PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

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PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi

POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad

SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico

DEMETRIO

I. Los primeros a quienes ocurrió la idea de comparar las artes a los sentidos me parece que a lo que principalmente atendieron fue a la facultad de formar juicio, con al que nos es dado discernir igualmente los contrarios en uno y otro género: porque en esto es en lo que convienen; mas diferéncianse en el referir a un fin lo juzgado y discernido. Porque el sentido no es más bien facultad de percibir lo blanco que lo negro, lo dulce que lo amargo, lo blando y que cede que lo duro y que resiste, sino que su misión es, tropezando con cada cosa, ser de todas movido y moverlas a todas, para trasladarlas a la inteligencia según la impresión que le han hecho; pero las artes, dirigidas por la razón a la elección y consecución de su objeto propio, y a la repulsión y fuga de su contrario, lo primero lo examinan por su misma institución y de propósito, y lo segundo por accidente; porque si la medicina atiende a la enfermedad y la música a la disonancia, es para conseguir mejor la ejecución de los contrarios. Las más perfectas de todas las artes, a saber, la templanza, la justicia y la prudencia, no solamente juzgan de lo honesto, de lo justo y de lo útil, sino también de lo perjudicial, de lo torpe y de lo injusto; y no celebran la simplicidad que se complace en no tener experiencia de los vicios, sino que la tienen por necedad y por ignorancia de aquellas cosas que importa sobre todo conocer a los que se proponen vivir bien. Los antiguos Espartanos hacían a los hilotas en sus festividades beber vino destempladamente, y después los introducían en sus banquetes para que los jóvenes vieran por sus ojos la deformidad de la embriaguez; mas nosotros no tenemos por muy humano ni por muy político el procurar la corrección de unos por medio del desorden y la destemplanza de otros; creemos, sí, que de los que más se abandonaron, y en un gran poder y grandes negocios manifestaron una insigne maldad, puede quizá convenir que introduzcamos una o dos parejas para que también sus vidas sirvan de ejemplo; no a fe por el placer y diversión de variar nuestro cuadro, sino a la manera de lo que ejecutaba Ismenias de Tebas, que haciéndoles a sus discípulos oír a los que tañían bien la flauta y a los que la tañían mal, les decía después: “Así se ha de tocar”. Y a la inversa: “Así no se ha de tocar”. Antigenidas creía que los jóvenes oirían con más gusto a los buenos flautistas después de haber oído a alguno malo; pues del mismo modo me parece a mí que nos dedicaremos con más ardor a observar e imitar las vidas ordenadas y buenas si no carecemos del conocimiento de las viciosas y vituperadas. Contendrá, pues, este libro las vidas de Demetrio Poliorcetes y de Antonio el Triúnviro, muy propios ambos para confirmar la máxima de Platón de que los caracteres extraordinarios así llevan los grandes vicios como las grandes virtudes. Siendo ambos igualmente dados al amor, bebedores, belicosos, dadivosos, magníficos e insolentes, fueron también semejantes en los sucesos de fortuna; pues no sólo en vida consiguieron grandes victorias y tuvieron grandes descalabros, hicieron dilatadas conquistas, y las perdieron, y habiendo caído de un modo inesperado, por otro inesperado se levantaron, sino que perecieron también, el uno cautivo por sus enemigos y el otro estando muy próximo a que le sucediera lo mismo.

II. Habiendo tenido Antígono dos hijos de Estratonica, hija de Corrago, al uno, por el hermano, le puso el nombre de Demetrio, y al otro, por el padre, el de Filipo. Esta es la opinión más común; pero otros dicen que Demetrio no era hijo, sino sobrino de Antígono, pues habiendo muerto su padre siendo todavía muy niño y casándose inmediatamente con Antígono su madre, fue tenido por hijo de éste, y que Filipo, que era más joven que Demetrio, murió de allí a pocos años. Era Demetrio en estatura más bajo que su padre sin embargo de ser alto; pero de una figura y belleza tan extraordinarias y admirables, que ni escultor ni pintor alguno pudo sacarle semejante: reunía a un tiempo lo festivo y lo grave, lo fiero y lo bello, y con lo juvenil y osado se veía mezclada una inimitable apacibilidad y majestad heroica y regio. Pues por el mismo término sus costumbres reunían también lo terrible y lo gracioso; porque siendo muy amable y el más jovial y voluptuoso de los reyes mientras estaba dado al regalo, a la bebida y a las francachelas, tenía por lo contrario, cuando los negocios lo requerían la mayor actividad, suma vehemencia e infatigable constancia. Así, entre los dioses, al que más se preciaba de imitar era Baco, diestro en la guerra y en alimentar con ella la paz, y al mismo tiempo dispuesto para la alegría y el regocijo.

III. Era sumamente amante de su padre, y con la atención y cuidado que prestaba a la madre daba seguras pruebas de que honraba al padre más bien por verdadero amor que por lisonjear su poder. Estaba un día Antígono ocupado en dar audiencia a unos embajadores, y llegando a este tiempo Demetrio de la caza, se acercó al padre y le besó armado como estaba, sentándose a su lado. Antígono, entonces, saludando en voz alta a los embajadores, a quienes ya había respondido, “También podréis- les dijo- anunciar lo que en nosotros habéis visto en orden a la unión en que vivimos” queriendo significar que la concordia y confianza entre él y el hijo daba gran fuerza a su reinado y era una demostración de su poder. Porque estando generalmente el imperio reñido con la comunicación, y lleno de desconfianza y discordia, tenía a gran dicha el mayor y más anciano de los sucesores de Alejandro estar tan distante de temer a su hijo, que éste, armado de lanza, se llegaba muy cerca de su persona. Mas también puede asegurarse que sola esta casa se conservó por muchas generaciones exenta de estos males, o por mejor decir, que sólo uno de los descendientes de Antígono, que fue Filipo, dio muerte a su hijo; pero casi todas las demás familias cuentan muchas muertes, de hijos, de madres y de mujeres, pues el matar a los hermanos, a la manera de los axiomas de geometría, pasaba también por axioma recibido en las familias reales para la seguridad.

IV. De que Demetrio era también al principio, por carácter, humano y nacido para la amistad, se puede dar esta prueba. Mitridates, el hijo de Ariobarzanes, era por la edad su amigo y compañero, y prestaba a Antígono los respetos debidos, porque ni era malo ni lo parecía; mas por un ensueño se le hizo a Antígono sospechoso. Parecióle a éste que recorriendo un grande y hermoso campo lo sembraba de polvos de oro, que al principio había nacido una mies do oro y que volviendo de allí a poco ya no vio más que la caña cortada. Afligido y apesadumbrado con el suceso, parecióle asimismo oír una voz que le decía que Mitridates marchaba al Ponto Euxino, después de haber segado la mies de oro. Dióle mucho en qué pensar esta visión, y recibiendo juramento al hijo de que callaría, se la manifestó, y también la decidida resolución en que estaba de deshacerse de Mitridates dándole muerte. Al oírlo recibió gran pesar Demetrio, y yéndole a buscar aquel joven para usar de recreación, como lo tenía de costumbre, no se atrevió a hablarle palabra ni dar indicio ninguno con la voz a causa del juramento, pero apartándole un poco de los otros amigos, luego que estuvieron solos, escribió en la tierra, viéndolo él, con la punta de la lanza: “Huye, Mitridates.” Entendiólo éste, y habiendo partido en aquella misma noche para la Capadocia, el hado dio en breve cumplida a Antígono la visión que había tenido acerca de él, porque se apoderó de una hermosa y dilatada región, y dio origen a una nueva línea de reyes del Ponto, extinguida a la octava generación por los romanos. Estas son las pruebas que hay de la excelente disposición de Demetrio a la humanidad y a la justicia.

V. Como en los elementos de Empédocles, por la pugna y amistad, hay contienda y guerra de unos con otros, y más entre los que están más cerca y que más se tocan, de la misma manera la continua guerra que había entre los sucesores de Alejandro, la proximidad de intereses y la vecindad de los lugares la hacía más manifiesta, y la avivaba más en cuanto a algunos de ellos, como le sucedió a Antígono con Tolomeo. Hallábase Antígono en la Frigia, y habiendo oído que Tolomeo, pasando desde Chipre, talaba la Siria e iba trayendo o sujetando las ciudades, envió contra él a su hijo Demetrio, de edad de veintidós años, que entonces por la primera vez se puso a mandar un ejército para una grande y peligrosa empresa. Sucedió lo que era natural, habiéndolas un joven inexperto con un atleta de los ejercitados en la palestra de Alejandro, vencedor en muchos y muy grandes combates: porque fue vencido junto a la ciudad de Gaza, teniendo ocho mil cautivos y cinco mil muertos. Perdió además la tienda, los caudales y, en fin, hasta la servidumbre toda que cuidaba de su persona. Mas esto se lo devolvió Tolomeo juntamente con sus amigos, enviándole este humano mensaje: que la guerra entre ellos no había de ser por cuanto tenían, sino por la gloria y el mando. Recibiólo Demetrio, mas pidió a los dioses no permitieran que fuese por largo tiempo deudor a Tolomeo de este beneficio, sino que le dieran poderlo pagar cuanto antes; y conduciéndose más bien como un general firme y constante, acostumbrado a esperar la mudanza de la suerte, que como un joven humillado al primer encuentro, se dedicó a reclutar gente y prevenir armas, manteniendo en la fe a las ciudades y ejercitando las tropas.

VI Antígono, cuando tuvo noticia de esta batalla, dijo que Tolomeo había vencido a unos mozos imberbes, pero que pronto combatiría con hombres, y no queriendo contener o quizá extinguir el ardor del hijo, no se le opuso cuando le pidió permiso para continuar la guerra solo, sino que se lo concedió. Al cabo de poco tiempo se presentó con un grande ejército Ciles, general de Tolomeo, con ánimo de arrojar de toda la Siria a Demetrio, a quien por la anterior derrota miraba con desdén; pero éste, cayendo de repente sobre él cuando menos lo esperaba, y llenándolo de pavor, le tomó el campamento con el general, le hizo siete mil cautivos y se apoderó de inmenso botín. Alegróse con la victoria, no por lo que iba a adquirir, sino por lo que iba a retornar, y no se deleitó tanto en la riqueza y gloria que de ser vencedor le resultaba, como con ver que iba a pagar el beneficio recibido y a corresponder a la humanidad con que había sido tratado. Sin embargo, no lo ejecutó por sí, sino que escribió al padre; y permitiéndoselo éste, y aun exhortándole a que dispusiera de todo como le pareciese, haciendo grandes presentes a Ciles y entregándole sus amigos, los remitió a todos colmados de riquezas. Este descalabro arrojó a Tolomeo de la Siria, e hizo venir a Antígono de Celenas, alegre con la victoria y deseoso de ver al hijo.

