PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

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PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi

POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad

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Poeta y padre del Teatro Clásico

CATÓN

I. Dícese que Marco Catón fue por su linaje oriundo de Túsculo, y que residió y vivió, antes de tener parte en el gobierno, en campos propios de su familia en la región sabina. No obstante tenerse la idea de que sus progenitores fueron desconocidos, el mismo Catón alaba a su padre como hombre de valor y ejercitado en la milicia, y refiere de su bisabuelo que muchas veces alcanzó el prez del valor, y que, habiendo perdido en diferentes batallas cinco caballos ejercitados en la guerra, fue del pueblo honrado por su valor y fortaleza. Acostumbraban los Romanos a dar la denominación de hombres nuevos a los que no tenían fama por su linaje, sino que eran ellos mismos los que empezaban a darse a conocer; y como llamaban también nuevo a Catón, decía él que bien era nuevo para el mando y para al gloria; pero que por las obras y virtudes de sus antepasados era bien antiguo. Al principio no tuvo por tercer nombre el de Catón, sino el de Prisco; pero luego por aquella dote en que sobresalía obtuvo el apellido de Catón, porque llaman Catón los Romanos al hombre precavido. Era en su figura rubio y de ojos azules, como lo dio a entender, no mostrándosele muy aficionado, el que hizo este epigrama: A ese rubio, mordaz, de ojos azules, a Porcio, aun muerto, estoy que en el infierno no le ha de recibir la hija de Ceres. La constitución de su cuerpo con el ejercicio, con la parsimonia y con acostumbrarse en el ejército desde el principio a portarse como soldado, se hizo muy robusta, habiendo adquirido a un tiempo fuerza y buena salud. Cultivó también la facultad de decir, como otro segundo cuerpo, y como un instrumento no solamente útil, sino necesario, para quien no quería vivir oscuro y en inacción; ejercitó la, pues, en las alquerías y pueblos inmediatos, prestándose a defender en los juicios a los que se lo rogaban: al principio se echó de ver que era un defensor fogoso; pero luego se acreditó además de orador vehemente, descubriendo en él los que se valían de sus talentos una gravedad y juicio que eran propios para los grandes negocios y para el mando político. Porque no sólo se conservó puro en cuanto a recibir salario por sus dictámenes y defensas, sino que aun desdeñaba la gloria que de esta clase de contiendas podría resultarle. Deseando, pues, señalarse principalmente en los combates contra los enemigos y en acciones de guerra, siendo todavía joven tuvo ya su cuerpo cubierto de heridas, recibidas de frente; diciendo él mismo que a los diez y siete años hizo su primera campaña, al tiempo que Aníbal victorioso puso en combustión toda la Italia. En las batallas mostróse de mano pronta para acuchillar, de pies firmes e inmobles y de semblante fiero, y aun acostumbraba a usar de amenazas y de gritos penetrantes contra los enemigos, creyendo él mismo y enseñando a los demás que estas cosas suelen contribuir más que el mismo acero para atemorizar a los contrarios. En las marchas caminaba a pie, llevando sus armas; sólo le seguía un sirviente, que llevaba lo que habían de comer; con el cual no se incomodó nunca, ni le riñó por el modo de disponerle la comida o la cena, sino que a veces echaba también mano y le ayudaba en estos ministerios después de fenecidos los de la milicia. En el ejército no bebía sino agua, o a lo más, cuando tenía una sed muy ardiente, pedía vinagre, y si se sentía desfallecido tomaba un poco de vino.

II. Estaba a corta distancia de sus posesiones la casa de campo en que residía Marcio Curio, el que había triunfado tres veces. Iba frecuentemente a ella, y viendo lo reducido del terreno y la sencillez de toda su casa, no pudo menos de meditar sobre la conducta de un varón tan singular, que, con ser el más excelente entre los Romanos, con haber sojuzgado los pueblos más belicosos y haber arrojado a Pirro de Italia, él mismo labraba aquel campo y vivía en aquella casita después de tres triunfos. Allí mismo le hallaron sentado al fuego, cociendo unos rábanos, los embajadores de los Samnites, y le ofrecieron cantidad de oro; mas él los despidió, diciendo que estaba de sobra el oro para quien se contentaba con aquella comida, y que para él era más apreciable que tener oro el vencer a los que lo tenían. Catón, al retirarse de allí, reflexionaba sobre estas cosas, y volviendo la consideración a su propia casa, sus campos, sus esclavos y su gasto, se aplicó más al trabajo y cercenó superfluidades. Tomó Fabio Máximo la ciudad de los Tarentinos, y en aquella empresa se halló Catón, militando bajo sus órdenes, cuando todavía era muy joven. Cúpole por huésped un pitagórico llamado Nearco y procuró instruirse en sus dogmas; y como escuchase de su boca las mismas máximas de que también hacía uso Platón, llamando al deleite el mayor cebo para el mal, al cuerpo el primer tormento del alma, y remedio y purificación a aquellas reflexiones en virtud de las cuales el alma se separa y aparta cuanto le es posible de los afectos del cuerpo, todavía se apasionó más de la sencillez y de la templanza. Por lo demás, se dice haber aprendido tarde las letras griegas, y que habiendo tomado en las manos los libros griegos cuando ya estaba muy entrado en edad, Tucídides le fue de alguna utilidad para la elocuencia, para la que sobre todo le aprovechó Demóstenes. Sus escritos los exornó oportunamente con máximas e historias griegas, y en sus apotegmas y sus sentencias se encuentran muchas cosas traducidas del griego a la letra.

III. Vivía a la sazón un hombre de entre los más linajudos en Roma y muy poderoso, gran conocedor de la virtud nativa, y muy dispuesto a alimentarla y a inflamarla a la gloria, llamado Valerio Flaco. Tenía campos linderos a los de Catón; y enterado de la actividad y orden doméstico de éste por medio de sus esclavos, los cuales le referían que de madrugada iba a la plaza, se surtía de lo que había menester, y vuelto al campo, si era invierno, poniéndose una especie de anguarina, y horro de ropa, si era verano, trabajaba con sus esclavos, sentándose a comer con ellos del mismo pan, y bebiendo del mismo vino; admirado en gran manera así de esto como de oírles hablar de su moderación, de su modestia y de algunos dichos sentenciosos suyos, dio orden para que le convidaran a cenar a su casa. Desde entonces le trató familiarmente; y observando que era de carácter suave y urbano, que a manera de planta sólo pedía otro cultivo y otro aire más libre y abierto, lo inclinó y persuadió a que, trasladándose a Roma, tomara parte en el gobierno. Trasladado a aquella capital, en breve con la defensa de las causas se adquirió admiradores y amigos; y como Valerio le proporcionase además grande opinión y poder, alcanzó que primero le nombrasen tribuno, y después, cuestor. Logró ya entonces ser más señalado y conocido, y aspiró con el mismo Valerio a las primeras magistraturas, habiendo sido con éste cónsul, y después, censor. Procuró también arrimarse a Fabio Máximo por su grande fama y su grande autoridad; pero más principalmente porque se proponía la conducta y método de vida de éste como el mejor modelo y ejemplar; y aun por lo mismo no pudo menos de ponerse en oposición con Escipión el mayor, que, no obstante ser joven todavía, hacía contrarresto a Fabio, y como que se le mostraba envidioso. Hubo también otro motivo, y fue que yendo de cuestor con Escipión a la guerra de África, como advirtiese que éste usaba de su acostumbrada profusión y permitía que en el ejército se gastara sin medida, le habló francamente, diciéndole que lo de menos era el gasto, y el mal principalmente estaba en que estragase la antigua frugalidad del soldado, acostumbrándole para en adelante al regalo y a los deleites; y como Escipión le contestase que no necesitaba un cuestor tan severo, cuando ponía toda la atención en desempeñar cumplidamente su deber con respecto a la guerra, porque de lo que había de dar cuenta a la ciudad era de sus acciones y no del dinero, se retiró de Sicilia. Hablaba frecuentemente en el Senado con Fabio de la inmensa cantidad de dinero que gastaba Escipión, y desacreditaba en los circos y en los teatros su porte fastuoso, como si hubiera ido a celebrar fiestas y no a mandar un ejército; tanto, que obligó a que se enviaran cerca de éste tribunos de la plebe para que le hicieran venir a Roma, si estas acusaciones eran ciertas. Mas Escipión, habiendo hecho ver que la victoria estaba en los preparativos de la guerra, y convencido a los tribunos de que si usaba de humanidad y condescendencia, en los gastos esto en nada perjudicaba a la diligencia y a las demás grandes prendas militares, partió de Sicilia para la guerra.

