey, y dejemos a un lado razonamientos que están por encima de los que pide un banquete”.

XVI Fin seguida refiere el eunuco a Parisatis aquella conversación, y ésta al rey, el cual se indignó en gran manera, creyéndose desmentido y que se le hacía perder el más precioso y más dulce fruto de la victoria, pues estaba empeñado en hacer entender a todos los bárbaros y a los Griegos que en los encuentros y choques, dando y recibiendo golpes, él había sido herido, pero había muerto a Ciro. Mandó, pues, que a Mitridates se le quitara la vida, haciéndole morir enartesado, lo que es en esta forma: tómanse dos artesas hechas de madera que ajusten exactamente la una a la otra, y tendiendo en una de ellas supino al que ha de ser penado, traen la otra y la adaptan de modo que queden fuera la cabeza, las manos y los pies, dejando cubierto todo lo demás del cuerpo, y en esta disposición le dan de comer, si no quiere, le precisan punzándole en los ojos; después de comer le dan a beber miel y leche mezcladas, echándoselas en la boca y derramándolas por la cara: vuélvenle después continuamente al sol, de modo que le dé en los ojos, y toda la cara se le cubre de una infinidad de moscas. Como dentro no puede menos de hacer las necesidades de los que comen y beben, de la suciedad y podredumbre de las secreciones se engendran bichos y gusanos que carcomen el cuerpo, tirando a meterse dentro. Porque cuando se ve que el hombre está ya muerto, se quita la artesa de arriba y se halla la carne carcomida, y en las entrañas enjambres de aquellos insectos pegados y cebados en ellas. Consumido de esta manera Mitridates, apenas falleció el decimoséptimo día.

XVII. Quedábale a Parisatis otro blanco, que era Masabates, aquel eunuco del rey que cortó a Ciro la cabeza y la mano. No le daba éste motivo ni asidero ninguno, y Parisatis discurrió de este modo de traerle a sus lazos. Era para todo mujer astuta, y diestra en el juego de los dados, por lo que antes de la guerra jugaba muchas veces con el rey, y después de ella, cuando ya se habían reconciliado, no se negaba a las demostraciones del rey, sino que tomaba parte en sus diversiones y era sabedora de sus amores, terciando en ellos y presenciándolos, con el cuidado, sobre todo, de que conversara y se llegara a Estatira lo menos posible, por aborrecerla más que a nadie, y también para poder aparentar que ella era la que gozaba del mayor favor. En una ocasión, pues, en que el rey estaba alegre y sin qué hacer, lo provocó a jugar la suma de mil daricos; echaron los dados, y habiéndose dejado ganar, entregó el dinero. Fingió, sin embargo, sentimiento y gana de continuar, proponiendo que se pusiera a jugar de nuevo, y que fuera lo que se jugase un eunuco. Hicieron el convenio de que cada uno exceptuaría cinco, los que tuviese de mayor confianza, y de los demás el vencedor elegiría, y el vencido habría de entregarlo; bajo estas condiciones se pusieron a jugar. Dio grande atención al juego, no omitiendo nada de su parte, y como además le fuesen favorables los lances, ganó y se hizo dueña de Masabates, que no era de los exceptuados; y antes que él pudiera tener sospecha ninguna de su intención, lo entregó a los ejecutores de la justicia con orden de que lo desollaran vivo; el cuerpo, puesto de lado, lo amarraron en tres cruces, y la piel la tendieron con separación en otro palo. Hecho esto, el rey manifestó el mayor pesar, mostrándosele irritado, y ella por burla: “¡Cuán amable y gracioso eres- le decía- si así te dueles por un eunuco viejo y perverso, cuando yo, habiendo perdido mil daricos, callo y aguanto!” El rey, aunque no dejó de sentir el engaño, nada hizo; pero Estatira, que abiertamente la contradecía en todo, hizo también con esta ocasión demostraciones de disgusto, no pudiendo sufrir que Parisatis diera muerte injusta y cruel, a causa de Ciro, a los hombres y a los eunucos más fieles al rey.