VII. Enviado después de esto Demetrio a sujetar los Árabes llamados Nabateos, estuvo en peligro por haber ido a parar a terrenos faltos de agua; pero habiendo asombrado a los bárbaros con no haberse turbado ni asustado él mismo, recogiendo de ellos gran botín y setecientos camellos, dio término a aquella expedición. Había sido Seleuco arrojado primero de Babilonia por Antígono; pero después la había recobrado, y posesionado de ella subía con un ejército a conquistar los pueblos confinantes con, la India y las provincias del Cáucaso, por lo que, esperando Demetrio encontrar desierta la Mesopotamia, y pasando súbitamente el Éufrates, se apresuró a caer sobre Babilonia, lanzó de una de las ciudades, porque eran dos, la guarnición de Seleuco, y apoderado de ella puso allí siete mil hombres de los suyos, y mandando a los demás soldados que tomaran del país y recogieran todo cuanto pudiesen traer consigo, regresó al mar, dejándole a Seleuco más afianzado su poder, porque con tratar tan mal la tierra daba a entender que se desistía de ella por no pertenecerle. Sitiaba Tolomeo a Halicarnaso, y yendo en auxilio de esta ciudad se la quitó de entre las manos.

VIII. Habiendo adquirido fama con estos hechos, concibieron el maravilloso proyecto de libertar la Grecia toda, esclavizada por Casandro y Tolomeo, haciendo una guerra la más honesta y justa que jamás hiciera rey alguno: porque cuantas riquezas habían recogido quebrantando a los bárbaros venían a consumirlas en bien de los griegos por sólo el deseo de gloria. Resolvieron dar principio por dirigirse con su escuadra a Atenas, y diciendo uno de sus amigos a Antígono que si tomaban esta ciudad debían guardarla porque era la escala de la Grecia, desechó Antígono la proposición, respondiéndole que la mejor escala y más segura era el amor de los pueblos, y que siendo Atenas la atalaya de toda la tierra, al punto haría ilustres sus hechos ante todos los hombres. Movió, pues, Demetrio para Atenas, llevando en dinero cinco mil talentos y una armada de doscientas cincuenta naves, a tiempo que por Casandro ocupaba el cuerpo de la ciudad Demetrio de Falera, teniendo guarnición en Muniquia; valiéndole a un tiempo su dicha y su previsión, se apareció en el Pireo el día 25 del mes Targelión, sin haber sido sentido de nadie. Cuando se vio cerca la escuadra, entendieron todos que eran naves de Tolomeo, y se disponían a recibirlas; pero volviendo tarde de su engaño, aunque acudieron los generales, fue grande el desorden en que todo se puso, como era preciso, cuando había que rechazar a los enemigos que ya saltaban en tierra. Porque hallando Demetrio abierta la boca del puerto, se introdujo en él: así, dándose ya a conocer a todos, pidió por señas tranquilidad y silencio. Hecho esto, mandó a un heraldo les significase que el padre le había enviado (en buena hora fuese dicho) a libertar a los Atenienses, a echar fuera la guarnición y a restituirles sus leyes y su gobierno patrio.

IX. Hecho este anuncio, los más arrojaron a los pies los escudos, y empezando a aplaudir y clamar decían que Demetrio bajase a tierra, apellidándole su salvador y bienhechor. Falereo y los suyos eran todos de sentir que debía recibirse al vencedor, aun cuando nada cumpliera de lo que prometía, y al punto le enviaron mensajeros que intercediesen por su suerte. Recibiólos Demetrio con la mayor humanidad, y envió con ellos de su parte a Aristodemo de Mileto, vino de los amigos de su padre. El temor de Falereo más era de los Atenienses por la mudanza de gobierno que de los enemigos, y a esto ocurrió también Demetrio por consideración a la gloria y valor de Falereo, haciéndole acompañar con seguridad hasta Tebas, como lo deseaba; y por lo que hace a él mismo, dijo que no vería la ciudad, a pesar del ansia que por ello tenía, hasta que del todo quedara libre, despedida la guarnición. Corrió, pues, por entonces un muro y un foso por delante de Muniquia, e hizo vela para Mégara, guarnecida por Casandro. Tuvo allí noticia de que Cratesípolis, mujer de Alejandro, el hijo de Polisperconte, que residía en Patras, mujer celebrada por su belleza, tendría placer en verse en sus brazos, y dejando el ejército en las tierras de Mégara, marchó allá llevando consigo unos cuantos de los más esforzados, de los cuales aún se apartó después, poniendo separado su pabellón para que no notaran que aquella mujer iba en su busca. Llegáronlo a entender algunos de los enemigos, que sin detenerse corrieron a donde estaba, y teniéndoles miedo, disfrazado con una ropa vil pudo escaparse a carrera, habiendo estado en muy poco el que no cayese en una vergonzosa cautividad. Los enemigos aun cogieron la tienda y cuanto en ella había, y se retiraron. Tomó a Mégara, y como los soldados se inclinasen al saqueo, intercedieron los Atenienses por aquellos ciudadanos, con lo que Demetrio, expulsando la guarnición, dio también a aquel pueblo la libertad. Cuando en esto estaba entendiendo, se acordó del filósofo Estilpón, de quien se decía haber preferido a la acción una vida sosegada y tranquila. Enviándole, pues, a llamar, le preguntó si alguno le había quitado algo, a lo que Estilpón respondió: “Ninguno, porque no he visto a ninguno que se llevara la ciencia.” Habían robado a los Megarenses puede decirse que todos los esclavos, y haciéndole en otra ocasión caricias Demetrio, le dijo al despedirse: “Os dejo ¡oh Estilpón! libre la ciudad”: a lo que él contestó: “Dices muy bien, porque no nos has dejado ningún esclavo.”

X. Habiendo vuelto contra Muniquia, puso ante ella su campamento, destrozó la guarnición y demolió el fuerte; con esto, llamándole y haciéndole un gran recibimiento los Atenienses, entró ya en la ciudad, y congregando el pueblo dijo que les restituía su antiguo gobierno, ofreciéndoles en nombre de su padre que se les enviarían ciento cincuenta mil fanegas de trigo y toda la madera de construcción necesaria para cien galeras. Recobraron los Atenienses la democracia al cabo de quince años, habiendo sido entre tanto su gobierno, desde los sucesos de Lamia y la batalla de Cranón, oligárquico en el nombre, pero en realidad monárquico por el poder de Falereo; y habiendo sido Demetrio un bienhechor grande y magnífico, ellos lo hicieron molesto y odioso con los desmedidos honores que le decretaron. Porque, en primer lugar, dieron el nombre de reyes a Demetrio y Antígono, nombre que hasta entonces habían repugnado, siendo de las insignias reales lo único que reservaban para los sucesores de Alejandro y Filipo, sin permitirlo ni comunicarlo a ningún otro. A ellos solos los llamaron dioses salvadores, y haciendo que cesara el Arconte patrio, que daba nombre al año, crearon anualmente un sacerdote de los salvadores, y el nombre de éste era el que había de servir para fijar la data de todos los decretos y escrituras. Decretaron que en el gran peplo o velo se tejieran sus retratos con los de los dioses, y consagrando el lugar donde primero echó pie a tierra, erigieron un altar que había de llamarse de Demetrio Catébata. Añadieron a las tribus otras dos, la Demetríade y la Antigónide, y el consejo, que antes era de quinientos, lo hicieron de seiscientos, por cuanto cada tribu daba cincuenta.

XI El que más salió de tino en estas invenciones fue Estrátocles: porque a él deben principalmente atribuirse tan exquisitos y excesivos modos de adular. Propuso que los que fuesen enviados por la república en virtud de decreto a Antígono y Demetrio, en lugar de llamarse embajadores, se llamaran Teoros, como los que por las ciudades conducen las víctimas a Delfos y Olimpia en las fiestas de la Grecia. Era en todo insolente este Estrátocles, teniendo una vida disipada, e imitando en su desvergüenza e impudencia la falta de respeto al pueblo del antiguo Cleón. Había tomado una amiga llamada Filacio, y habiéndole ésta comprado un día en la plaza sesos y cuellos, “¡Calla- le dijo-, me has comprado para comer aquellas cosas con que nosotros los que gobernamos al pueblo jugamos a la pelota!” Cuando los Atenienses sufrieron aquella derrota en el combate naval de Amorgo, adelantándose a los que traían la noticia, pasó coronado por el Ceramico, y anunciando que habían vencido propuso que se hiciera el sacrificio acostumbrado por la buena nueva, y distribución de carnes por tribus. A poco llegaron los que volvían con el resto de las naves que quedó de la batalla, e increpándole el pueblo con enfado, calmó con la mayor insolencia el tumulto, diciendo: “¿Y qué ha habido de malo en que hayáis tenido dos días alegres?” ¡Tal era la desvergüenza de Estrátocles!