IV. Aunque era grande el poder que Catón se había con su elocuencia granjeado, tanto, que generalmente se le apellidaba Demóstenes Romano, era todavía mayor la fama y celebridad que le daba su particular método de vida. Porque su destreza en el decir fue desde luego para los jóvenes un ejemplar común y de gran solicitud; pero el conservar la frugalidad antigua, contentarse con cenas sencillas, comidas fiambres, vestidos lisos y una casa como las del común de ciudadanos, y hacerse admirar más por no necesitar de su- perfluidades que por poseerlas, era ya muy raro en un tiempo en que la autoridad no se conservaba pura por su misma grandeza, sino que, con tener superioridad sobre muchos negocios y muchos hombres, había dado entrada a diversas costumbres, y se veían ejemplos de portes y medios de vivir muy diferentes. Con razón, pues, miraban todos a Catón como un prodigio al ver que los demás, debilitados por los placeres, no eran para aguantar ningún trabajo, y que éste en ambas cosas se conservaba invicto, no sólo de joven y cuando aspiraba a los honores, sino anciano ya y canoso después del consulado y triunfo, como un atleta constantemente vencedor que se mantiene siempre igual en la lucha hasta la muerte. Porque se dice que nunca llevó vestido que valiese más de cien dracmas; que de general y de cónsul bebió siempre del mismo vino que de sus trabajadores; que las provisiones para la comida las tomó siempre de la plaza sin gastar más de treinta cuartos, y esto por causa de la república, a fin de robustecer el cuerpo para la guerra. Habiéndole tocado de botín un paño babilonio, al punto lo vendió; jamás, tuvo casa ninguna de campo revocada de cal, ni compró nunca esclavo que le costase arriba de mil y quinientas dracmas, como que no los buscaba delicados o de hermosa presencia, sino trabajadores y robustos, propios para ser gañanes y vaqueros; y aun de éstos, cuando ya eran viejos, opinaba que era preciso deshacerse para no mantener gente inútil. En una palabra: era de dictamen que no debía tenerse nada superfluo; y que aun en un cuarto es caro aquello que no se necesita. Y en cuanto a los campos, quería poseerlos de labor y pasto, no vergeles o jardines.

V. Atribuían algunos a mezquindad esta tan rigurosa economía; pero otros veían en ella el esmero y la rígida templanza de un hombre que se estrechaba y reprimía a sí mismo para corregir y moderar a los demás. Solamente aquello de valerse de los esclavos como de acémilas y deshacerse luego de ellos y venderlos a la vejez, para mí no puede ser sino de un hombre cruel, que no se cree enlazado a otro hombre sino con el vínculo de la utilidad. Pues en verdad que la humanidad y la dulzura tienen todavía más latitud que la justicia, pues de la ley y de la justicia sólo podemos usar con los otros hombres, pero la beneficencia y la gratitud se emplean aun con los animales irracionales, dimanando de la bondad como de una fuente copiosa, porque es propio del hombre de probidad no dejar sin alimento al caballo desfallecido ya por los años y el mantener y cuidar los perros, no sólo de cachorritos, sino aun cuando se han hecho viejos. El pueblo de Atenas, cuando se construyó el Hecatómpedo, a cuantas acémilas llegó a entender haber concurrido constantemente a los trabajos de la obra, a todas las echó a pacer libres y sueltas; y aun se refiere de una de ellas que por sí misma se bajaba al lugar de la obra, y agregándose a las yuntas que subían los carros al alcázar las ayudaba yendo delante, como si las animara y alentara, por lo que se decretó que hasta que muriese se proveyera de los fondos públicos para su manutención. Los sepulcros de las yeguas con que Cimón venció tres veces en Olimpia están inmediatos a los monumentos que a éste se erigieron. Muchos cuidaron de sepultar a los perros que se les habían hecho como comensales y amigos, y entre ellos Jantipo el mayor, al perro que nadando junto a su galera le siguió a Salamina, cuando el pueblo abandonó la ciudad, lo hizo sepultar en un promontorio, que todavía se llama la sepultura del perro. En efecto, no hemos de usar de cosas que tienen vida y alma como de los zapatos o de los muebles, echándolos a un rincón cuando ya están rotos y gastados, sino que es razón que en cuanto a aquellas nos mostremos cuidadosos y benignos, aunque no sea más que por excitar a la humanidad. Por tanto, yo ni siquiera a un buey de labor lo vendería por viejo, mucho menos a un hombre anciano, desterrándolo como de su patria de una tierra y de una mansión a que estaba ya habituado, en cambio de una friolera que podrían dar por él, pues que siendo inútil al que lo vendía lo sería también al comprador. En cambio, Catón parece hacía gala de estas cosas y él mismo dice haberse dejado en España el caballo que siendo cónsul le sirvió en la guerra, por no poner en cuenta a la república el gasto de su flete. Cada uno, pues, juzgará dentro de si, según su modo de ver, si cosas llevadas tan al extremo se han de atribuir a magnanimidad o a sórdida codicia.

VI Por lo demás, su moderación fue verdaderamente maravillosa, pues siendo general, no tomó para sí y sus asistentes más que tres medimnas de trigo al mes, y de cebada al día para las bestias todavía menos de tres medias. Cúpole en suerte la provincia de Cerdeña, y habiendo sido costumbre de los pretores que le precedieron tomar del público los muebles, las camas y las ropas, gravando a los habitantes con precisarles a mantener numerosa servidumbre y grande acompañamiento de amigos para los banquetes, hizo advertir en esto una increíble diferencia, no permitiendo jamás que de los fondos públicos se hiciera gasto alguno. Hizo la visita de las ciudades a pie, seguido tan sólo de un ministro público, que llevaba su ropa y el vaso que le servía en las sagradas libaciones. Sin embargo, a este desprendimiento y ahorro usado con los que estaban bajo su mando acompañaba una suma circunspección y gravedad, siendo inexorable en lo justo y recto y severo en hacer cumplir las órdenes que daba; de manera que nunca el mando de los Romanos les fue a aquellos naturales ni más temible ni más grato.

VII. Por este mismo término parece que era también el lenguaje de este hombre singular, porque era gracioso y vehemente, dulce y penetrante, adornado y grave, sentencioso y polémico; al modo que Platón pinta a Sócrates, al parecer hombre vulgar, satírico y acre para los que por primera vez le trataban, pero por dentro lleno de solicitud y pensamientos útiles, que arrancaban lágrimas a los oyentes y convertían su corazón: de manera que no sé en qué pudieron fundarse los que dijeron que el estilo de Catón era parecido al de Lisias; pero de esto juzgarán los que se hallen más en estado de conocer la lengua romana; por lo que a mí hace, me contentaré con referir algunas de sus máximas; estando como estoy en la opinión de que más se ven en ellas, que no en el rostro, las costumbres de cada uno.