XVIII. Habiendo Tisafernes engañado a Clearco y a los demás caudillos, y puéstolos en prisión con quebrantamiento de las capitulaciones confirmadas con juramento, dice Ctesias que Clearco le pidió le proporcionase un peine, y que, provisto de él, se compuso y ordenó el cabello, quedando muy agradecido a aquel favor, por el que le dio un anillo, prenda de amistad, para sus parientes y deudos en Lacedemonia, siendo lo que tenía grabado una danza de cariátides. Añade que los víveres enviados a Clearco los sustraían y consumían los soldados presos con él, dando a Clearco una parte muy pequeña, como si a ellos la debiera; y que él puso en esto remedio, negociando que se enviaran más provisiones a Clearco y que se les dieran separadamente a los soldados; y todo esto lo dispuso y ejecutó por favor y con beneplácito de Parisatis. Como entre estas provisiones se enviase todos los días a Clearco un jamón, le mostró de qué modo podría poner entre la carne un puñal y enviárselo escondido, rogándole lo ejecutase y que no diera lugar a que su fin pendiera de la crueldad del rey. Mas él no se prestó a semejante propuesta, y habiendo la madre intercedido con el rey para que no se diese muerte a Clearco, el rey se lo otorgó bajo juramento; pero vuelto por Estatira, hizo quitar la vida a todos, fuera de Menón. De resulta de esto dice que Parisatis atentó a la vida de Estatira, preparándole un veneno, cosa poco probable en cuanto a la causa, pues no parece que Parisatis había de emprender acción tan atroz y exponerse por Clearco a los mayores peligros, arrojándose a dar muerte a la mujer legítima del rey, madre de los hijos que en común habían educado para el reino. Pero es bien claro que todo esto está exagerado en obsequio de la memoria de Clearco; porque dice también que, muertos los caudillos, todos los demás fueron comidos de perros o de aves; pero que en cuanto al cadáver de Clearco, levantándose un recio huracán, que acumuló un montón de tierra, la trajo sobre él y le cubrió, y que, habiéndose plantado allí unas palmas, en breve se formó un maravilloso palmar, que hizo sombra a aquel sitio, tanto, que el rey mismo se mostró muy pesaroso de haber dado muerte a un hombre tan amado de los dioses como Clearco.

XIX. Parisatis, que desde el principio había mirado con aversión y celos a Estatira, viendo que su poder no nacía sino del respeto y honor en que la tenía el rey, y que el de ésta tomaba sus quilates y su fuerza del amor y de la confianza, se resolvió a armarle asechanzas, aventurándose, como ella misma lo creía, a todo. Tenía una esclava muy fiel y que gozaba de todo su favor, llamada Gigis, de la cual dice Dinón haber sido quien dispuso el veneno, y Ctesias, que sólo fue sabedora involuntariamente. Al que dio el veneno, éste le llama Belitara, y Dinón, Melanta. A Pesar de sus antiguas sospechas y disensiones, habían empezado otra vez a visitarse y a cenar juntas, comiendo, aunque con recelo y precaución, de los mismos platos preparados por las mismas personas. Hay en Persia una ave pequeña que no hace ninguna secreción, sino que en lo interior toda es gordura, por lo que se cree que se mantiene del viento y del rocío, y su nombre es Rintaces. Dice, pues, Ctesias que Parisatis trinchó una de estas aves con un cuchillo untado por un lado con el veneno, con lo que quedó emponzoñada una parte del ave, y que comió ella la parte intacta y pura, alargando a Estatira la que estaba inficionada. Dinón dice que no fue Parisatis, sino Melanta quien trinchó el ave, poniendo la carne envenenada al lado de Estatira. Como ésta hubiese muerto con grandes dolores y convulsiones, ella misma conoció la maldad, y el rey no pudo menos que concebir sospechas contra la madre, mayormente sabiendo su índole feroz e implacable. Por tanto, aplicándose al punto a hacer indagaciones, prendió y atormentó a los sirvientes y superintendentes de la mesa de la madre; por lo que hace a Gigis, Parisatis la tuvo mucho tiempo consigo en su habitación, sin querer entregarla al rey, que la reclamó; pero como más adelante hubiese pedido que la dejara ir una noche a su casa el rey lo llegó a entender, puso quien la acechase y prendiese, y la condenó a muerte. La pena que en Persia se da, según la ley, a los envenenadores es la siguiente; tienen una piedra ancha sobre la que ponen la cabeza del criminal, y con otra piedra se la machacan y muelen hasta quedar deshechas la cara y la cabeza; y ésta fue la muerte que tuvo Gigis. A Parisatis no le dijo o hizo Artojerjes otro mal que enviarla con su voluntad a Babilonia, diciendo que mientras ésta estuviese allí, no vería aquella ciudad. Tales fueron y así pasaron las cosas domésticas.