XII. Pues aún hubo otros decretos más calientes que el fuego, para valerme de la expresión de Aristófanes. Porque escribió otro adulador, excediendo en impudencia a Estrátocles: que se recibiese a Demetrio cuantas veces fuese a Atenas con las mismas ceremonias que a Deméter y Baco, y al que se aventajara en brillantez y esplendor en este recibimiento se le diera dinero del Erario público para una ofrenda. Finalmente, que el mes de Muniquión se llamara Demetrión; el último día del mismo mes, Demetríadi, y que a las fiestas llamadas Bacanales se les mudara el nombre en el de Demetrias. Contra las más de estas cosas hubo portentos de parte de los dioses; porque el peplo en que, conforme al decreto, con Zeus y Atena habían sido tejidos Demetrio y Antígono, siendo llevado en procesión por el Ceramico, se rasgó por medio con una lluvia borrascosa que cayó. Junto a sus aras nació en derredor mucha cicuta, siendo así que por lo común no la produce aquel sitio. En el día en que se celebraban los Bacanales tuvieron que suspender la pompa por haber sobrevenido grandes hielos fuera de tiempo; y habiendo caído una grande escarcha, no sólo quemó el frío todas las vides y las higueras, sino que hizo mucho daño en los trigos, que estaban aún en hierba; con ocasión de lo cual Filípides, que era enemigo de Estrátocles, dijo en una comedia que él era Por quien las viñas abrasó la escarcha y por cuya impiedad se rasgó el peplo, dados a hombres los divinos cultos: esto, y no la comedia, arruina al pueblo. Era Filípides amigo de Lisímaco, y por él recibió el pueblo algunos beneficios de este monarca, para quien parece que era de buen agüero el que se le presentase Filípides o él lo viese cuando había de emprender alguna cosa de importancia en paz o en guerra. Por otra parte, era hombre bien visto, nada entremetido y que nada tenía de la oficiosidad palaciega. Hacíale un día agasajos Lisímaco, y preguntándole: “¿Cuál de mis cosas te entregaré ¡oh Filípides?” “Lo que quieras ¡oh rey!- le respondió-, como no sea un secreto”. De intento, pues, hemos contrapuesto éste a aquel; al demagogo, y que lo lucía en la tribuna, este otro cómico y de la escena.

XIII. Pues aún se le decretó otro honor más desmedido y disonante, escrito por Dromoclides Esfetio, sobre que para la consagración de los escudos en Delfos se tomara oráculo de Demetrio; pero será mejor copiar el tenor del decreto, que es como sigue: “A la buena hora: Le ha parecido al pueblo nombrar un ciudadano de Atenas que, constituyéndose cerca del Salvador, y haciendo las debidas libaciones, pregunte a Demetrio Salvador cómo con más piedad, con más decoro y con mayor prontitud ha de hacer el pueblo la dedicación de las ofrendas, y que, lo que respondiere, aquello haga el pueblo.” Con tales desatinos embaucaron a un hombre que ya de suyo no era de los más cuerdos.

XIV. Mientras reposaba entonces en Atenas, tomó por mujer a la viuda Eurídice, que era descendiente del antiguo Milcíades, y que habiendo estado casada con Ofeltas, príncipe de Cirene, después de su muerte se había restituido a Atenas; los Atenienses miraron este casamiento como una merced y un honor dispensados a su ciudad. Era naturalmente Demetrio muy fácil en concertar matrimonios, estando enlazado a un tiempo con muchas mujeres, entre las que tenía el primer lugar y dignidad File, ya por su padre Antípatro, y ya también por haber estado antes casada con Crátero, que de los sucesores de Alejandro era el que mayor deseo de sí había dejado a los Macedonios. Parece que siendo todavía Demetrio muy joven le persuadió el padre que tomara a ésta en matrimonio, aunque le excedía en edad; y como no se mostrase muy dispuesto a ejecutarlo, se dice haberle recitado al oído esta máxima de Eurípides: Allí do está el provecho es de casarse, aunque haya de ceder naturaleza, sustituyendo de repente una voz de la misma terminación a aquella con que concluía el verso. A pesar de lo dicho, el honor y estimación en que Demetrio tenía a File y a sus demás mujeres era de tal calidad, que con el mayor descaro trataba con rameras y con mujeres libres, siendo entre los reyes el que peor opinión tenía en punto a esta clase de placeres.

XV. Llamóle el padre para hacer la guerra a Tolomeo por la isla de Chipre, y era preciso obedecer; pero incomodado de haber de dejar la guerra por la libertad de la Grecia, que era más ilustre y gloriosa, envió antes mensajeros a Cleónides, general de Tolomeo, que tenía guarnición en Sicione y Corinto, ofreciéndole grandes sumas por que dejase libres estas ciudades. No admitió éste la proposición, por lo que tuvo que darse a la vela sin dilación. Con su ejército dirigióse a Chipre, donde trabando batalla con Menelao, hermano de Tolomeo, al punto le venció; pero sobreviniendo el mismo Tolomeo con grandes fuerzas de tierra y de mar, se amenazaron y hablaron mutuamente con arrogancia, intimando Tolomeo a Demetrio que se retirara antes que, reunidas todas sus fuerzas, fuera hollado por ellas, y diciendo Demetrio que le dejaría ir en paz si convenía en retirar la guarnición de Sicione y Corinto. No sólo para ellos era de grande expectación esta contienda, sino que la duda o incertidumbre tenía pendientes a todos los príncipes, porque la victoria iba a dar al que quedara superior, no Chipre y la Siria, sino el ser inmediatamente el de mayor poder entre todos.

XVI Tolomeo traía consigo ciento cincuenta naves, y había dado orden a Menelao de que, pasando de Salamina con otras sesenta, acometiera en lo más recio del combate para cortar las de Demetrio por la espalda y desordenar su línea. Demetrio a estas sesenta sólo opuso diez, porque eran las que bastaban para impedirles la salida del puerto, siendo la boca muy estrecha, y él, habiendo ordenado el ejército, distribuyéndole por los promontorios que dominaban el mar, movió con ciento ochenta naves. Fue la acometida con tal violencia e ímpetu, que de poder a poder destrozó a Tolomeo, haciéndole huir con solas ocho naves, que fueron las que de toda la armada se salvaron, pues de las demás parte perecieron en el combate y setenta fueron tomadas con sus tripulaciones. De la muchedumbre de esclavos, amigos y mujeres, que navegaban en transportes, y de armas, caudales y máquinas, nada absolutamente dejó de caer en manos de Demetrio, sino que se apoderó de todo y lo condujo al campamento. Era entre las mujeres muy celebrada Lamia, tenida al principio en precio por su arte, pues parece que tañía la flauta con primor, y famosa después por sus ramerías. Estaba ya entonces en la declinación de su belleza; y habiendo enredado a Demetrio, mucho más joven que ella, de tal manera le atrajo y dominó con sus gracias, que de ella sola era amante, de las demás amado. Después del combate naval, ni Menelao hizo resistencia, sino que entregó a Demetrio la isla de Salamina, las naves y el ejército, compuesto de mil doscientos caballos y doce mil infantes.

XVII. Habiendo sido tan gloriosa y brillante esta victoria, para darle Demetrio mayor realce con su benignidad y mansedumbre, dio honrosa sepultura a los cadáveres de los enemigos, libertad a los cautivos e hizo a los Atenienses el presente de mil doscientas armaduras de las tomadas en el botín. Envió al padre de mensajero de esta victoria a Aristodemo de Mileto, adulador el más consumado de todos los cortesanos, que entonces se propuso llevar la adulación hasta el último punto. Porque llegado al término de la navegación desde Chipre, no dejó que el barco se aproximara a tierra, sino que mandó echar anclas y que toda la gente permaneciera embarcada. Él solo saltó en la lancha y se encaminó al palacio de Antígono, que con la expectación de la batalla tenía el alma pendiente de un hilo, y estaba en la agitación en que no pueden menos de estar los que tan grandes intereses aventuran. Entonces, oyendo que él llegaba, todavía se turbó más que antes, y haciéndose violencia para no salir de palacio, envió a encontrarle algunos de sus ministros y amigos, que tomaron de Aristodemo noticia de lo sucedido. Mas él, sin responder nada a nadie, con pasos muy mesurados y con un semblante muy grave, seguía su camino, con lo que, asustado enteramente Antígono, y no siendo ya dueño de contenerse, se encaminó a las puertas a tiempo que Aristodemo llegaba ya acompañado de gran tropel de gentes, hallándose no lejos del palacio. Cuando estuvo a conveniente distancia, alargando la diestra clamó en voz alta: “¡Salve, rey Antígono! Hemos vencido en combate naval al rey Tolomeo. Chipre está en nuestro poder con dieciséis mil ochocientos soldados que hemos hecho cautivos.” A lo que respondió Antígono: “¡Salve, tú también, que por Dios nos has atormentado cruelmente; mas tú la pagarás, porque has de tardar en recibir las albricias!”

XVIII. Enseguida la muchedumbre aclamó por reyes a Antígono y Demetrio; y a Antígono al punto le ciñeron sus amigos la diadema. A Demetrio se la envió el padre con una carta, en que le daba el dictado de rey. Los egipcios, luego que llegó allá esta voz, proclamaron también rey a Tolomeo, por que no pareciese que se tenían en menos a causa de la derrota. Así fue como lo ejecutado con Antígono y Demetrio excitó la emulación de todos los sucesores de Alejandro; Lisímaco empezó asimismo a usar de diadema, y Seleuco aun en sus audiencias a los griegos, pues ya antes las había dado con autoridad de rey a los bárbaros. Casandro, aunque todos de palabra y por escrito le llamaban rey, continuó escribiendo sus cartas como antes. No se crea que terminó esto en la añadidura de un dictado y la mudanza de traje, sino que influyó en los ánimos, y los llenó de orgullo y altanería para el trato y para toda su conducta, mudando, como los representantes de tragedia, juntamente con las ropas, el aire y continente del cuerpo, la voz y el modo de sentarse y saludar. Así es que desde este punto se hicieron más violentos en la administración de la justicia, dando de mano al disimulo hipócrita que los hacía un poco más benignos y afables para con los súbditos. ¡Tanto pudo una sola palabra de un adulador, y tal mudanza produjo puede decirse que en toda la tierra!