VIII. Propúsose en una ocasión retraer al pueblo romano al intento a que le veía decidido de que se hiciera dis- tribución y repartimiento de trigo, y para ello empezó su discurso de esta manera: “Ardua cosa es ¡oh ciudadanos! quererse hacer entender del vientre, que no tiene oídos”. Censuraba otra vez el lujo, y dijo que era muy difícil se salvase una ciudad en la que se vendía más caro un pescado que un buey. Comparaba los Romanos a las ovejas, porque decía que a éstas una a una se las lleva muy mal, y juntas siguen fácilmente unas tras otras a los conductores. “Y de la misma manera vosotros- añadió-, de hombres de quienes cada uno en particular no se valdría para tomar consejo, sois seducidos y atraídos cuando os veis juntos y congregados en uno”. Hablando del poder e influjo que las mujeres tenían, “los demás hombres- dijo- mandan a las mujeres; pero nosotros a todos los hombres, y las mujeres a nosotros”; lo que viene a ser uno de los apotegmas que se cuentan de Temístocles, porque éste, como recabase de él muchas cosas su hijo por medio de la madre, “mira, mujer- le dijo-, los Atenienses mandan a los Griegos; yo, a los Atenienses; tú, a mí, y a ti, el hijo; por tanto, vete a la mano en tu autoridad, por la que aquel, con no tener el mayor juicio, manda sobre todos los Griegos”. Decía que el pueblo romano no sólo ponía precio a la púrpura, sino también a las ocupaciones; porque así como los tintoreros tiñen más ropas de aquel color que ven estar más en moda, del mismo modo los jóvenes a aquello se aplican y dedican más que ven en mayor estimación y alabanza. Exhortábalos a que si se habían hecho grandes con la virtud y la moderación, no empezaran a usar de peores medios, y a que si se habían engrandecido con la destemplanza y la maldad, se convirtieran a lo mejor, pues ya con aquellas se habían hecho bastante grandes. De los que solicitaban repetidas veces las magistraturas decía que, como si no supieran el camino, buscaban el ir siempre con lictores para no perderse. Reprendía a los ciudadanos de que eligiesen muchas veces los mismos magistrados; “porque dais a entender- decía- que no tenéis en mucho la autoridad, o que creéis ser pocos los que son dignos de ella”. Pareciéndole que uno de sus enemigos llevaba una vida torpe e ignominiosa, la madre de éste- dijo- no hace la debida plegaria a los Dioses, si les pide que le sobreviva”. Mostrando a uno que había vendido ciertos campos hereditarios, situados en la playa, decía, fingiendo admirarle, que le juzgaba “de más poder que el mar, pues lo que el mar no hacía más que tocar suavemente, él se lo había sorbido”. Cuando el rey Éumenes estuvo de paso en Roma, el Senado le hizo un magnifico recibimiento, y fue grande la concurrencia y obsequio de los principales; pero en Catón se echaba bien de ver que no hacía ningún caso de él, y antes se apartaba; y como hubiese quien le dijera que era hombre bueno y apasionado de los Romanos: “En buena hora- dijo-; pero este animal llamado rey es carnívoro por naturaleza, y ninguno de los reyes más celebrados puede ser comparado con Epaminondas, con Pericles, con Temístocles, con Manio Curio o con Amílcar, por sobrenombre Barca”. Decía ser de sus enemigos tachado porque se levantaba de noche para ocuparse en los negocios públicos, abandonando los suyos propios; pero que más quería que obrando bien le faltase el agradecimiento, que evitar el castigo si en algo faltase; y que fácilmente perdonaba todos los yerros, a excepción de los suyos.

IX. Habiendo elegido los Romanos para la Bitinia tres embajadores, de los cuales el uno padecía de gota, al otro se le había hecho en la cabeza la operación del trépano, y el tercero era tenido por no muy avisado, sonrióse Catón, y dijo que los Romanos mandaban una embajada que no tenía ni pies ni cabeza ni corazón. Hablóle Escipión por medio de Polibio de los desterrados de la Acaya; y como en el Senado se gastase mucho tiempo concediéndoles unos la vuelta y resistiéndola otros, se levantó Catón, y “como si no tuviéramos otra cosa que hacer-les dijo-, nos estamos aquí sentados todo el día, ocupados en examinar si unos cuantos Griegos ya ancianos han de ser llevados a enterrar por nuestros sepultureros o por los de Acaya”. Concedióseles la vuelta; y dejando Polibio pasar unos cuantos días, intentó presentarse otra vez en el Senado, con el objeto de que los desterrados recobraran los honores que antes tenían en la Acaya, para lo que procuraba tantear el modo de pensar de Catón; y éste, echándose a reír, dijo que Polibio no era como Ulises, pues quería entrar otra vez en la cueva del Cíclope, por haberse dejado allí olvidados el gorro y el ceñidor. Decía que los necios eran de más provecho a los prudentes que éstos a aquellos; porque los prudentes procuraban evitar las faltas de los necios, mientras que con los aciertos de aquellos nunca éstos se corregían. De los jóvenes decía que le gustaban los que se ponían colorados, no los que se ponían pálidos, y que de los militares no quería a los que en la marcha movían las manos y en la pelea los pies, ni a los que roncaban más alto de lo que gritaban contra los enemigos. Para afrentar a un hombre gordo decía: “¿Cómo puede ser de provecho a la república un cuerpo en el que desde la garganta a la cintura todo es vientre?” Descartándose de un voluptuoso que quería ganar su amistad, “no puede ser-decía-que yo viva con un hombre más sensible de paladar que de corazón”. Decía que el alma del amante vivía en un cuerpo ajeno: y que en toda su vida, de tres cosas solamente había tenido que arrepentirse: primera, de haber confiado un secreto a su mujer; segunda, de haberse embarcado para un viaje que pudiera haber hecho por tierra, y tercera, de haber pasado un día sin hacer nada. A un viejo maligno, “hombre- le dijo-, cuando la vejez trae consigo tantas cosas desagradables, no le añadas la afrenta de la perversidad”. A un tribuno a quien se atribuía un envenenamiento, y que había propuesto una ley perjudicial, empeñado en hacerla pasar: “Joven- le dijo-, no sé qué sería peor: si beber lo que preparas o sancionar lo que escribes”. Denostándole un hombre notado de mala conducta: “No puede sostenerse- le dijo- una contienda como ésta entre nosotros dos, porque tú oyes los oprobios con serenidad, y los dices sin reparo, mientras cuanto a mí se me resiste el decirlos, y no estoy acostumbrado a aguantarlos!” Por este término venían a ser sus apotegmas.

X. Designado cónsul con Valerio Flaco, su amigo y deudo, le tocó por suerte la provincia que llaman los Romanos España Citerior. Mientras allí vencía a unos pueblos con las armas y atraía a otros con la persuasión vino contra él un ejército de bárbaros tan numeroso: que corrió peligro de ser vergonzosamente atropellado; por lo cual imploró el auxilio de los Celtíberos, que estaban cercanos. Pidiéronle éstos por precio de su alianza doscientos talentos, y teniendo todos los demás por cosa intolerable que los Romanos se reconocieran obligados a pagar a los bárbaros aquel precio de su auxilio, les replicó Catón que nada había en ello de malo, pues si vencían, serían los enemigos quienes lo pagasen, y si eran vencidos, no existirían ni los que lo habían de pagar ni los que lo habían de pedir. Salió por fin vencedor en batalla campal, y todo le sucedió prósperamente: diciendo Polibio que a su orden todas las ciudades de la parte de acá del río Betis en un mismo día demolieron sus murallas, no obstante ser en gran número y estar pobladas de hombres guerreros. El mismo Catón dice haber sido más las ciudades que tomó que los días que estuvo en España; y no es una exageración suya si es cierto que llegaron a trescientas. Fue mucho lo que los soldados ganaron en aquella expedición, y, sin embargo, repartió además a cada uno una libra de plata, diciendo que era mejor volviesen muchos con plata que pocos con oro; pero de tanto como se cogió dice no haber tomado para sí más que lo necesario para comer y beber. “No es esto que yo acuse- decía- a los que procuran aprovecharse de estas cosas, sino que quiero más contender en virtud con los buenos que en riqueza como los más ricos, o en codicia con los más acaudalados.” Ni solamente él mismo se conservó puro, sin haber tomado nada, sino que hizo se conservaran también puros los que tenla consigo en aquella expedición, que no eran más que cinco esclavos. Uno de éstos, llamado Paccio, compró de entre los cautivos tres mozuelos, y habién- dolo llegado a entender Catón, mandó que lo ahogasen antes que se pusiese delante, y vendiendo los tres mozuelos, hizo poner el precio en el erario.