XX. Quería el rey y hacía esfuerzos por apoderarse de todos los Griegos que habían subido a la Persia como había vencido a Ciro y había conservado el reino; pero no habiéndolo conseguido, y antes habiéndose ellos salvado por sí mismos, puede decirse que desde la corte, no obstante haber perdido a Ciro y todos sus caudillos, lo que éstos hicieron fue descubrir y revelar lo que era el imperio de la Persia y las fuerzas del rey, reducido todo a mucho oro, lujo y mujeres, y en lo demás, orgullo y vanidad; con lo que toda la Grecia se tranquilizó y despreció a los bárbaros, y aun a los Lacedemonios les pareció cosa intolerable no sacar de su servidumbre a los griegos habitantes del Asia, y no poner término a sus insolencias. Haciéndoles, pues, la guerra, primero bajo el mando de Timbrón y después de Dercílidas, sin hacer nada digno de mentarse, la encargaron al rey Agesilao. Pasó éste con sus naves al Asia, y desplegando al punto singular actividad, alcanzó un ilustre nombre, venció de poder a poder a Tisafernes y sublevó las ciudades. En vista de esto, meditando Artojerjes sobre el modo de hacer la guerra, envió a la Grecia a Hermócrates de Rodas con cantidad de oro y orden de regalar y corromper a los demagogos de más influjo en las ciudades, a fin de llevar la guerra griega sobre Lacedemonia. Hízolo así Hermócrates, logrando que se rebelaran las ciudades más principales; y habiéndose puesto también en movimiento el Peloponeso, los magistrados llamaron del Asia a Agesilao. Así se refiere que, al retirarse de aquella región, dijo a sus amigos que había sido expelido del Asia por el rey con treinta mil arqueros, porque el sello de la moneda persa es un arquero o sagitario.

XXI Echó también del mar a los Lacedemonios, valiéndose para caudillo de Conón el Ateniense con Farnabazo; porque Conón, después del combate naval de Egospótamos, se estacionó en Chipre, no para consultar a su seguridad, sino esperando, como en el mar cambio de viento, así mudanza en los negocios. Viendo, pues, que sus ideas necesitaban de poder y que el poder del rey necesitaba de un hombre capaz, envió una carta a éste sobre lo que meditaba, previniendo al portador que la entregara por medio de Zenón de Creta o de Polícrito, médico de Mendeo, y si éstos no se hallasen presentes, por medio de Ctesias, también médico. Refiérese que Ctesias fue el que recibió la carta, y a lo que Conón escribía, añadió que le enviara a Ctesias, porque le sería útil para las empresas de mar; pero Ctesias dice que el rey, de movimiento propio, le confió este encargo. Mas como después de la victoria naval que alcanzó en Gnido, por medio de Farnabazo y de Conón, hubiese despojado a los Lacedemonios del imperio del mar, puso de su parte a la Grecia hasta el punto de dictar a los Griegos aquella tan nombrada paz que se llamó la paz de Antálcidas. El espartano Antálcidas era hijo de León, y trabajando en favor del rey, negoció que todas las ciudades griegas del Asia y las islas con ella confinantes le serían tributarias, debiendo permitirlo así los Lacedemonios, en virtud de la paz ajustada con los Griegos, si es que puede llamarse paz una mengua y traición que trajo a la Grecia a un estado más ignominioso que el que tuvo jamás por término guerra ninguna.