XIX. Antígono, engreído con los sucesos de Demetrio en Chipre, al punto partió contra Tolomeo, conduciendo por sí mismo el ejército de tierra, y haciendo que Demetrio le siguiera con una poderosa armada; pero acerca del modo de terminarse aquella expedición tuvo Medio, amigo de Antígono, una visión entre sueños: porque le pareció que el mismo Antígono contendía con su ejército en la carrera de ida y vuelta, llamada Diaulo, excelentemente y con mucha prontitud al principio, pero que después poco a poco fue cediendo aquella fuerza, y al fin, cansado, hubo de aflojar, y falto de respiración con dificultad hizo la vuelta. Fatigado pues, por tierra con escaseces de toda especie, como Demetrio hubiese corrido una gran borrasca, habiendo estado expuesto a estrellarse en playas abiertas y difíciles y perdido muchas naves, tuvo que volverse sin haber hecho cosa alguna. Hallábase entonces en los ochenta años de edad o poco menos, y no estando en disposición de conducir por sí los ejércitos, más por la gran mole y pesadez de su cuerpo que por la vejez se valía del hijo, que por su buena suerte y por su pericia administraba perfectamente los mayores negocios, no incomodándole su lujo, su profusión y sus festines; porque si bien en tiempo de paz se excedía en estos desahogos, entregándose en el ocio a los placeres sin cuenta ni reparo, en la guerra estaba tan vigilante y despierto como los más sobrios por carácter. Dícese que, dominándole ya del todo Lamia, de vuelta de un viaje saludó Demetrio a Antígono besándole, y éste le dijo sonriéndose: “Parece, hijo, que besas a Lamia.” En otra ocasión había pasado muchos días en francachelas, y dando por excusa que una fluxión era la que le impedido verle, “Lo sé- respondió Antígono-; ¿pero esa fluxión era del de Taso, o del de Quio?” Habiendo sabido otra vez que se hallaba enfermo, fue a verle, y en la puerta se encontró con un jovencito muy lindo. Entró, y sentándose junto a él, le tomó la mano, y diciéndole Demetrio: “Ahora mismo se ha ido la calentura”, “Cierto- le contestó-, hijo mío, en la puerta la he encontrado yo cuando entraba”. ¡Con tanta indulgencia llevaba estos extravíos del hijo por su conducta en lo demás! Porque los Escitas, mientras beben y se embriagan, tiran las cuerdas de los arcos, como para despertar el valor relajado por el placer; pero Demetrio, entregándose del todo, ora al placer y ora al cuidado, sin mezclar nunca estas cosas entre sí, no era por eso menos activo en los preparativos de la guerra.

XX. Con todo, aun parecía mejor general para preparar y disponer un ejército que para usar de él, queriendo que todo estuviera de sobra para el caso oportuno; en las grandes obras de la construcción de naves y máquinas, su esmero llegaba hasta el extremo, teniendo un placer insaciable en su ejecución y en inventarlas y trazarlas, porque estando adornado de ingenio y comprensión, no empleó su afición a las artes en niñerías o en diversiones inútiles, como otros reyes que tañían la flauta, pintaban o torneaban. Aéropo de Macedonia se entretenía cuando estaba de vagar en hacer mesas y lamparillas. Átalo, llamado Filométor, cultivaba hiervas venenosas, no sólo el beleño y el eléboro, sino también la cicuta, el acónito y el doriemo, sembrándolos o plantándolos en los jardines reales, y poniendo cuidado en conocer sus jugos y sir fruto, y cogerlos cuando era tiempo. Los reyes de los Partos hacían vanidad de su destreza en sacar y aguzar las puntas de los dardos. Mas en Demetrio aun lo mecánico era regio, y el uso de las artes tenía grandeza, presentando sus obras, juntamente con lo esmerado y artístico, cierta elevación de ingenio y de ánimo, y pareciendo dignas de un rey, no solamente en la invención y opulencia, sino hasta en la mano; porque con su grandeza pasmaban a los amigos, y con su belleza hasta a los enemigos agradaban. Y esta relación más tiene de verdadera que de exagerada, pues sus galeras de dieciséis y de quince remos fueron vistas en el mar con admiración por los enemigos que las miraban desde tierra y sus helépolis eran un espectáculo para los mismos sitiados, como los hechos lo confirman. Porque Lisímaco, que era entre los reyes el mayor enemigo de Demetrio, y que fue a combatirle cuando sitiaba a Solos de Cilicia, le envió a rogar que le mostrara sus máquinas y sus naves en acto de bogar, y habiéndoselas mostrado quedó admirado de ellas y se retiró. Los Rodios, sitiados por él largo tiempo, cuando se hizo la paz le pidieron algunas de sus máquinas para tener una memoria de su habilidad y del propio valor de ellos.

XXI Hacía guerra a los Rodios por ser aliados de Tolomeo, y arrimó a los muros la mayor de sus helépolis cuya base era cuadrada, y cada lado tenía de latitud cuarenta y ocho codos, siendo toda su altura de sesenta y seis, y viniendo los lados a parar en un techado más angosto que la base. Por dentro estaba asegurada con diferentes enmaderados y repartida en divisiones. El frente que miraba a los enemigos estaba abierto, habiendo en cada piso sus ventanas, por las que se lanzaban armas arrojadizas de toda especie: porque estaba llena de hombres ejercitados en toda suerte de combates, y con no bambolearse ni inclinarse con los sacudimientos, sino ser llevada siempre derecha y en equilibrio con gran ruido e ímpetu, en los espíritus causaba miedo, y al mismo tiempo hacía cierta gracia a los ojos de los que la miraban. Trajéronle de Chipre para esta misma guerra dos corazas de hierro de peso cada una de cuarenta libras, y queriendo su artífice Zoilo hacer ver la impenetrabilidad y resistencia de ellas, propuso que, con una catapulta le lanzaran un dardo a veintiséis pasos; y hecho así no fue pasado el hierro, y sólo recibió una ligera impresión como si se hubiera hecho con un punzón. Esta era la que él llevaba, y la otra Álcimo, natural del Epiro, varón el más belicoso y de mayores fuerzas de cuantos tenía consigo: como que él solo usaba de una armadura de dos talentos de peso, cuando las de los demás eran de uno, éste, peleando en Rodas, murió junto al teatro.

XXII. Defendiéronse con valor los Rodios, y aunque no ejecutó Demetrio cosa digna de referirse, les hacía, sin embargo, obstinadamente la guerra: porque enviándole File, su mujer, cartas, alfombras y ropas, apresaron el barco como estaba y lo enviaron a Tolomeo, no imitando la humanidad en caso igual de los Atenienses, los cuales, estando en guerra con Filipo, cogieron a unos portadores de cartas, y leyendo las demás, solamente no abrieron la de Olimpíade, sino que, sellada como estaba, la remitieron a Filipo. Mas aun a pesar de estar tan vivamente ofendido Demetrio de los Rodios, cuando tuvo ocasión oportuna no le sufrió el corazón vengarse de ellos. Porque hizo la casualidad que Protogenes de Cauno estaba pintando su cuadro de Iáliso, y cuando estaba ya casi para concluirse, lo ocupó Demetrio en uno de los arrabales. Enviáronle los Rodios un heraldo para pedirle que tuviera consideración y no destruyera aquella obra; a lo que él respondió que antes quemaría los retratos de su padre que un trabajo del arte como aquel: porque se dice que gastó Protogenes siete años en acabar aquella pintura. Dícese así mismo que al ver Apeles aquella obra se quedó tan pasmado que le faltó la voz, y al cabo de rato expresó: “¡Gran trabajo!¡Admirable obra! Pero no tiene aquellas gracias por las que mis pinturas tocan al cielo”. Colocado más adelante este cuadro con otros muchos en Roma, fue abrasado en un incendio. Resistían fuertemente los Rodios en aquella guerra y deseando Demetrio algún decente pretexto, los Atenienses que allá acudieron le proporcionaron hacer la paz, sin otra condición que la de haber de dar los Rodios auxilios a Antígono y Demetrio, como no fuera contra Tolomeo.

XXIII. Llamaron a Demetrio los Atenienses con motivo de tenerles sitiada Casandro la ciudad, y acudiendo aquel con trescientas treinta naves y numerosa infantería, no sólo arrojó a Casandro del Ática, sino que, persiguiéndolo en su fuga hasta las Termópilas, consiguió de él una señalada victoria, y tomó a Heraclea, que voluntariamente se le entregó, habiéndosele asimismo pasado seis mil Macedonios. A la vuelta dio libertad a los griegos de la parte acá de las Termópilas, hizo alianza con los Beocios, tomó a Cencris, y habiendo reducido a File y a Panacto, presidios del Ática, guarnecidos entonces por Casandro, las restituyó a los Atenienses, los cuales, aunque habían estado antes excesivos con él, y parecían haber agotado todos los medios de obsequiarle y honrarle, todavía encontraron cómo parecer nuevos y recientes en sus adulaciones. Porque le señalaron para alojamiento el edificio que está a espaldas del templo de Atena, llamado Partenón, y allí estuvo habitando; diciéndose que era la diosa la que daba hospedaje a un huésped, a fe no muy modesto, ni de una conducta muy propia para que lo alojara una virgen; siendo así que su padre, habiendo sabido que Filipo, el hermano del mismo Demetrio, estaba en una ocasión alojado en una casa en que había tres mocitas, a él no le habló palabra; pero habiendo llamado al aposentador, le dijo en su presencia: “Oyes, ¿no sacarás a mi hijo de tan estrecho alojamiento?”.

XXIV. Correspondíale en verdad a Demetrio respetar a Atena, a lo menos por ser su hermana mayor, según él decía; sin embargo, fueron tales las indecencias y abominaciones con que manchó el alcázar, violentando a jóvenes libres y ciudadanas honestas, que parecía estar aquel lugar sumamente acatado y limpio cuando sólo se divertía con las rameras Crisis, Lamia, Demo y Anticira. No conviene, por honor a la ciudad, referir menudamente tales insolencias, pero al mismo tiempo es justo no pasar en silencio la virtud y modestia de Damocles. Era éste “todavía muchachito, y tuvo de él noticia Demetrio, siendo su sobrenombre el que le acusaba, porque le llamaban Damocles el Hermoso. Hiciéronsele muchos presentes, se le solicitó, se le hizo miedo y a nadie cedió nunca. Por fin, retirándose de las palestras y del gimnasio, se iba a bañar a un baño privado; habiendo espiado Demetrio la ocasión, se entró en él cuando aquel estaba solo; mas el muchacho, cuando se vio en aquel desamparo y en aquel estrecho, quitando la tapa a la caldera en que estaba el agua hirviendo, se arrojó en ella y pereció sufriendo lo que él no merecía, pero pensando de un modo digno de su patria y de la hermosura, y no como Cleáneto, hijo de Cleomedonte, que habiendo dado pasos para librar al padre de la multa de cincuenta talentos, y presentando al efecto al pueblo cartas de Demetrio, no sólo se cubrió a sí mismo de oprobio, sino que fue causa de turbaciones en la ciudad. Porque a Cleomedonte le perdonó la multa, pero hizo un decreto para que nadie presentara cartas de Demetrio; mas como habiéndolo éste entendido, lejos de tolerarlo, se hubiese mostrado muy ofendido, intimidados nuevamente, no sólo anularon el decreto, sino que de los que lo propusieron y apoyaron, a unos les quitaron la vida y a otros los desterraron. Hicieron además otro decreto por el que declararon que todo cuanto el rey Demetrio mandara habla de ser santo ante los dioses y justo ante los hombres, y diciendo uno de los ciudadanos más prudentes que Estratocles no podía menos de estar loco para proponer tales cosas, Demócares Leuconeo le replicó: “Estaríalo si no lo estuviese”; porque realmente Estratocles sirvió mucho a la ciudad con estas adulaciones; sin embargo, delatado Demócares con tan leve motivo, fue desterrado. ¡Por estas humillaciones pasaban los Atenienses mientras se daban por aliviados de la guarnición, y creían que estaban en el pleno goce de su libertad!