XI Permanecía todavía en España cuando Escipión el mayor, que era su rival y quería poner término a sus glorias, se propuso pasar a encargarse de las cosas de España, e hizo que se le nombrara sucesor de Catón. Apresuróse a llegar pronto, para que tuviera cuanto antes fin el mando de éste; el cual, tomando para salir a recibirle a cinco cohortes de infantería y quinientos caballos, derrotó a los Lacetanos, y entregado de seiscientos tránsfugas que había entre ellos, los pasó a cuchillo. Llevólo Escipión a mal, y contestó Catón con ironía que así era como Roma sería mayor, si los hombres grandes e ilustres no daban lugar a que los oscuros entraran a la parte con ellos en lo sumo de la virtud, y si los plebeyos, como él, se empeñaban en competir en virtud con los que les aventajaban en gloria y en linaje. Con todo, habiendo decretado el Senado que nada se mudara o alterara de lo dispuesto por Catón, se le pasó en blanco a Escipión su mando en la inacción y el ocio, más bien con mengua de su gloria que de la de aquel. Después de haber triunfado, no hizo lo que suelen la mayor parte de los hombres que, no aspirando a la virtud, sino a la gloria, luego que han subido a los supremos honores y que han conseguido los consulados y los triunfos, se proponen pasar el resto de su vida en el placer y el descanso, dando de mano a los negocios públicos; ni como éstos relajó o aflojó en nada su virtud, sino que, al modo de los que empiezan a tomar parte en el go- bierno, sedientos de honor y de fama, como si de nuevo comenzara estuvo pronto a que los amigos y los ciudadanos se valieran de él, sin excusarse de las defensas de las causas ni de la milicia.

XII. Acompañó de legado en la administración de la provincia a Tiberio Sempronio, procónsul de la Tracia y del Danubio, y fue a Grecia de tribuno de legión con Manio Acilio contra Antíoco el Grande, que inspiró miedo a los Romanos, después de Aníbal, más que otro alguno; porque habiendo ocupado desde luego casi toda el Asia en la extensión en que la había dominado Seleuco Nicátor, y sujetado a muchas naciones bárbaras, había resuelto acometer a los Romanos, como los únicos que podían ser sus dignos enemigos. Buscó para la guerra un motivo plausible, que fue el de libertar a los Griegos, sin embargo de que no lo habían menester, porque hacía poco habían sido hechos libres e independientes del poder de Filipo y de los Macedonios por beneficio de los Romanos; con este objeto marchó allá con un ejército, con lo que se conmovió al punto la Grecia y quedó como en suspensión, excitada a grandes esperanzas por los demagogos. Envió, pues, Manio mensajeros a las diferentes ciudades, y a la mayor parte de los perturbadores los aquietó y sosegó Tito Flaminino sin la menor disensión, como lo decimos en su vida; Catón apaciguó también a los de Corinto, de Patras y de Egio; pero donde se detuvo por más tiempo fue en Atenas. Dícese que corre un discurso que en griego hizo a aquel pueblo, manifestándole su veneración a la virtud de los antiguos Atenienses, y el placer que había tenido en haber visto aquella ciudad, célebre por su hermosura y su grandeza; mas esto no es cierto, pues habló a los Atenienses por medio de intérprete, no obstante que podía haberlo hecho por sí; sólo que quiso acomodarse a las costumbres patrias, y zaherir a los necios admiradores de las cosas griegas. Así es que a Postumio Albino, que escribió en griego una historia y pidió se le disculpase, lo satirizó diciendo que se le concedería la disculpa si para emprender aquella obra hubiera sido obligado por un decreto de los Anfictiones, Se conserva en memoria que los Atenienses se maravillaron de su prontitud y de la concisión de su lenguaje; porque lo que él decía brevemente no lo traducía el intérprete sino con pesadez, y empleando muchas palabras; y que, en fin, les había parecido que a los Griegos les salían las voces de los labios y a los Romanos del corazón.

XIII. Cerró Antíoco las gargantas de las Termópilas con su ejército, y a las naturales defensas del sitio añadió fosos y trincheras, pensando que así tenía cercada a su arbitrio la guerra; y en verdad que los Romanos desconfiaron de poder romper por el frente; pero, resolviendo Catón en su ánimo aquellos atrincheramientos y aquel cerco, marchó por la noche a hacer un reconocimiento, llevando consigo una parte del ejército. Llegado a la cumbre, como el guía, que era un esclavo, desconociese el camino, se vio perdido en aquellas asperezas y derrumbaderos, causando esto en los soldados gran miedo y desaliento. Advirtiendo, pues, el peligro, mandó a todos los demás que no se movieran y aguardaran allí, y tomando consigo a Lucio Manlio, hombre hecho a caminar por las montañas, discurrió con gran fatiga y riesgo en una noche oscura y ya adelantada por entre acebuches y peñascos, dando rodeos y sin saber dónde ponía el pie, hasta que, llegando a un camino abierto, que se dirigía hacia abajo, y les pareció iría al campamento de los enemigos, pusieron señales en unas eminencias muy altas, que descollaban sobre el Calídromo. Retrocedieron desde aquel punto, reuniéronse con las tropas, y encaminándose a las señales, puestos otra vez en el camino, comenzaron a marchar con seguridad; pero a poco que anduvieron les faltó la senda, encontrándose con un barranco, por lo que les sobrevino otra vez la incertidumbre y el miedo, no sabiendo ni advirtiendo que ya se habían puesto muy cerca de los enemigos. Clareaba el día cuando les pareció que oían cierto murmullo, y de repente vieron un campamento griego y la guardia puesta al pie de la roca. Haciendo, pues, allí alto Catón con sus tropas, dio orden de que se le presentasen solos los Firmanios, que eran los que siempre se le habían mostrado más fieles y dispuestos. Cómo acudiesen éstos al punto y le cercasen en tropel, “deseo- les dijo- que se coja vivo a uno de los enemigos y se sepa de él qué guardia es aquella, cuál su número y cuál el orden, formación y disposición en que nos aguardan. Este rebato debe ser obra de prontitud y arrojo, que es en el que confiados los leones se lanzan sin armas sobre los otros tímidos animales”. Dicho esto, partieron de allí con celeridad los Firmanios del modo que se hallaban, y corriendo por aquellos montes se dirigieron contra la guardia; cogiéndola desprevenida, todos se sobresaltaron y dispersaron; no obstante, pudieron coger a uno armado como estaba y lo pusie- ron en manos de Catón. Supo por éste que la principal fuerza estaba apostada en la garganta con el rey y que los que le guardaban las avenidas eran unos seiscientos Etolios escogidos; y mirando con desprecio así el corto número como la nimia confianza, marchó contra ellos al toque de trompetas y con grande gritería, siendo el primero a desenvainar la espada; pero los enemigos, luego que los vieron descender de las alturas, dando a huir hacia el cuerpo del ejército, lo pusieron todo en gran confusión.

XIV. Al mismo tiempo trató Manio de forzar las trincheras por el pie de la montaña, acometiendo por las gargantas con todas sus fuerzas; herido Antíoco en la boca, de una pedrada, que le quitó los dientes, volvió para atrás su caballo movido del dolor, con lo que ninguna parte de su ejército hizo ya frente a los Romanos, sino que, a pesar de tener que huir por sitios intransitables y peligrosos, porque las caldas habían de ser a lagos profundos o piedras peladas, impelidos hacia estos lugares desde los desfiladeros, y atropellándose unos a otros, ellos mismos se destruyeron por el miedo de las heridas y del hierro de los enemigos. Catón parece que nunca había sido muy contenido y parco en sus propias alabanzas, y, antes por el contrario, no había evitado la opinión de jactancioso, teniendo el serlo por consecuencia de los grandes hechos; pero en esta ocasión todavía ponderó más sus hazañas, pues dice que los que le vieron entonces perseguir y herir a los enemigos convinieron con él en que no quedaba Catón en tanta duda respecto del pueblo, como éste respecto de Catón y que el mismo cónsul Manio, en el calor todavía de la victoria, le echó los brazos, y teniéndole largo rato abrazado, prorrumpió en fuerza del gozo en la expresión de que ni él mismo ni todo el pueblo pagaría cumplidamente a Catón aquellos beneficios. Despachósele inmediatamente después de la batalla a ser él mismo el mensajero de aquellos sucesos, e hizo su navegación con mucha felicidad hasta Brindis, de donde en un día pasó a Tarento, y caminando cuatro desde el mar estuvo al quinto día en Roma, logrando ser el primero que anunció la victoria; con la cual la ciudad se llenó de regocijo y de fiestas, y de orgullo el pueblo, como que ya nada le impediría hacerse dueño de toda la tierra y el mar.