XXII. Por tanto, habiendo abominado siempre Artojerjes de todos los Espartanos, teniéndolos, como dice Dinón, por los hombres más impudentes, a Antálcidas, cuando subió a la Persia, le hizo los mayores agasajos; y en una ocasión, tomando una corona de flores y mojándola en un ungüento preciosísimo, la envió desde la mesa a Antálcidas, maravillándose todos de tan extraordinario obsequio. Ahora, él era hombre muy sujeto a dejarse corromper del lujo y admitir semejante corona, cuando en Persia había remedado por nota a Leónidas y Calicrátidas. Y si Agesilao, según parece, al que dijo: “¡Desdichada Grecia, cuando los Lacedemonios medizan!”, le respondió: “Nada de eso, sino cuando los medos laconizan”, la gracia de este chiste no quitó la vergüenza y mengua del hecho, pues ello fue que perdieron el principado por haber combatido mal en Leuctras, y antes había sido ya mancillada la gloria de Esparta con aquel tratado. Mientras Esparta conservó la primacía, tuvo Artojerjes a Antálcidas por su huésped, y le llamaba su amigo; pero después que, vencidos en Leuctras, decayeron de su altura, y que por falta de medios enviaron a Agesilao al Egipto, subió Antálcidas a la Persia a pedir a Artojerjes socorriese a los Lacedemonios; y éste de tal modo lo desdeñó, le desatendió y le arrojó de sí, que hubo de volverse afligido con el escarnio de los enemigos y el temor a los Éforos, y se dejó morir de hambre. Subieron también a solicitar el auxilio del rey Ismenias, y Pelópidas, después que había vencido en la batalla de Leuctras; pero éste nada hizo que pudiera parecer indecoroso: Ismenias, habiéndosele mandado que adorase, dejó caer el anillo del dedo, y bajándose a cogerlo, pasó por que había adorado. A Timágoras Ateniense, que por medio de Beluris, su escribiente, le dirigió un billete reservado, alegre de haberlo recibido, le envió diez mil daricos, y porque hallándose enfermo necesitaba ochenta vacas de leche. Mandóle además un lecho con su estrado y hombres que lo armaran, por creer que los griegos no sabrían, y portadores que le condujesen en litera hasta el mar, hallándose delicado. Cuando ya hubo arribado, le envió una cena tan suntuosa, que Ostanes, el hermano del rey, le dijo: “Acuérdate, Timágoras, de esta mesa, porque no se te envía tan magníficamente adornada con ligero motivo”; lo que más era estímulo para una traición que recuerdo para el agradecimiento. En fin, los Atenienses condenaron a muerte a Timágoras por causa de soborno.