XXV. Pasó Demetrio al Peloponeso, y no haciéndole frente ninguno de los enemigos, porque todos huían y abandonaban las ciudades, puso a su obediencia la región llamada Acte y la Arcadia, a excepción de Mantinea, y rescató a Sicione, Argos y Corinto, dando cien talentos a los que las tenían en custodia. Celebrándose en Argos las fiestas de Hera, presidió a los combates y a toda la solemnidad, y se casó con Deidamía, hija de Eácides, rey de los Molosos, y hermana de Pirro. Decía que los Sicionios habitaban fuera de la ciudad, y los persuadió a que la trasladaran al sitio que ahora ocupa: y ellos con el sitio le mudaron también el nombre, llamándola Demetría de en vez de Sicione. Habiéndose reunido en el Istmo una junta general, que fue sumamente concurrida, se le nombró generalísimo de la Grecia, como antes se había hecho con Filipo y Alejandro, a quienes él pensaba hacer grandes ventajas, deslumbrando con la presente fortuna y con el gran poder a que por ella había llegado. Alejandro a ninguno de los otros reyes los rebajó de este dictado, ni a sí mismo se dio el título de rey de reyes, sin embargo de que muchos le debían la dignidad y el nombre; Demetrio, en cambio, hacía mofa y escarnio de los que llamaban rey a cualquiera otro fuera de él y su padre, y en los banquetes oía con gusto a los que brindaban por el rey Demetrio, por el jefe de los elefantes Seleuco, por el general de la armada Tolomeo, por el tesorero Lisímaco, por el Siciliano Agatocles, gobernador de las islas. Instruidos aquellos reyes de estas puerilidades, todos las tomaron a risa, a excepción de Lisímaco, que se mostró muy enfadado, diciendo: “¿Si me habrá tenido por castrado Demetrio?”, porque comúnmente para tesorero se echa mano de los eunucos. Era siempre Lisímaco el que más le odiaba, y para motejarle por sus amores con Lamia, dijo: “Ahora, por la primera vez, se ha visto una ramera salida de la escena trágica”: a lo que replicó Demetrio ser más honesta y recatada esta ramera que su Penélope.

XXVI Pasando entonces otra vez a Atenas, escribió anticipadamente que quería al punto de su llegada iniciarse en los misterios y hacer de una vez toda la ceremonia, desde la primera iniciación hasta la inspección íntima. Mas esto no era legítimo ni se había hecho nunca, porque los pequeños misterios se celebraban en el mes Antesterión, y los grandes en el Boedromión, y a la inspección no se pasaba sino mediando un año cuando menos desde los grandes misterios. Leída la carta, sólo se atrevió a oponerse el portaantorcha Pitodoro: pero no adelantó nada, porque abrió Estrátocles dictamen para que se decretara que el mes Muniquión se entendiera y llamara Antesterión, y admitieron a Demetrio a la iniciación que se hacía en Agra. Después de esto, el mes Muniquión de Antesterión se hizo Boedromión, y se perfeccionó lo que restaba de la iniciación, recibiendo Demetrio el último grado de la inspección íntima: por lo que, satirizando Filípides a Estrátocles, hizo este verso: El que a un mes solo ha reducido el año; así como dijo en cuanto a su alojamiento en el Partenón: El que por un mesón, tuvo al alcázar y de una Virgen al sagrado templo introdujo a las torpes ramerillas.

XXVII. Siendo así que entonces en la ciudad se cometieron mil excesos e injusticias, se dice que, lo que más mortificó a los Atenienses fue que, habiéndoseles mandado pagar y entregar sin dilación doscientos cincuenta talentos, cuya exacción se hizo de una sola vez y sin excusa, cuando Demetrio vio todo el dinero junto, dio orden de que para jabón se entregara a Lamia y a las otras mozuelas que tenía consigo: porque sintieron más la vergüenza que la multa, y la expresión de desprecio más que la violencia de hecho. Algunos dicen que no fue con los Atenienses con quienes esto se ejecutó, sino con los Tésalos. Fuera de esto, queriendo Lamia dar un banquete al rey, exigió por su propia autoridad dinero a muchos, y fue tan celebrado por su suntuosidad este convite, que Linceo de Samo escribió una historia de él. Con este motivo hubo un poeta cómico que llamó a Lamia, con tanto donaire como verdad, Helépolis. Demócares de Solos llamaba a Demetrio Cuento, porque decía que tenía como los cuentos su Lamia o Hada. Daba esta mujer celos y envidia, con ser tan querida y obsequiada, no sólo a las mujeres legítimas de Demetrio, sino aun a sus amigos. Fueron en una ocasión embajadores de parte de Demetrio a Lisímaco, a quienes éste en un momento de ocio mostró en los muslos y en los brazos cicatrices profundas de las uñas de un león, y les refirió la lucha que había tenido con aquella fiera por haberle encerrado con ella el rey Alejandro; y ellos, echándose a reír, le dijeron que también su rey llevaba en el cuello mordiscos de otra fiera cruel, que era Lamia. Era cosa de admirar que habiendo andado con reparos al principio para casarse con File por razón de la edad, se hubiera dejado vencer de Lamia y la hubiera amado por tanto tiempo, pasada ya y muy pasada su flor. Así es que Demo, llamada también Mania, habiendo tañido la flauta Lamia sobre cena, como le preguntase Demetrio “¿Qué te parece?”, “Vieja, señor”, le respondió. Y en otra ocasión, habiéndose puesto en la mesa grande abundancia de postres, diciéndole el mismo Demetrio: “¿Ves qué de cosas me envía Lamia?”, “Muchas más te enviaría mi madre- le respondió- si quisieras dormir con ella”. Consérvase finalmente en memoria la objeción de Lamia contra la sentencia llamada de Bocoris. Se había enamorado uno en Egipto de la cortesana Tonis, a la que había ofrecido una gran suma; habiéndole parecido después entre sueños que yacía con ella, se resfrió en su deseo y ella le puso pleito sobre el precio convenido. Diose cuenta a Bocoris y mandó que el amador trajera a su presencia en un talego todo el dinero prometido, y que con la mano lo sacudiera a uno y otro lado, y la cortesana se contentara con la sombra, teniendo a la opinión por sombra de la verdad; pero Lamia repuso que esta sentencia no era justa, porque la sombra no satisfizo en la cortesana la codicia del dinero, como el sueño había borrado el amor en el mancebo. Mas baste lo dicho acerca de Lamia.

XXVIII. La fortuna y los sucesos de este rey, de quien escribimos, exigen que la narración se convierta ahora de la escena cómica a la trágica. Porque todos los otros reyes se coligaron contra Antígono; y como hubiesen reunido en un punto todas sus fuerzas, tuvo Demetrio que acudir desde la Grecia; y como hubiese juntado así mismo sus tropas con las del padre, más codicioso de gloria militar que lo que su edad llevaba, él también adquirió más osadía y cobró más ánimo. Y en verdad parece que si Antígono hubiera cedido en cosas bien pequeñas y hubiera rebajado algo de su desmedida ambición y deseo de mando, habría conservado para sí y dejado al hijo la preeminencia de ser el primero entre todos ellos; pero siendo altivo y orgulloso por carácter, tan insolente como en las obras en las palabras, había ofendido e irritado a muchos de los jóvenes y de los poderosos. Entonces mismo decía de aquella Liga y Confederación que como una bandada de pájaros la dispersaría con tirar una piedra y hacer un poco de ruido. Tenía para esta guerra más de setenta mil infantes, diez mil caballos y setenta y cinco elefantes, siendo las fuerzas de los contrarios sesenta y cuatro mil infantes, quinientos caballos más que aquel, cuatrocientos elefantes y ciento veinte carros. Cuando ya éstos se acercaron, hubo variación en su ánimo, más bien en cuanto a las esperanzas que en cuanto a la determinación. Porque siendo así que en los momentos de los combates solía ser altanero y jactancioso, hablando en voz alta y usando de expresiones arrogantes, hasta emplear los chistes en el momento de acometer y cuando se había venido a las manos, con los enemigos para mostrar gran serenidad y desprecio de éstos, en aquella ocasión se le vio casi siempre pensativo y taciturno, y ante el pueblo designó y les presentó al hijo por su sucesor. Pero lo que más admiraron todos fue que en su tienda habló con éste a solas, cuando no acostumbraba a tener ni aun con él estas confianzas, sino que después de haber resuelto por sí le daba públicamente las órdenes para la ejecución de sus planes. Dícese que siendo todavía mocito Demetrio le preguntó en una ocasión cuando se tocaría a retirada, y que le respondió enfadado: “¿Pues qué, has de ser tú solo quien no oiga la trompeta?”