XV. De las acciones de guerra de Catón, éstas fueron las más celebradas, y en cuanto a las cosas de gobierno, la parte relativa a la acusación y corrección de los malos parece haber sido la que la mereció mayor atención; porque persiguió por sí a muchos, a otros les ayudó en este público ejercicio y a algunos les dio el trabajo hecho para él, como a Petilio contra Escipión; en cuanto a éste, que logró poner bajo sus pies los cargos por ser de una ilustre familia y de un ánimo verdaderamente grande, hubo de retirarse, viendo que no podía conducirle al suplicio; pero a Lucio, su hermano, poniéndose al lado de los que le acusaban, lo envolvió en la condenación de una gran multa para el erario; y como no tuviese con qué pagar, y por ello estuviera para ser puesto en prisión, con gran dificultad se desenredó por la intercesión de los tribunos. Dícese también que a un joven que había conseguido se notase de infamia al enemigo de su padre, viéndolo ir por la plaza después de la sentencia, le salió al encuentro Catón, y alargándole la mano le dijo que de aquel modo se debía hacer ofrenda a los manes de los padres, no con corderos o cabritos, sino con las lágrimas y las condenaciones de los enemigos. Mas tampoco él salió siempre de los negocios libre y exento, sino que al menor asidero que daba a sus enemigos era también puesto en juicio, y corría su riesgo; dícese que tuvo que defenderse en pocas menos de cincuenta causas, la última de ellas cuando ya tenía ochenta y seis años; en la cual dijo aquella célebre sentencia: “Que es cosa muy dura haber vivido con unos hombres y tener que defenderse ante otros”. Sin embargo, no fue aquella con la que puso término a esta especie de contiendas, pues, pasados otros cuatro años, acusó a Sergio Galba cuando ya era de noventa, faltando poco para que le sucediese lo que a Néstor, que con su vida y sus hechos alcanzó tres generaciones; pues que habiendo tenido, como hemos dicho, diferentes choques en asuntos de gobierno con Escipión el mayor, llegó hasta los tiempos de Escipión el joven, que era hijo de aquel por adopción, y natural de Paulo, el que subyugó a Perseo y los Macedonios.

XVI A los diez años después del consulado se presentó Catón a pedir la censura. Viene a ser esta dignidad el colmo de todos los honores y como el complemento del gobierno, teniendo además de otras facultades la del examen de la vida y costumbres; porque no hay acto alguno de importancia, ni el casamiento, ni la procreación de los hijos, ni el método ordinario de la vida, ni los banquetes, que se crea debe que- dar libre de examen y corrección para que cada uno se haya en ellos según su deseo o su capricho. Así es que teniendo por cierto que en estos hechos más que en los públicos y en los relativos al gobierno se da a conocer la índole y carácter de los hombres, para que hubiera quien observara, celara e impidiera el que nadie se abandonase a los deleites y alterase el modo de vivir recibido y acostumbrado, elegían uno de los llamados patricios y otro de los plebeyos. El nombre de éstos era el de censores, y tenían facultad para privar de la dignidad ecuestre y para excluir del Senado al que vivía relajada y disolutamente. Tocaba también a éstos tomar conocimiento e inspeccionar el valor de las haciendas, y discernir las familias y ocupaciones por medio de la descripción o censo, y aún tenía otras muchas facultades esta magistratura. Por esta causa, luego que Catón se presentó a pedirla le salieron al encuentro, oponiéndose casi todos los más principales y distinguidos de los senadores; los nobles, porque se consumían de envidia, creyendo que su clase se vilipendiaba con que hombres oscuros en su origen se elevaran por fuerza a la primera dignidad y poder, y, por otra parte, aquellos a quienes remordía la conciencia por su mala conducta y por el olvido de las costumbres patrias temían mucho la austeridad de aquel, por saber que sería inexorable y duro en el ejercicio de la autoridad; con este objeto, pues, preparados y convenidos entre sí, presentaron siete como contrarios y rivales de Catón en la petición, lisonjeando a la muchedumbre con halagüeñas esperanzas, en la creencia de que ésta querría ser mandada blandamente y a su placer. Mas Catón, por el contrario, no dio muestra de ninguna indulgencia, si- no que al revés, amenazando a los malos desde la tribuna y gritando que la ciudad necesitaba una gran limpia, pedía que, si querían acertar, de los médicos no escogieran al más blando, sino al más determinado, y que éste era él mismo, y de los patricios sólo Valerio Flaco, porque sólo con éste creía poder extirpar el regalo y la molicie, cortando y quemando como la cabeza de la hidra, cuando veía que cada uno de los otros precisamente había de mandar mal, puesto que tenían a los que mandarían bien. Y el pueblo romano era entonces tan grande y tan digno de grandes magistrados, que no temió la severidad y aspereza de Catón, sino que más bien, descartándose de aquellos hombres suaves y dispuestos a complacerle en todo, lo eligió con Valerio Flaco, como si hubiese oído, no a uno que pedía la dignidad, sino a quien ya la tenía y estaba mandando.

XVII. Incorporó, pues, Catón en el Senado a su colega y amigo Lucio Valerio Flaco, y removió de él a muchos, entre ellos a Lucio Quincio, que había sido cónsul siete años antes, y, lo que era de mucha consideración, después del honor consular, hermano de Tito Flaminino, el que venció a Filipo. La causa que tuvo para esta remoción fue la siguiente: había puesto su amor Lucio en un mocito desde que éste era niño, y teniéndole desde entonces siempre consigo, le dio en sus diferentes mandos tanta privanza y autoridad cuanta no alcanzó nunca ninguno de sus mayores amigos y deudos. Hallábase en una provincia de procónsul, y estando en un festín sentado a su lado, como era de costumbre, este mocito, entre otros halagos que prodigó a Lucio, fácil de ser seducido con ellos en el exceso del vino, le dijo ser tal el extremo con que le amaba, que habiendo en su casa el espectáculo de un duelo de gladiadores, a que nunca antes asistiera, había preferido correr a su compañía, a pesar de que deseaba ver a un hombre caer muerto de heridas; replicóle Lucio, correspondiendo a sus caricias: “Pues por eso no te me angusties, que yo lo remediaré”; y dando orden de que trajesen al mismo banquete a uno de los que estaban condenados a pena capital, y de que entrase uno de los esclavos armado con una hacha, volvió a preguntar al joven si quería ver cómo le daban el golpe; respondió éste que sí; y entonces mandó que le cortasen la cabeza. Son muchos los que refieren este caso, y Cicerón introduce al mismo Catón contándole en su diálogo de la vejez. Mas Livio dice que el degollado fue un tránsfuga de los Galos, y que no fue muerto por un esclavo, sino por mano del mismo Lucio; lo que así se hallaba escrito en el discurso de Catón. Expelido Lucio del Senado, lo llevó muy a mal el hermano, y apelando al pueblo, se mandó que Catón diera la causa en que se había fundado; díjola, y refiriendo lo ocurrido en el banquete, Lucio intentó negarlo; pero proponiendo Catón que jurase, desistió de aquel propósito, y con esto hubo de declararse que en lo hecho no había llevado sino lo merecido. Mas de allí a poco se celebraron espectáculos de teatro, y habiéndose pasado del sitio de los consulares, yéndose a sentar en otro puesto muy lejos de allí, se movió a grande compasión el pueblo, y con sus voces le obligó a que volviese al otro lugar, enmendando y corrigiendo por este medio lo antes sucedido. Removió también del Senado a Manilio, va- rón que todos consideraban acreedor al consulado, con motivo de que besó de día a su mujer a vista de una hija, porque decía que a él nunca le abrazaba su mujer sino cuando había gran tormenta de truenos, y por lo mismo solía usar del chiste de que era feliz cuando Júpiter tronaba.