XXIII. En una cosa dio gusto Artojerjes a los Griegos por tantas con que los había mortificado, y fue en dar muerte a Tisafernes, que les era el más enemigo y contrario, y se la dio por sospechas que contra él le hizo concebir Parisatis, pues no le duró mucho al rey el enojo sino que luego se reconcilió con su madre y la envió a llamar, haciéndose cargo de que tenía talento y un ánimo digno del trono, y de que ya no mediaba causa ninguna por la que hubieran de recelar disgustarse viviendo juntos. Desde entonces, conduciéndose en todo a gusto del rey, y no mostrándose displicente Por nada que hiciese, adquirió con él el mayor poder, alcanzando cuanto quería; esto mismo la puso en estado de observar que el rey estaba apasionadamente enamorado de Atosa una de sus hijas, aunque por respeto a la madre, ocultaba y reprimía esta pasión, como dicen algunos, no obstante que tenía ya trato secreto con aquella joven. No bien lo hubo rastreado Parisatis, cuando empezó a hacerle mayores demostraciones que antes, y a Artojerjes le ponderaba su belleza y sus costumbres como Propiamente regias y dignas del más, alto lugar. Persuadióle por fin que se casase con aquella doncella y la declarase su legítima mujer, no haciendo caso de las opiniones y leyes de los Griegos, pues para los Persas él había sido puesto por Dios como ley y norma de lo torpe y de lo honesto. Todavía añaden algunos, de cuyo número es Heraclides de Cumas, que Artojerjes, se casó también con su otra hija Amestris, de la que hablaremos más adelante. A Atosa la amó el padre con tal extremo después del matrimonio que, habiéndosele plagado el cuerpo de herpes, no se apartó de su amor Por esta causa ni lo más mínimo, y sólo hizo plegarias por ella a Hera; la adoró sola entre los dioses, llegando a tocar con las manos la tierra, e hizo que los sátrapas y sus amigos le enviaran tantas ofrendas, que el espacio que media entre el templo y el palacio, que es de dieciséis estadios, estaba lleno de oro, plata, púrpura y pedrería.

XXIV. Habiendo movido guerra a los egipcios por medio de Farnabazo e Ifícrates, le salió desgraciadamente a causa de haberse éstos indispuesto entre sí. A los Cadusios la hizo por sí mismo con trescientos mil infantes y diez mil caballos: pero habiendo invadido un país áspero y nebuloso, falto de los frutos que provienen de la siembra, y que sólo da para el sustento peras, manzanas y otras frutas silvestres a unos hombres belicosos e iracundos, no advirtió que iba a verse rodeado de las mayores privaciones y peligros, porque no encontraban nada que comer, ni había modo de introducirlo de otra parte. Manteníanse solamente con las acémilas, de manera que una cabeza de asno apenas se encontraba por sesenta dracmas. La cena regia desapareció, y eran muy pocos los caballos que quedaban, habiéndose consumido los demás. En esta situación, Teribazo, que por su valor muchas veces ocupaba el primer lugar, otras muchas era retirado por su vanidad, y entonces se hallaba en desgracia y puesto en olvido, fue el que salvó al rey y al ejército. Porque siendo dos los reyes de los Cadusios y estando acampados aparte, se presentó a Artojerjes, y dándole parte de lo que pensaba ejecutar, se fue él en persona a ver a uno de los Cadusios, y al otro envió a su hijo. Cada uno engañó al suyo, diciéndolo que el otro iba a enviar embajadores a Artojerjes para negociar con él paz y alianza; por tanto, que, si tenía juicio, le convenía llegar él el primero, para lo que le auxiliaría en todo. Diéronles crédito ambos, y procurando cada cual anticiparse, el uno envió embajadores a Teribazo, y el otro a su hijo. Como hubiese habido alguna detención, ya se levantaban sospechas y acusaciones contra Teribazo, y el mismo rey empezaba a mirarle mal, arrepintiéndose de haberse fiado de él y dejando campo abierto a sus enemigos para calumniarle. Mas cuando se presentaron de una parte Teribazo y de otra su hijo, con los Cadusios, y extendiéndose los tratados se asentó la paz con ambos reyes, entonces alcanzó Teribazo los mayores honores, e hizo la retirada al lado del rey, el cual demostró en esta ocasión a todos que la pusilanimidad y delicadeza no nacen del lujo y del regalo, como cree el vulgo, sino de un natural viciado y pervertido que se deja arrastrar de erradas opiniones. Porque ni el oro, ni la púrpura, ni todo el aparato y magnífico equipaje de doce mil talentos que seguía siempre a la persona del rey, le preservó de sufrir trabajos e incomodidades como otro cualquiera, sino que, con su aljaba colgada y llevando él mismo su escuda, marchaba el primero por caminos montuosos y ásperos, dejando el caballo, con lo que daba ligereza y aliviaba la fatiga a los demás, viendo su buen ánimo y su aguante; porque cada día hacía una marcha de doscientos o más estadios.