XXIX. Agregósele entonces haber también señales contrarias, que cortaron los vuelos a su espíritu, porque a Demetrio le pareció que entre sueños le preguntaba Alejandro, magníficamente armado, qué señal era la que iban a dar para aquella batalla, y que, habiéndole él respondido que “Zeus y la victoria”, le había contestado: “Pues voyme ahora a los enemigos, porque ellos me recibirán”; y Antígono, al salir, cuando va estaba ordenada la hueste, tropezó y cayó de bruces, habiéndose hecho bastante daño; y levantándose, tendidas las palmas al cielo, pidió a los dioses la victoria o una muerte imprevista antes de la derrota. En el acto de embestir, Demetrio, que mandaba la mayor y mejor parte de la caballería, vino a caer al frente de Antíoco, hijo de Seleuco, y habiendo peleado valerosamente hasta haber rechazado a los enemigos, en el alcance, que fue seguido con más calor y arrojo del que la oportunidad sufría, malogró la victoria; porque al retirarse no le fue dado volver a incorporarse con la infantería a causa de haber interpuesto los elefantes, y viendo Seleuco el cuerpo del ejército privado de la protección de la caballería, hizo como que cargaba para envolverlo y se propuso dar ocasión a que los soldados mudaran de ánimo y se le pasasen, lo que así sucedió: porque un grandísimo número, que estaba cortado, al punto fue a incorporarse en sus filas, y los demás huyeron. Corrían muchos hacia Antígono, y diciéndole uno: “Contra ti vienen éstos ¡oh rey!” “¿Pues contra quién han de venir sino contra mí?- respondió-; mas ya volverá Demetrio en mi auxilio”; y mientras estaba con esta esperanza mirando si vendría el hijo, siendo muchos a tirarle saetas a un tiempo, cayó muerto. Todos los demás sirvientes y amigos al punto le abandonaron, quedando solamente en custodia del cadáver Tórax de Larisa.

XXX. Terminada de este modo la batalla, repartiéndose los reyes vencedores, como si fuera un cuerpo muerto, todo el imperio de Antígono y Demetrio, tomaron cada uno su parte y se repusieron de las provincias de éstos en las que cada uno había tenido antes. Demetrio huyó con cinco mil infantes y cuatro mil caballos, dirigiéndose con precipitación a Éfeso, y cuando todos creían que, falto de recursos, no saldría del templo, temeroso de que lo ejecutasen los soldados, dio al punto la vela, haciendo rumbo a la Grecia, por tener en los Atenienses sus principales esperanzas: porque hacía también la casualidad que allí había dejado naves, fondos y a su mujer Deidamía, y pensaba que no podía encontrar refugio más seguro en el estado en que se veía que el amor de los Atenienses. Por tanto, cuando navegando la vuelta de las Cíclades le salieron al encuentro embajadores de Atenas, intimándole que no tocase en aquella ciudad porque había decretado el pueblo que no se diera entrada a ninguno de los reyes, y a Deidamía la condujeron a Mégara con el honor y acompañamiento correspondiente, no fue dueño de sí mismo de cólera, sin embargo de que había llevado hasta allí resignadamente su desgracia y no se había mostrado en semejante mudanza abatido o humillado: pero el verse frustrado de las esperanzas que sobre el amor de los Atenienses había fundado, y que éste le había salido vano y falaz, era lo que sobre todo le desconsolaba; y es que para los reyes y poderosos el indicio menos cierto de amor de parte de la muchedumbre es el exceso en las sumisiones y los honores; pues consistiendo el precio de éstos en la voluntad y la elección, el miedo les quita el crédito y la fe, porque unos mismos son los decretos de los que temen, y de los que aman. Así, los hombres prudentes y de juicio, no mirando a las estatuas, ni a las pinturas, ni a las apoteosis, sino más bien a sus propios hechos y sus propias obras, según son éstas, o los tienen por verdaderos honores, o por resoluciones de la necesidad; como que los pueblos muchas veces cuantos más honores decretan más aborrecen a los que los reciben sin medida, con desdén y ceño de los que los decretan muy de mala gana.

XXXI Teniéndose Demetrio por malhadado en aquella situación, y no pudiendo tomar venganza de los Atenienses, no hizo más que darles quejas con cierta moderación, al mismo tiempo que trataba de recobrar sus naves, entre las que había una de trece órdenes de remos. Habiéndolas recibido, navegó al Istmo, y hallando que sus cosas no estaban allí en mejor estado, porque las guarniciones, de una en una, se le habían ido separando y pasando a los enemigos, dejó a Pirro en observación de la Grecia, y haciéndose a la vela se dirigió al Quersoneso, desde donde empezó a talar las tierras de Lisímaco para fomentar y mantener su ejército, que ya iba reponiéndose y siendo de no pequeña entidad. Por lo que hace a Lisímaco, se veía abandonado de los demás reyes, por no parecerles ser de mejor intención que aquel, y antes sí más temible, por lo mismo que tenía mayor poder. De allí a poco Seleuco envió a pedir en casamiento a Estratonica, hija de Demetrio y File, sin embargo de tener ya un hijo llamado Antíoco. habido en Apama, natural de Persia; creyendo por una parte que, según la extensión de su mando, tenía para muchos sucesores, y por otra que necesitaba enlazarse con aquel, por cuanto había visto que de las hijas de Tolomeo Lisímaco había tomado una para sí y otra para su hijo Agatocles. Era para Demetrio una felicidad inesperada ser suegro de Seleuco, y haciéndose a la vela con aquella doncella, marchó con todas las naves a la Siria, arribando por necesidad a diferentes puntos, y tocando en la Cilicia, donde dominaba Plistarco después de la batalla con Antígono, por haberle sido entregada por los reyes esta provincia como un don especial. Era Plistarco hermano de Casandro, y juzgando violado injustamente su territorio por Demetrio en las arribadas, con ánimo de quejarse a Seleuco de que había hecho la paz con el enemigo común sin el consentimiento de los otros reyes, se embarcó para ir en su busca.

XXXII. Habiéndolo entendido Demetrio, se encaminó desde el mar a Quinda, donde encontró que aún habían quedando mil doscientos talentos, los que recogió, y dándose prisa a embarcarse se hizo sin detención al mar. Reuniósele a este tiempo su mujer File, y en Roso le salió a recibir Seleuco. Fue esta primera entrevista sencilla, franca y regia, habiendo tenido primero Seleuco convidado en su tienda en el campamento de Demetrio, y recibido después Demetrio a aquel en su galera. Había entre ellos fiestas, conferencias y pasatiempos, sin guardias y sin armas, hasta que, desposándose con grande aparato Seleuco con Estratonica, se restituyó a Antioquía. Demetrio recobró la Cilicia, y envió a su mujer File a la corte de Casandro, su hermano, con el objeto de desvanecer las acusaciones de Plistarco. En esto, Deidamía, que había venido de la Grecia a reunirse con él, al cabo de poco tiempo murió de una enfermedad. Hizo amistad con Tolomeo por medio de Seleuco, entrando en el tratado que tomaría a Tolemaida, hija de Tolomeo, por mujer. Hasta aquí la conducta de Seleuco había sido muy urbana y civil; pero habiendo pretendido que Demetrio le entregara la Cilicia por cierta suma, porque éste no se prestó a ello le pidió con grande enojo la restitución de Sidón y de Tiro, dando muestras de obrar con la mayor violencia y propasarse a los mayores excesos; porque habiendo hecho suyo cuanto hay desde el mar de la India hasta la Siria, todavía era tan menesteroso y pobre, que por solas dos ciudades le era preciso no dejar vivir a un hombre que, sobre ser su suegro, había experimentado tales mudanzas de fortuna, dando en esto el más relevante testimonio a la sentencia de Platón, que exhorta al que quiera ser verdaderamente rico a que en lugar de aumentar la riqueza disminuya el deseo insaciable de tener, pues el que no sabe acallar la avaricia jamás se verá libre ni de pobreza ni de miseria.

XXXIII. Mas no se acobardó Demetrio, sino que, diciendo que, aunque en otras diez mil batallas fuese vencido, no sufriría el que Seleuco comprara de él por precio el ser su yerno, aseguró con guarniciones aquellas ciudades, y, con noticia que tuvo de que estando alterada Atenas trataba Lácares de tiranizarla, se prometió que con aparecerse tomaría fácilmente la ciudad. Lo que es la travesía la hizo en toda seguridad con una grande armada; pero al costear el Ática sufrió una fuerte tormenta, en la que perdió la mayor parte de las naves, y tuvo un no pequeño número de muertos. Habiendo él salido a salvo, aún hizo alguna guerra a los Atenienses, pero viendo que nada adelantaba, envió comisionados que juntaran nueva escuadra, y pasando al Peloponeso puso sitio a Mesena, donde combatiendo los muros estuvo en grande peligro por haber sido herido de un dardo lanzado con catapulta, que le lastimó la cara y la boca, pasándole la mejilla. Luego que se hubo recobrado, y que redujo a su obediencia algunas ciudades sublevadas, volvió de nuevo a invadir el Ática. Apoderóse de Eleusis y Ramnunte, taló el país, y habiendo apresado una nave con trigo que se dirigía a proveer a los Atenienses, ahorcó al comerciante y al piloto; de manera que, ahuyentados de miedo todos los demás, se padeció en la ciudad una terrible hambre, y con ella una absoluta escasez de todos los demás objetos. Así, la fanega de sal les costaba treinta dracmas, y un modio de trigo, trescientas. Proporcionaron algún respiro a los Atenienses ciento cincuenta naves que se aparecieron por la parte de Egina, enviadas en su socorro por Tolomeo; pero habiéndole llegado a Demetrio muchas del Peloponeso y de Chipre, hasta componer trescientas entre todas, levaron anclas las de Tolomeo y huyeron, y el tirano Lácares dio también a huir, abandonando la ciudad.

XXXIV. Los Atenienses, aunque habían impuesto pena de muerte al que hablara de paz o de reconciliación con Demetrio, al punto le abrieron las puertas que estaban inmediatas, y le enviaron embajadores, no con esperanza de alcanzar de él nada favorable, sino estrechados del hambre, en la que sucedieron cosas muy lastimosas, contándose entre otras la siguiente: Estaban retirados en una habitación desesperados de todo socorro padre e hijo, y habiendo caído del techo un ratón muerto, luego que le vieron corrieron los dos a cogerlo y se lo disputaron a golpes. Refiérese también que el filósofo Epicuro mantuvo en aquella ocasión a sus discípulos repartiendo con ellos cierta porción de habas por cuenta. Siendo ésta la situación de la ciudad, entró en ella Demetrio, y dando orden de que se juntaran todos en el teatro, guarneció con hombres armados la escena, cercó de lanceros el lugar de la representación, y bajando, como los actores trágicos, de los corredores altos, fue todavía mayor el susto de los Atenienses: pero con el principio de su discurso tuvo fin el miedo de éstos; porque quitando del tono de la voz y de las expresiones toda acrimonia, se quejó de ellos blanda y amistosamente, y se dio por desenojado, haciéndoles entregar cien mil fanegas de trigo y restableciendo los magistrados que les eran más agradables. Observó el orador Dromoclides que el pueblo con el gozo prorrumpía en diferentes aclamaciones, tratando de sobrepujar las alabanzas que los demagogos pronunciaban desde la tribuna, y propuso ley para que al rey Demetrio se le entregara el Pireo y Muniquia. Decretóse así, pero Demetrio puso por sí mismo guarnición en el Museo, no fuera que, sacudiendo otra vez el freno el pueblo, le diera causa a iguales detenciones.