XVIII. Concilió también a Catón alguna envidia el hermano de Escipión, Lucio, varón condecorado con el triunfo, y a quien aquel privó de la dignidad ecuestre, pues pareció haberlo hecho con la mira de incomodar a Escipión Africano. Mas lo que le indispuso con los más fue su empeño en cortar el lujo: porque si bien el oponérsele de frente era imposible, estando la mayor parte viciada y corrompida, tomó para ello un rodeo, haciendo dar a los vestidos, a los carruajes, a los objetos de tocador, a las vajillas y aparato de mesa, cada una de las cuales cosas pasaba en sí de mil y quinientas dracmas, un valor décuplo, para que, siendo mayores las tasaciones y los precios, fuesen mayores las contribuciones. Impuso, pues, un tres al millar, para que gravados los lujosos con el aumento se moderaran, viendo que los frugales y parcos, a iguales bienes, contribuían menos al erario. Odiábanle, pues, los que por el lujo aguantaban mayores impuestos, y, por el contrario, también los que renunciaban a él por no pagarlos. Porque para muchos es como quitarles la riqueza el no dejar que lo luzcan con ella; y como se luce es con lo superfluo y no necesario. Así dicen que de lo que más se admiraba Aristón el filósofo era de que fuesen tenidos por más felices los que poseían cosas superfluas que los que abundaban en las necesarias y útiles; y Escopas el Tésa- lo, como le pidiese uno de sus amigos una cosa que al mismo que la pedía no era de gran utilidad, e hiciese presente a éste que no le pedía nada que fuese o de necesidad o de provecho, “pues con estas cosas- le replicó- soy yo dichoso, y rico con las inútiles y superfluas.” Así el aprecio y admiración de la riqueza, sin tener apoyo en ningún afecto o necesidad de la naturaleza, se introduce por una opinión enteramente externa y vulgar.

XIX. Hacía Catón tan poca cuenta de los que por estas cosas le zaherían, que todavía procuraba apretar más: cortando los acueductos que los particulares habían formado para llevar el agua del público a sus casas y jardines, recogiendo y reduciendo los voladizos de los edificios sobre la calle pública, minorando los precios de los destajos o asientos de las obras, y haciendo subir hasta lo sumo en las subastas los rendimientos de los tributos. Con todo, Tito y los de su partido, haciéndole oposición, lograron que en el Senado se rescindieran, como hechos con desventaja, los asientos y contratas para la construcción de los edificios sagrados y públicos, y excitaron a los más ardientes de los tribunos de la plebe para que le denunciaran al pueblo e hicieran se le multase en dos talentos. Contrariaron también con gran esfuerzo la construcción de la basílica que con los caudales públicos edificó Catón en la plaza, debajo del consejo o curia, y a la que puso el nombre de la Basílica Porcia; mas el pueblo parece que se mostró muy contento del modo con que ejerció la censura; pues que habiéndole consagrado una estatua en el templo de la Salud, no anotó en la inscripción que Catón mandó ejércitos ni que triunfó, sino, según la inscripción debe traducirse, que hecho censor restituyó a su antigua gravedad, con útiles reglamentos y sabias máximas e instituciones, el gobierno de los Romanos, ya decadente y muy inclinado a la corrupción. Y él antes se había burlado de los que se complacían en semejantes distinciones, diciendo ocultárseles que, mientras ellos estaban engreídos con las obras de los escultores y los pintores, los ciudadanos, lo que era para él de más honra, llevaban su imagen en los corazones. Maravillándose algunos de que, habiéndose puesto estatuas a muchos hombres sin opinión, él no tuviese ninguna, les respondió: “Más quiero que se pregunte por qué no se me pone que por qué se me ha puesto;” y, en fin, ni siquiera le era grato que se le alabara de conservarse un virtuoso ciudadano si no habla de redundar en bien de la república. Mas su mayor alabanza resulta de las siguientes observaciones: los que en alguna cosa faltaban, si por ella eran reprendidos, solían responder que se les culpaba sin razón, porque al cabo no eran Catones; a los que querían imitar algunos de sus hechos, y no mostraban arte e inteligencia, se les llamaba Catones a zurdas; el Senado, en los tiempos peligrosos y difíciles, ponía en él los ojos, como en la tormenta se ponen en el piloto, suspendiéndose muchas veces por no hallarse presente los negocios de importancia; y todos a una voz convienen en que por su costumbre, por su elocuencia y por sus años gozó en la república de una grandísima autoridad.

XX. Fue también buen padre, buen marido, y en aumentar su hacienda más que medianamente solícito; echán- dose bien de ver que no atendía a ella de paso como a cosa pequeña y de poca monta; paréceme, pues, oportuno hablar asimismo de su buen porte en el desempeño de estos oficios. Casóse con una mujer más noble que rica, haciéndose cargo de que por lo uno y por lo otro suelen tener vanidad y orgullo, pero de que las ilustres, por el temor de la vergüenza, son para las cosas honestas más obedientes a sus maridos. De los que castigan a las mujeres o los hijos, decía que ponían manos en las cosas más santas y sagradas; que para él merecía más alabanzas un buen marido que un buen senador, y que nada admiraba tanto en el antiguo Sócrates como el que, habiéndole cabido en suerte una mujer inaguantable y unos hijos necios, vivió, sin embargo, sosegado y tranquilo. Habiéndole nacido un hijo, nada había para él de mayor importancia, como no fuese algún negocio público, que el hallarse presente cuando la mujer lavaba y fajaba al niño. Ésta lo criaba con su propia leche, y aun muchas veces, poniéndose al pecho los niños de sus esclavos, preparaba así para su propio hijo la benevolencia y amor que produce el ser hermanos de leche. Cuando ya empezó a tener alguna comprensión, él mismo tomó a su cuidado el enseñarle las primeras letras, sin embargo de que tenía un esclavo llamado Quilón, bien educado y ejercitado en esta enseñanza, que daba lección a muchos niños; porque no quería que a su hijo, como escribe él mismo, le reprendiese o le tirase de las orejas un esclavo, si era tardo en aprender, ni tampoco tener que agradecer a un esclavo semejante enseñanza. Así, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le ejercitaba en la gimnástica, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a gobernar un caballo, sino también a herir con el puño, a tolerar el calor y el frío y a vencer nadando las corrientes y los remolinos de los ríos. Dice, además, que le escribió la historia de su propia mano, y con letras abultadas, a fin de que el hijo tuviera dentro de casa medios de aprovecharse para el uso de la vida, de los hechos de la antigüedad y de los de su patria; que con no menor cuidado precavió que se dijeran cosas torpes ante aquel niño, que ante las vírgenes sagradas dichas Vestales, y que nunca se bañó con él; bien que, según parece, esto era costumbre entre los Romanos, porque tampoco los suegros se bañaban con los yernos, evitando el presentarse desnudos los unos entre los otros. Mas después, aprendiendo de los Griegos el no reparar en ponerse desnudos, comunicaron a éstos mismos a su vez el desorden de bañarse aun con sus mujeres. Ocupado Catón en la recomendable obra de formar y ensayar a su hijo para la virtud, aunque nada quedaba que desear, ni por la índole de éste ni por su esmero en corresponder a aquel cuidado, como el cuerpo no fuese bastante fuerte para tolerar el trabajo, tuvo el padre que rebajar la demasiada austeridad y el rigor en el método de vida. Mas no por esta delicadeza dejó de ser hombre esforzado en los hechos de armas, y en la batalla contra Perseo, mandando el ejército Paulo Emilio, peleó denodadamente. Sucedióle en ella que, habiendo dado un golpe, se le escapó la espada, ayudando también a ello el sudor de la mano, y acongojado con tal acontecimiento corrió a buscar a algunos de sus amigos, e, incorporado con ellos, volvió a cargar a los contrarios; y registrando el sitio con gran trabajo y esfuerzo, halló por fin la espada entre un cúmulo de armas y entre montones de cadáveres de amigos y de enemigos, sobre lo que el general Paulo hizo de él un grande elogio; y todavía corre una carta de Catón a su hijo, en la que alaba extraordinariamente su gran delicadeza y cuidado en recobrar la espada. Más adelante se casó este joven con Tercia, hija de Paula y hermana de Escipión, habiéndose enlazado con tan ilustre gente no menos por sí que por su padre, en lo que se ve haberse logrado cumplidamente el esmero de Catón en la educación de su hijo.