XXV. Habiendo llegado a un palacio real, que en un país escueto y desnudo de árboles tenía jardines maravillosos y magníficamente adornados, como hiciese frío, permitió a los soldados que cortaran leña en el jardín, echando al suelo árboles, sin perdonar ni al alerce ni al ciprés. No se atrevían por su grandor y belleza, y entonces, tomando él mismo la segur, cortó el más alto y más hermoso de aquellos árboles. Con esto ya los soldados hicieron leña, y encendiendo muchas lumbradas, pasaron bien la noche. Con todo, la vuelta fue perdiendo muchos hombres, y puede decirse que todos los caballos. Pareciéndole que por aquel revés y por haberse desgraciado la expedición se le tenía en menos, como concibió sospechas contra las personas más principales, y si a muchos quitó la vida por enojo, a muchos más por miedo; porque el temor es muy mortífero en el despotismo, así como no hay nada tan benigno, suave y confiado como el valor. Por tanto, aun en las fieras, las intratables e indómitas son las medrosas y tímidas: pero las nobles y generosas, siendo más confiadas por su mismo valor, no se hurtan a los halagos.

XXVI Siendo ya anciano Artojerjes, entendió que sus hijos, ante sus amigos y ante los magnates, tenían contienda sobre el trono: porque los más juiciosos deseaban que como él mismo había recibido el reino, así, lo dejaría a Darío; pero Oco, el menor de todos, que era de espíritu fogoso y violento, tenía en el mismo palacio no pocos partidarios, y esperaba ganar al padre principalmente por Atosa, a la que obsequiaba para tomarla por mujer y para que reinara con él despuésde la muerte del padre; corrían incluso rumores de que en vida de éste tenía trato en secreto con ella, aunque de esto no supo nada Artojerjes. Queriendo, pues, quitar cuanto antes toda esperanza a Oco, precaver también que, arrojándose a seguir el ejemplo de Ciro, el reino se envolviese en guerras y contiendas, designó por rey a Darío, que se hallaba en la edad de cincuenta años, y le concedió llevar enhiesta la que llamaban Cítaris. Era ley dePersia que el designado pedía una gracia, y el designante había de otorgar la que se pidiese, como fuese posible y Darío pidió a Aspasia, mujer muy estimada antes de Ciro, y contada entonces entre las concubinas del rey. Era Aspasia de Focea, en la Jonia, hija de padres libres y educada con particular esmero; presentáronsela a Ciro con otras mujeres estando cenando, y las demás, habiendo tomado asiento, como Ciro arrimándose a ellas, usase de chanzas y de chistes, no se mostraban desdeñosas; pero aquella se estuvo callada al lado del escaño, y llamándola Ciro, no obedeció. Querían los camareros conducirla; pero “Tendrá que sentir- dijo ellacualquiera que venga a echarme mano”; con lo que por los circunstantes fue calificada como ingrata e incivil. Mas Ciro se holgó de ello, y echándose a reír, dijo al que había presentado aquellas mujeres: “¿Cómo hasta ahora no habías advertido que, entre todas, ésta sola me traías libre e intacta?” Y desde entonces comenzó a obsequiarla y a preferirla a todas, llamándola sabia. Quedó cautiva cuando, muerto Ciro, fue saqueado su campamento.