XXXV. Reducida Atenas, asestó sus tiros contra Lacedemonia, y venciendo y rechazando en batalla al rey Arquidamo, que le salió al encuentro junto a Mantinea, invadió la Laconia. Hizo en otro encuentro quinientos cautivos y le mató doscientos a la vista de la misma ciudad de Esparta. Casi nada faltaba para hacerse dueño de ella, no habiendo sido nunca tomada hasta entonces; pero la Fortuna parece que no usó jamás con rey ninguno de tan grandes y súbitas mudanzas, ni con nadie fue tantas veces pequeña y grande, humilde de ensalzada, y poderosa otra vez de pobre y abatida; así se dice que el mismo Demetrio en una de las más notables entre estas vicisitudes, empleó, exclamando contra la Fortuna, este verso de Esquilo: Tú me alentaste, y tú quieres perderme. Porque entonces, yendo con tanta prosperidad sus negocios hacia el imperio y el poder, se le dio aviso primero de que Lisímaco le había tomado las ciudades del Asia; y enseguida de que Tolomeo se había apoderado de toda Chipre, a excepción de sola la ciudad de Salamina, y ésta la tenía sitiada, hallándose envueltos en el sitio sus hijos y su madre. Mas al mismo tiempo la Fortuna, que, como aquella mujer de los versos de Arquíloco, Engañosa y falaz, en la una mano agua llevaba, y en la otra fuego, habiéndole apartado con tan desagradables y terribles nuevas de Lacedemonia, le presentó otras esperanzas de nuevos y grandes sucesos con la ocasión siguiente.

XXXVI Muerto Casandro, su hijo mayor llamado Filipo, falleció asimismo, habiendo sido muy poco el tiempo que reinó, sobre los Macedonios, y los otros dos se pusieron entre sí en discordia y en abierta disensión. Uno de éstos, Antípatro, dio muerte a Tesalonica, su madre, por lo que el otro, Alejandro, llamó en su auxilio del Epiro a Pirro y del Peloponeso a Demetrio. Adelantóse Pirro, y tomándose una gran parte de la Macedonia como premio del socorro, era ya un vecino temible para Alejandro. Demetrio, luego que recibió la carta, se había puesto en movimiento con su ejército, y como aquel joven temiese todavía más a éste por su grande dignidad y fama, le salió al encuentro en Dío y lo saludó y recibió con las mayores muestras de aprecio; pero ya nada le dijo sobre tener necesidad de su presencia. Levantáronse, pues, sospechas de uno a otro, y yendo Demetrio a un banquete para el que aquel joven le había convidado, hubo quien le advirtió en el camino de que se le armaban asechanzas, teniendo dispuesto darle muerte entre los brindis. Nada se inmutó con esta denuncia, y sólo se detuvo un poco para dar orden a sus caudillos de que la tropa, estuviese sobre las armas, y mandó a los criados y demás personas de su comitiva, que eran muchos más que los de Alejandro, que entraran al comedor y permanecieran allí hasta que se levantase de la mesa. Temieron con esto los que Alejandro tenía prevenidos, y no se atrevieron a poner por obra su designio. Demetrio, excusándose con que no se sentía bien dispuesto para beber, se retiró cuanto antes, y al día siguiente ordenó la partida, diciendo que le habían ocurrido nuevos negocios, y que Alejandro le disculpara de que se retirase tan pronto, pues se detendría más con él en otra ocasión en que estuviese desocupado. Alegróse, pues, Alejandro, creyendo que aquella retirada no nacía de enemistad, sino que era voluntaria, y le acompañó hasta la Tesalia. Llegados a Larisa, volvieron a hacerse mutuos convites, con intención uno y otro de armarse celadas; y cabalmente esto fue lo que más contribuyó a que Alejandro se pusiera en manos de Demetrio; porque rehusando tener guardias, para no enseñar a éste a precaverse, sufrió con antelación lo mismo que pensaba ejecutar, que era no dar lugar a que Demetrio se le huyese. Convidado, pues, por éste, pasó a su hospedaje, y habiéndose levantado Demetrio en medio de la cena, como concibiese temor Alejandro, se levantó también, y a su mismo paso lo siguió hasta la puerta. Incorporado en ella Demetrio con sus guardias, no les dijo sino estas solas palabras: “Acabad con el que me sigue”, y saliéndose a la parte afuera, dieron éstos muerte a Alejandro y a aquellos de sus amigos que acudieron en su socorro, refiriéndose haber dicho uno de ellos cuando le herían que un solo día se les había anticipado Demetrio.

XXXVII. La noche, como era natural, se pasó en inquietud; pero a la mañana, aunque los Macedonios estaban alborotados y recelaban del poder de Demetrio, como nadie se presentase que les inspirara temor, y Demetrio les enviase a decir que quería hablarles y sincerarse de lo sucedido, ya esto les inspiró confianza y le recibieron apaciblemente. Luego que se presentó, no necesitó de largos discursos; sino que, como aborreciesen a Antípatro por matador de su madre, y no tuviesen cosa mejor de que echar mano, le proclamaron rey y, tomándole por caudillo, le condujeron a Macedonia. A los naturales que habían quedado en el país no les era tampoco sensible esta mudanza, porque tenían en memoria y detestaban lo mal que Casandro se había portado con Alejandro después de su muerte, y si aun quedaba algún recuerdo del antiguo Antípatro, disfrutábale Demetrio por estar casado con File y tener de ésta un hijo, sucesor del reino, que ya era mocito y militaba con el padre.

XXXVIII. Habiéndole sido tan favorable la Fortuna, supo que los hijos y la madre habían logrado caer libres, recibiendo todavía dones y honores de parte de Tolomeo; y supo asimismo de su hija casada con Seleuco, que lo estaba con Antíoco, hijo de éste, y que había sido proclamada reina de las provincias altas. Porque sucedió, según es fama, que Antíoco se enamoró de Estratonica, que era joven; mas tenía ya un hijo de Seleuco, por lo que vivía en la mayor aflicción y congoja, luchando con el mayor esfuerzo contra esta pasión; tanto, que considerando lo desordenado de sus deseos y lo insufrible de su mal, andaba meditando el modo de librarse de la vida, y pensó salir de ella poco a poco con no cuidarse de remedios y con acortar la comida, fingiendo en tanto que se hallaba enfermo. El médico Erasístrato comprendió sin dificultad que estaba enamorado; pero deseando descubrir de quién, lo que no era tan fácil, se quedó a habitar en su propia cámara; y si entraba algún mancebo o alguna joven de agraciada figura, miraba a Antíoco al rostro, y observaba los miembros y movimientos del cuerpo, que naturalmente son afectados cuando el ánimo sufre una vehemente impresión. Viendo, pues, que cuando entraban los demás ninguna novedad tenía, y que cuando entraba Estratonica, que iba muchas veces, o sola o acompañada de Seleuco, se notaban en él todas aquellas señales de Safo: apocamiento de la voz, encendimiento del color, caimiento de los ojos, repentinos sudores, alteración e intercadencia del pulso y, finalmente, que tenía desmayos, dudas, temores, y poco a poco se iba quedando pálido, conjeturó Erasístrato, por todos estos indicios, que el hijo del rey no estaba enamorado de otra sino de ésta, y que había hecho ánimo de callarlo hasta morir. Miraba por tanto como muy expuesto el manifestar y referir estas observaciones; mas fiado, sin embargo, en el grande amor de Seleuco a su hijo, aun se resolvió un día a decirle que aquel joven estaba enfermo de amores, pero de amores imposibles e insanables. Admirado al oírlo, “¿Cómo insanables?”, repuso. “Porque está enamorado de mi mujer” le respondió entonces Erasístrato; a lo que continuó Seleuco: “¿Pues cómo, no cederías, ¡oh Erasístrato!, a mi hijo este casamiento siendo tan su amigo, mayormente viendo hasta qué punto nos tiene a todos sin sosiego?” “Porque ni tú con ser su padre- le replicó Erasístratotendrías semejante condescendencia si sus deseos se dirigieran a Estratonica”; y entonces Seleuco: “¡Ojalá entre los dioses o los hombres hubiera, amigo mío, quien pudiera hacer repentinamente esta mudanza en la enfermedad, que yo tendría a dicha hasta ceder el reino por ver recobrado a mi hijo!” Pronunció Seleuco estas palabras con grande agitación y derramando lágrimas, y Erasístrato, tomándole la diestra: “Todo está remediado- le dijo- porque siendo padre, marido y rey, serás también el mejor médico de tu casa”. En consecuencia de esto, convocando Seleuco el pueblo a junta general, le dijo ser su voluntad y tener determinado declarar rey de todas las provincias altas a Antíoco y reina a Estratonica, enlazándose ambos en matrimonio; que en cuanto a su hijo, creía que habiéndole sido siempre sumiso y obediente, no se opondría a este casamiento; mas que si la esposa tuviese alguna dificultad, por ser cosa desusada, se llamase a las personas más de su confianza para que la instruyesen y persuadiesen que debía reputar por bueno y justo lo que el rey resolvía para el bien común. Tal se dice haber sido la ocasión y el motivo del matrimonio de Antíoco y Estratonica.