XXI Poseía muchos esclavos de los cautivos, comprándolos, por lo regular, todavía pequeños, en estado de admitir, como los cachorrillos y demás animales jóvenes, crianza y educación. De estos ninguno entró jamás en casa ajena, como no fuera por enviarlos Catón o su mujer; y si alguno les preguntaba ¿qué hace Catón?, no daban otra respuesta si no es que no lo sabían; era su deseo, o que hiciesen algo o que durmiesen: gustando más Catón de los que dormían mucho, a causa de que los tenía por de mejor condición que los muy despiertos, y porque para todo son más útiles los bien dormidos que los que están faltos de sueño. Conociendo que los esclavos la mayor parte de las maldades las cometen por el incentivo de la lascivia, tenía dispuesto que por cierto dinero se ayuntasen con las esclavas, sin mezclarse nunca ninguno de ellos con otra mujer. Al principio, cuando todavía estaba escaso de bienes y servía en la milicia, no se incomodaba nunca por las cosas de comer, y antes decía que era una vergüenza altercar por el vientre con los esclavos; pero más adelante, estando ya en otra opulencia, cuando daba de comer a los amigos y colegas, castigaba inmediatamente después del convite con una correa a los que se habían descuidado en preparar o servir la comida. Buscaba medios para que siempre los esclavos tuvieran quimeras y rencillas entre sí, por sospechar y temer mucho de su concordia. Cuando algunos ejecutaban acción que se tuviese por digna de muerte, si por tal la juzgaban todos los demás esclavos, determinaba que muriese. Aplicado luego a más crecida ganancia, miraba la agricultura más bien como entretenimiento que como granjería; y poniendo su solicitud en negocios seguros y ciertos, procuró adquirir estanques, aguas termales, lugares a propósito para bataneros y terreno de buena labor, que diese de suyo pastos y arbolados, de lo que le resultaba mucha utilidad, sin que ni de Zeus, como él decía, pudiera venirle daño. Dióse también al logro, y justamente al más desacreditado de todos, que es el marítimo, en esta forma. Trató de que muchos logreros formasen compañía, y habiéndose reunido cincuenta con otros tantos barcos, él tomó una parte por medio de Quintión, su liberto, que cooperaba y navegaba con los demás; así el peligro no era por él todo, sino por una parte pequeña, y la ganancia era grande. Solía asimismo dar dinero a los esclavos que te pedían, y éstos compraban mozuelos, a los que ejercitaban y amaestraban a expensas de Catón, volviéndolos a vender al cabo de un año. Quedábase el mismo Catón con muchos de ellos, haciendo la cuenta por el precio mayor que cualquiera otro había ofrecido en la subasta. Para inclinar al hijo a estas granjerías le decía que no era de hombre, sino de una pobre viuda, el dejar que la hacienda tuviese menoscabo. Otra cosa hay todavía más dura del mismo Catón, y es haber llegado a decir que era hombre admirable y divino en cuanto a la fama aquel que dejaba en sus gavetas más dinero puesto por él que el que recibió.

XXII. Estaba ya muy adelantado en la edad Catón cuando de Atenas vinieron a Roma de embajadores Carnéades el Académico y Diógenes el Estoico a reclamar cierta condenación del pueblo de Atenas, impuesta sin su audiencia, siendo demandantes los de Oropo y jueces que la pronunciaron los de Sicíone y regulada en la suma de quinientos talentos. Al punto, pues, pasaron a visitar a estos personajes los jóvenes más aficionados a la literatura, y dieron en frecuentar sus casas oyéndolos y admirándolos. Principalmente, la gracia de Carnéades, a la que no le faltaba poder ni la fama que a este poder es consiguiente, logró atraerse los más ilustres y más benignos oyentes, siendo como un viento impetuoso que llenó la ciudad de la gloria de su nombre, corrió, en efecto, la voz de que un varón griego, admirable hasta el asombro, agitándolo y conmoviéndolo todo, había inspirado a los jóvenes un ardor extraordinario, que, apartándolos de todas las demás ocupaciones y placeres, los había entusiasmado por la filosofía Estos sucesos fueron agradables a los demás Romanos que veían con gusto que los jóvenes se aplicasen a la instrucción griega y comunicasen con tan admirables varones; pero Catón, a quien desde el principio había sido poco grato el que fuese cundiendo en la ciudad la admiración de la elocuencia, por temor de que los jóvenes, convirtiendo a ella su afición, prefiriesen la gloria de hablar bien a la de las obras y hechos militares, cuando llegó a tan alto punto en la ciudad la fama de aquellos filósofos y se enteró de sus primeros discursos que a solicitud e instancia suya tradujo ante el Senado Gayo Acilio, varón muy respetable, tomó ya la resolución de hacer que con decoro fueran todos los filósofos despedidos de la ciudad. Presentándose, pues, al Senado, reconvino a los cónsules sobre que estaba detenida, sin hacer nada, una embajada compuesta de hombres a quienes era muy fácil persuadir lo que quisiesen: por tanto, que sin dilación se tomara conocimiento y determinara acerca de la embajada, para que éstos, volviendo a sus escuelas, instruyesen a los hijos de los griegos, y los jóvenes romanos sólo oyesen como antes a las leyes y a los magistrados.

XXIII. No lo hizo esto, como algunos han creído, porque estuviese mal individualmente con Carnéades, sino por ser opuesto en general a la filosofía, y por desdeñar con orgullo y soberbia toda instrucción y enseñanza griega; así es que aun de Sócrates se atreve a decir que aquel hombre hablador y violento intentó del modo que le era posible tiranizar a su patria, alterando las costumbres y llamando e impeliendo a los ciudadanos a opiniones contrarias a las leyes. Satirizando la ocupación y enseñanza de Isócrates, decía que los discípulos envejecían en su escuela para ir a usar de su arte y perorar causas en el infierno delante de Minos. Para indisponer al hijo con las cosas de los Griegos empleó una voz más entera que lo que su vejez permitía, y, como profe- tizando y vaticinando, dijo que los Romanos arruinarían la república cuando por todas partes se introdujesen las letras griegas; pero el tiempo acreditó de vana esta difamación, pues que luego creció la prosperidad de la república, y admitió benignamente las ciencias y toda especie de enseñanza griega. No se limitaba su displicencia a los Griegos dados a la filosofía, sino que también a los médicos los miraba con ceño, y habiendo oído un dicho, según parece, de Hipócrates, que, siendo llamado por el gran rey con la oferta de muchos talentos, había respondido que por nada en el mundo asistiría a los bárbaros enemigos de los Griegos, decía que éste era un juramento común de todos los médicos, y encargaba al hijo que se guardara de ellos, porque él tenía escrito para sí y para todos los que en su casa asistían a los enfermos este precepto: que nunca había de guardar ninguno dieta, y se los habían de dar a comer legumbres y carnes tiernas, de ánade, de pichón o liebre; por cuanto este alimento era ligero y provechoso a los delicados, con sólo el inconveniente de que en los que usaban de él producía vigilias, y que con esta medicina y este método gozaba de salud él mismo y mantenía sanos a todos los de su familia.