XXVII. Con haberla pedido Darío causó disgusto al padre, porque los celos de los bárbaros en lo relativo a placeres son terribles; tanto, que no sólo el que se arrima y toca a una concubina del rey, sino aun el que se adelanta y pasa cuando es conducida en carruaje, incurre en pena de muerte. Teniendo, pues, a Atosa, a la que, arrastrado del amor, había hecho su mujer contra ley, y manteniendo trescientas setenta concubinas de extremada belleza, sin embargo, a la demanda de ésta respondió que era libre, y dio orden de que la tomase queriendo ella; pero que contra su voluntad no se la obligase. Llamóse, pues, a Aspasia, y como, contra lo que el rey esperaba, hubiese preferido a Darío, la dio estrechado de la precisión de la ley; pero de allí a poco se la quitó, nombrándola sacerdotisa de Ártemis la de Ecbátana, llamada Anaitis, para que viviera en castidad el resto de su vida, creyendo tomar con esto del hijo una venganza no dura y grave, sino llevadera y mezclada en cierto modo con una burla; pero éste no la llevó con serenidad, o porque estuviese enamorado de Aspasia, o porque se juzgase afrentado y escarnecido del padre. Percibió esta disposición suya Teribazo, y todavía lo exasperó más, juntando con la ofensa de éste las suyas, que eran por este orden. Teniendo el rey muchas hijas, prometió dar Apama por mujer a Farnabazo, Rodoguna a Orontes, y a Teribazo Amestris. A los otros les dio sus prometidas; pero faltó a la palabra a Teribazo, casándose él mismo con Amestris, y desposando en su lugar con Teribazo a Atosa segunda; y como se hubiese casado también con ésta, enamorado de ella, del todo se desazonó y enemistó con él Teribazo, que ya de suyo no era de índole sosegada, sino inconsecuente y atolondrado. Por tanto, honrado unas veces entre los primeros, y otras perseguido y desechado con ignominia, ninguna de estas mudanzas las llevaba con cordura, sino que en la elevación era insolente, y cuando se le reprimía, no se mostraba modesto y contenido, sino iracundo y soberbio.

tag heuer replica watches replica handbags longchamp outlet chanel replica prada replica handbags ralph lauren outlet

XXVIII. Era, pues, Teribazo fuego sobre fuego, estando siempre inflamando a aquel joven con decirle que la Cítaris puesta sobre la cabeza de nada servía a los que la llevaban si no trabajaban por dar buena dirección a los negocios, y que sería por tanto muy necio si, intentando de una parte prevenirle en ellos el hermano con el favor del serrallo, y teniendo de otra el padre un genio tan caprichoso e inconstante, creyese que le era ya segura y cierta la sucesión; y que no era lo mismo no salir Oco con su intento, que quedar él privado del reino; porque Oco podía muy bien vivir feliz como hombre privado; pero a él, designado ya rey, le era preciso o reinar, o no existir. Por lo común, sucede aquello de Sófocles: La persuasión del mal ligera corre; porque es muy fácil y en pendiente la marcha a lo que se quiere, y los más de los hombres apetecen lo malo porque no tienen experiencia y conocimiento de lo bueno. Aquí, además, el esplendor del mando y el temor de Darío a Oco le dieron un grande asidero a Teribazo, y quizá no dejó de tener parte de culpa la diosa Chipre, a causa de lo ocurrido con Aspasia.