XXIV. Mas parece que en esta parte recibió de los Dioses algún castigo, pues que perdió a la mujer y al hijo. En su persona era de una complexión sumamente fuerte y robusta, con lo que pudo aguantar mucho; de manera que aun siendo ya bastante anciano usaba frecuentemente de las mujeres, y contrajo un matrimonio muy desigual en cuanto a la edad, con esta ocasión: perdido que hubo la mujer, proporcionó al hijo para su matrimonio la hija de Paulo y hermana de Escipión, y él, permaneciendo viudo, se enredó con una mozuela que iba a escondidas a verle; pero en una casa pequeña, en que había señora, no pudo dejar de traslucirse aquel trato; y pareciendo que un día había atravesado la mozuela con mucho desenfado, el hijo no le dijo nada; pero habiéndola mirado de mal ojo, y vuéltole la espalda, luego llegó a noticia del padre. Enterado, pues, de que la cosa se miraba mal por los jóvenes, sin echarles nada en cara, ni darles ninguna reprensión, salió de casa, bajó con los amigos como lo tenía de costumbre hacia la plaza, y saludando en voz alta a uno llamado Salonio, amanuense que había sido suyo, y uno de los que le acompañaban, le preguntó si había colocado ya a su hija con algún novio. Respondióle éste que ni siquiera pensaría en ello sin darle parte; a lo que le replicó: “Pues yo te he encontrado un pretendiente muy proporcionado, como no haya inconveniente por la edad, pues por lo demás no hay otra tacha sino que es muy viejo.” Rogándole Salonio que lo tomara a su cuidado y diera la doncella a quien se había propuesto, por cuanto siendo su cliente necesitaba de que la protegiese, ya entonces Catón no se detuvo más, y le dijo abiertamente que era para sí para quien la pedía. Quedóse al principio sorprendido Salonio con semejante propuesta, como era natural, creyendo a Catón muy lejos de casarse, y más lejos todavía a sí mismo de una familia consular y de la petición de un triunfador; mas viéndole todavía solícito, recibió la demanda con alegría, y acabando de bajar a la plaza, hicieron al punto los esponsales. Celebróse el casamiento, y el hijo de Catón, presentándose con algunos de los deudos, preguntó al padre si era porque le hubiese ofendido o disgustado en algo el haber pensado darle una madrastra; mas Catón: “Ten mejores ideas, hijo- le contestó con esforzada voz-, porque tu conducta para conmigo no puede mejorarse, ni tengo la menor queja: solamente me he propuesto dejar para mi consuelo muchos hijos, y para el de la patria muchos ciudadanos que se parezcan a ti.” Dícese que esta máxima sentenciosa fue proferida antes por Pisístrato, tirano de Atenas, el cual, teniendo ya hijos crecidos, casó de segundas nupcias con Timonasa de Argos, de la que hubo en hijos a Iofonte y a Tésalo. De este matrimonio nació a Catón un hijo, que del nombre de la madre recibió el de Salonio. El hijo mayor murió siendo pretor, y de él hace mención muchas veces Catón en sus libros como de un hombre que se había hecho muy recomendable. Dícese que llevó esta pérdida con moderación y con filosofía, sin que por ella aflojase en las cosas de gobierno; pues no abandonó a causa de la vejez los negocios públicos, teniendo el desempeñarlos por una carga, como antes lo habían hecho Lucio Luculo y Metelo Pío, o como después Escipión el Africano, que, incomodado de la envidia que excitó su gloria, abandonó la república, y con extraña mudanza el último tercio de su vida lo pasó en la inacción sino que, al modo que hubo quien persuadió a Dionisio que la tiranía era el mejor sepulcro, de la misma manera, mirando él el gobierno como el mejor modo de envejecer, aun tuvo por reposo y por diversión en los ratos de vagar el componer libros y entender en las labores del campo.

XXV. Escribió, pues, libros de diferentes materias y de historia. A la agricultura dio su atención, siendo todavía joven para su uso; porque dice que sólo empleó dos medios de granjería, el cultivo de la tierra y el ahorrar; y entonces la observación de lo que sucedía en su campo le suministró a un tiempo diversión y conocimientos. Así, ordenó un libro de agricultura, en el que trató hasta del modo de preparar las pastas y de conservar las manzanas: aspirando en todo a ser nimio y no parecido a otro. Sus comidas en el campo eran más abundantes, porque solía congregar a sus conocidos de los campos vecinos y comarcanos, holgándose con ellos, y procurando hacerse afable y congraciarse, no sólo con los de su edad, sino también con los jóvenes, para lo que tenía los medios de hallarse con muy varios conocimientos y haber presenciado muchos negocios y casos dignos de referirse. Reputaba además la mesa por muy propia para ganar amigos, y en ella cuidaba de introducir, tanto el elogio de los buenos y honrados ciudadanos, como el olvido de los vituperables y malos, no dando nunca Catón margen en sus convites ni para la reprensión ni para la alabanza de éstos.

XXVI Su último acto Político se cree haber sido la destrucción de Cartago, dando fin a la obra Escipión el menor, pero habiéndose movido la guerra por dictamen y consejo de Catón con este motivo. Fue enviado Catón cerca de los Cartagineses y de Masinisa el Númida, que tenían guerra entre sí, a investigar las causas de su desavenencia; porque éste era desde el principio amigo del pueblo romano, y aquellos, después de la victoria que de ellos alcanzó Esci- pión, y de haber sido castigados con la pérdida del imperio del mar y con un grande tributo en dinero, se habían obligado a serlo con solemnes tratados. Como encontrase, pues, aquella ciudad no maltratada y empobrecida como se figuraban los Romanos, sino brillante en juventud, abastecida de grandes riquezas, llena de toda especie de armas y municiones de guerra, y que acerca de estas cosas no pensaba con abatimiento, parecióle que no era sazón aquella de que los Romanos se cuidaran de arreglar los negocios y la recíproca correspondencia de los Númidas y Masinisa, sino más bien de pensar en que si no tomaban una ciudad antigua enemiga, a la que tenían grandemente irritada, y que se había aumentado de un modo increíble, volverían pronto a verse en los mismos peligros. Regresando, pues, sin tardanza, hizo entender al Senado que las anteriores derrotas y descalabros de los Cartagineses no habrían disminuido tanto su poder como su inadvertencia; y era de temer que no los hubiesen hecho más débiles, sino antes más inteligentes en las cosas de la guerra, pudiéndose mirar los combates con los Númidas como preludios de los que meditaban contra los Romanos; y, por fin, que la paz y los tratados eran un nombre que encubría sus disposiciones de guerra, mientras esperaban la oportunidad.

XXVII. Después de esto, dícese que Catón arrojó de intento en el Senado higos de África, desplegando la toga, y como se maravillasen de la hermosura y tamaño de ellos, dijo que la tierra que los producía no distaba de Roma más que tres días de navegación. Refiérese todavía otra cosa más fuerte, y es que siempre que daba dictamen en el Senado sobre cualquier negocio que fuese, concluía diciendo: “Este es mi parecer, y que no debe existir Cartago.” Por el contrario, Publio Escipión, llamado Nasica, continuamente decía y votaba que debía existir Cartago; y es que, a mi entender, viendo a la plebe que por el engreimiento vivía descuidada, y por la prosperidad y altanería era menos obediente al Senado, y a la ciudad toda se la llevaba tras sí adondequiera que se inclinase, le parecía que el miedo a Cartago era como un freno que moderaba el arrojo de la muchedumbre: estando en la inteligencia de que el poder de los Cartagineses no era tan grande que hubiera de subyugar a los Romanos, ni tan pequeño que hubieran de ser mirados con desprecio. Mas a Catón esto mismo le parecía peligroso, a saber: el que el pueblo indócil, y precipitado por un gran poder, estuviera como amenazado de una ciudad siempre grande, y ahora atenta e irritada por lo que había sufrido, y el que no se quitara enteramente el miedo de una dominación extranjera para respirar y poder pensar en el remedio de los males interiores. De este modo se dice que Catón fue el autor de la tercera y última guerra contra los Cartagineses. Mas al principio de las hostilidades falleció, profetizando acerca del varón que había de dar fin a aquella guerra, el cual era entonces joven, tribuno, y bajo el mando de otro, pero daba ya insignes muestras de prudencia y valor en los combates; cuando estas nuevas se trajeron a Roma, oyéndolas Catón, se refiere que dijo: De prudencia éste solo está asistido, sombras son los demás que lleva el viento: profecía que en, breve confirmó Escipión con sus obras. La descendencia que dejó Catón fue un hijo del segundo matrimonio, al que hemos dicho habérsele dado el nombre de Salonio, por razón de la madre, y un nieto del otro hijo difunto. Salonio murió siendo pretor; Marco, que nació de él, llegó a ser cónsul, y del mismo fue nieto Catón el Filósofo, varón en virtud y en gloria el más ilustre de su tiempo.


 


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