XXIX. Entregóse, pues, enteramente a Teribazo, y cuando ya eran muchos los rebeldes, un eunuco descubrió al rey la conjuración y el modo, estando plenamente informado de que tenían resuelto entrar aquella noche y matarle en el lecho. Oído por Artojerjes, le pareció cosa fuerte desatender tan grave peligro no dando valor a la denuncia; pero aun le pareció más fuerte y terrible el darlo por cierto sin ninguna prueba. Tomó, pues, este partido: al eunuco le mandó que estuviera sobre ellos y los siguiese, y él hizo que en el dormitorio abrieran un agujero en la pared que estaba a espaldas del lecho, y, poniéndole puertas, cubrió éstas con un tapiz. Llegada la hora, y avisado por el eunuco del momento de la ejecución, se estuvo en el lecho, y no se levantó de él hasta haber visto los rostros de los agresores y conocídoles bien. Cuando vio que desenvainaban las espadas y se encaminaban en su busca, levantó sin dilación el tapiz y se retiró a la cámara inmediata, cerrando con estrépito las puertas. Vistos por él los matadores sin que hubiesen podido ejecutar su hecho, dieron a huir por la puerta por donde entraron, y decían a Teribazo que escapara, pues que habían sido descubiertos, y los demás se dispersaron y huyeron; pero Teribazo iba a ser preso, y dando muerte a muchos de los guardias, con dificultad acabaron con él herido de un dardo arrojado de lejos. Para Darío, que fue preso con sus hijos, convocó Artojerjes los jueces regios, no hallándose él presente, sino haciendo que otros le acusaran y dando orden de que los dependientes escribieran el dictamen de cada uno y se lo llevaran. Votaron todos con uniformidad condenándole a muerte, y a los ministros lo pasaron a la pieza próxima. Llamado el verdugo, vino prevenido del cuchillo con que se cortaba la cabeza a los sentenciados; pero al ver a Darío se quedó pasmado, y se retiró mirando a la puerta y manifestando que no podía ni se atrevía a poner mano en el rey; gritábanle y amenazábanle en tanto desde afuera los jueces, con lo que volvió, y tomando a Darío con la otra mano por los cabellos, y acercándolo a sí, con el cuchillo le cortó el cuello. Dicen algunos que estuvo el rey presente al juicio, y que Darío, cuando se vio convencido con las pruebas, postrándose en el suelo, rogó y suplicó; pero aquel, levantándose encendido en ira, sacó el puñal y lo hirió hasta quitarle la vida. Añaden que después pasó a palacio y, adorando al Sol, dijo: “Retiraos alegres, ¡oh Persas!, y anunciad a los demás que el grande Oromazes ha dado el debido castigo a los que habían meditado crímenes tan atroces y nefandos”.

XXX. Este fin tuvo aquella conjuración. Con esto Oco se alentó en sus esperanzas fomentado por Atosa; mas, con todo, aun le inspiraba miedo, de los legítimos, Ariaspes, que era el que quedaba. y de los espurios, Arsames; porque en cuanto a Ariaspes, deseaban los Persas que reinase, no tanto porque era mayor que Oco como por su condición benigna, sencilla y humana; y Arsames, además de tener talento, no se le ocultaba a Oco que gozaba de la predilección del padre. Incidió, pues, a entrambos, y siendo hombre tan propio para un engaño como para un asesinato, usó de la crueldad de su carácter contra Arsames, y de su maldad y ruindad contra Ariaspes. Envió, pues, a éste varios eunucos y amigos del rey que continuamente le estuviesen anunciando amenazas y expresiones terribles del padre, como que tenía resuelto quitarle la vida cruel o ignominiosamente. Dándole, pues, a entender cada día que lo participaban estos secretos, y diciéndole unas veces que el peligro no era próximo, y otras que no faltaba nada para que el rey pusiera por obra su designio, de tal manera le abatieron y fue tanto su aburrimiento y su confusión sobre lo que haría, que preparó un veneno mortal y, tomándole, se quitó la vida. Cuando el rey supo el género de muerte de Ariaspes, le lloró, y sospechó la causa; pero no se resolvió, por la vejez, a inquirir y proceder sobre ella, y con esto aun se acrecentó su amor a Arsames, notándose que de él principalmente se fiaba, haciéndole su confidente: por lo cual Oco no dilató sus proyectos, sino que, echando mano de Arpates, hijo de Teribazo, por mano de éste le dieron muerte. Eran ya entonces con la vejez muy pocas las fuerzas de Artojerjes, y sobreviniéndole en este estado el pesar de la muerte de Arsames, no pudo ni por momentos tolerarle, sino que al punto, de dolor y abatimiento se le apagó lo poco que le quedaba de espíritu, habiendo vivido noventa y cuatro años y reinado sesenta y dos. Contribuyó no poco a que tuviera opinión de benigno y morigerado su hijo Oco, que sobrepujó a todos en fiereza y crueldad.

 


HISTORIA DEL PENSAMIENTO
HISTORIA DE LA PINTURA LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

POLIBIO - HERÁCLITO - EUCLIDES - OVIDIO

© Copyfreedom 2017 Plutarco.org