XXXIX. Habiendo tomado Demetrio la Macedonia y la Tesalia, y siendo dueño de la mayor parte del Peloponeso, y fuera del istmo de Mégara y de Atenas, se dirigió contra los Beocios. Hicieron éstos desde luego la paz con condiciones tolerables; pero pasando después a Tebas con ejército el espartano Cleónimo, volvieron a ensoberbecerse; y como al mismo tiempo Pisis de Tespias, que en gloria y en poder era el primero, concurriese también a inflamarlos, se le rebelaron. Mas apenas acudiendo Demetrio con sus máquinas de guerra puso sitio a Tebas, y por temor salió de ella Cleónimo, asustados los Beocios, se rindieron a discreción. Puso Demetrio guarnición en las ciudades, exigió crecidas contribuciones, y dejándoles por procurador y presidente a Jerónimo el Historiador, pareció haber andado demasiado benigno, especialmente en cuanto a Pisis, pues, habiéndose apoderado de su persona, no le hizo ningún mal, sino que le saludó y trató afablemente y le nombró comandante de la armada de Tespias. Fue de allí a poco cautivado Lisímaco por Dromiquetes, y marchando inmediatamente Demetrio con esta nueva a la Tracia, con esperanza de ocuparla como país desierto, se rebelaron de nuevo los Beocios, y le llegó aviso de que Lisímaco se hallaba libre. Retrocediendo, pues, sin dilación lleno de cólera, se encontró con que ya los Beocios habían sido vencidos en batalla por su hijo Antígono, y puso de nuevo sitio a Tebas.

XL. Talaba en tanto Pirro la Tesalia, hallándose ya en las Termópilas, por lo que, encargando a Antígono la prosecución del sitio, marchó contra aquel, que se retiró precipitadamente. Dejando, pues, en la Tesalia diez mil infantes y mil caballos, volvió sobre Tebas, haciendo traer la máquina llamada helépolis, de tanta mole y peso que era preciso conducirla muy poco a poco; así en dos meses apenas se hizo con ella el camino de dos estadios. Defendíanse esforzadamente los Beocios, y como Demetrio, por obstinación y empeño, pusiese muchas veces a los soldados en precisión de pelear y exponerse, viendo Antígono que eran muchos los que morían, y doliéndole de ello, “¿Por qué dejamos, padre mío- le dijo- que éstos perezcan sin necesidad?” A lo que irritado, “Y tú- le contestó- ¿por qué te incomodas de eso? ¿Acaso has de pagar su haber a los que mueren?” Mas con todo, queriendo no dar ocasión a que se dijera que sólo sus amigos no le dolían, sino correr la misma suerte que los que peleaban, en uno de estos encuentros una veloz saeta le atravesó el cuello. Estuvo bien malo de la herida; mas con todo, lejos de aflojar, tomó segunda vez a Tebas. Al entrar, su aspecto fue para inspirar el mayor terror y sobresalto, como si hubiera de cometer atrocidades; pero, contentándose con dar muerte a trece y desterrar a algunos, perdonó a los demás. Así sucedió que no haciendo diez años que Tebas había sido reedificada, dos veces fue tomada en este corto tiempo. Llegaba el de celebrar los Juegos Píticos, y Demetrio hizo una cosa enteramente nueva: porque teniendo los Etolios ocupadas las gargantas, celebró en Atenas los juegos y toda la festividad, dando por razón que allí correspondía fuese principalmente venerado un dios que era tenido por patricio y se decía ser el primer autor de aquel pueblo.

XLI. Volvió de allí a la Macedonia, y como de suyo fuese poco inclinado al sosiego, y viese que los súbditos le tenían más consideración en el ejército, siendo en casa turbulentos e inquietos, marchó contra los Etolios. Talóles el país, y dejando en él a Pantauco con no pequeña parte del ejército, se dirigió contra Pirro, y Pirro contra él; pero habiendo errado ambos el camino, el uno talaba el Epiro, y el otro dando sobre Pantauco, y trabando batalla, como hubiesen venido a las manos hasta darse y recibir mutuamente heridas, al fin le rechazó con muerte de mucha gente, y tomándole cinco mil cautivos; esto fue lo que sobre todo perjudicó a Demetrio, porque no tanto se concilió odio Pirro por el mal que les causó como admiración por ser hombre que las más cosas las acababa por su propia mano, habiendo adquirido gran renombre y fama en aquella batalla: y aun entre muchos de los Macedonios corría la voz de que todos los reyes, en este sólo veían una semejanza del ardimiento de Alejandro, cuando los demás, y especialmente Demetrio, sólo remedaban, como en un teatro, su gravedad y su lujo. Y por lo que hace a Demetrio, estaba en verdad hecho un representante de tragedia, pues no sólo llevaba cubierta la cabeza con un sombrerillo ceñido de dobles diademas, e iba vestido de una tela rica de oro y púrpura, sino que usaba además por calzado unos coturnos dorados, cuyas suelas eran de púrpura puesta en muchos dobles. Estábanle tejiendo largo tiempo había un manto, obra soberbia, remedo del mundo y de los astros del cielo, el cual quedó a medio acabar cuando ocurrió el trastorno de sus cosas; ninguno después se atrevió a usarlo, sin embargo de que de allí a bien poco hubo en Macedonia reyes sobrado orgullosos.

XLII. Ni sólo con este aparato disgustaba a unos hombres que no estaban hechos a él, sino que los incomodaba además con su lujo y con toda su conducta, y principalmente con no dejarse ver ni hablar; porque, o absolutamente no había tiempo para que diera audiencia, o si la daba era desabrido y usaba de malos modos con los que se le acercaban. De los Atenienses, a los que distinguía entre los demás griegos, detuvo dos años una embajada: y habiendo llegado de Lacedemonia un embajador, se inquietó sobremanera, pareciéndole que aquello era desprecio; pero el embajador se condujo con gracia y propiamente a la espartana; porque diciéndole Demetrio: “¿Qué quieres? ¿Conque los Lacedemonios no dependían más que un embajador?” “Cierto, ¡oh rey!- le respondió-, porque es a uno solo”. Pareció que un día se presentaba más popular y recibía sin ceño, por lo que acudieron algunos y le entregaron memoriales. Como los recibiese todos y los recogiese en el manto, se alegraron los interesados e iban siguiéndole; pero cuando llegó al puente del Axio, sacudió el manto y los arrojó a todos al río. Esto mortificó con extremo a los Macedonios, pareciéndoles que aquello más era escarnecerlos que reinar, mayormente acordándose ellos mismos, o habiendo oído a los que se acordaban de cuánta era en este punto la bondad y afabilidad de Filipo. Sucedióle una vez que una pobre anciana le salió al encuentro y le rogó e instó varias veces que la oyese; respondióle que no estaba de vagar, y, como ella le dijese en voz alta: “Pues no reines”, le hizo esto tanta impresión que, parándose a meditar sobre ello, se volvió a casa, y dando de mano a todos los demás negocios, se dedicó, empezando por aquella anciana a dar audiencia a cuantos quisieron muchos días seguidos, pues nada es tan propio de un rey como el cuidar de la administración de justicia. Porque Ares es tirano, como decía Timoteo; la ley, reina de todos, según expresión de Píndaro, y a los reyes no les da Zeus en depósito, dice Homero, máquinas de guerra o naves bronceadas, sino leyes para que las tengan en custodia y las guarden, llamando alumno y discípulo del mismo Zeus, no al más belicoso de los reyes, ni al más violento, ni al más matador, sino al más justo; pero Demetrio se complacía en un sobrenombre muy desemejante de los que se dan al rey de los dioses; porque éste se denomina protector y conservador de ciudades, y Demetrio tomó para sí el título de Poliorcetes, que es expugnador de ellas. ¡Hasta tal punto confundió un poder necio los términos de lo honesto, y de lo torpe, y quiso hacer habitar en uno la gloria y la injusticia!

XLIII. Habiendo estado Demetrio enfermo de peligro en Pela, faltó muy poco para que perdiese la Macedonia, acudiendo al punto Pirro y llegando hasta Edesa; pero apenas estuvo aliviado cuando le rechazó fácilmente e hizo con él un tratado, no queriendo que por haber de lidiar cada día en esta guerra de conquistar y reconquistar pueblos le sirviera de estorbo y le quitara ponerse en el pie conveniente para lo que meditaba; esto no era nada menos que recobrar todo el imperio que había tenido su padre. A esta esperanza y a este proyecto correspondían los preparativos, pues tenía ya reunido un ejército de noventa y ocho mil infantes, y además poco menos de doce mil caballos. Trataba también de juntar una armada de quinientas naves, habiendo hecho poner para unas las quillas en el Pireo, y para otras en Corinto, en Calcis y en Pela, y yendo él mismo de una parte a otra previniendo lo que convenía, y aun poniendo mano en la obra; con lo que excitaba la admiración de todos, que veían con asombro el número y la grandeza de tales trabajos. Porque hasta entonces nadie había visto galeras de quince y dieciséis, órdenes de remos: pero más adelante, Tolomeo Filopátor construyó una de cuarenta órdenes, que tenía de largo doscientos ochenta codos y de alto, hasta el remate de la popa, cuarenta y ocho. Acomodábanse en ella, fuera de los remeros, cuatrocientos hombres de tripulación, remeros cuatro mil, y cabían además de éstos, en los entrepuentes y sobre cubierta, poco menos de otros tres mil, ésta no sirvió mas que de espectáculo, pudiendo ser mirada como un edificio fijo destinado a la vista y no al uso, por ser muy difícil de mover, y aun no sin peligro. No así las naves de Demetrio, pues ni su belleza les quitaba el servir para el combate, ni el esmero en la construcción las hacía inútiles, sino que más bien que por su grandor eran admirables por su buen movimiento y su buen servicio.

XLIV. Mientras se disponían contra el Asia tantas fuerzas cuantas no reunió nunca ninguno después de Alejandro, se confederaron contra Demetrio Seleuco, Tolomeo y Lisímaco, y escribieron después juntos una carta a Pirro, excitándole a invadir la Macedonia, sin tener consideración a una paz que Demetrio no le había dado a él para estarse en quietud, sino que la había tomado para sí con el objeto de hacer la guerra a aquellos a quienes ya tenía intención de hacerla. Habiendo admitido Pirro la invitación tuvo para sí Demetrio una formidable guerra cuando todavía estaba tomando disposiciones: porque a un tiempo Tolomeo hizo que se le separara la Grecia, navegando a ella con una grande armada, e invadían la Macedonia, Lisímaco partiendo de la Tracia y Pirro entrando en ella por donde confinaba con su reino. Dejó Demetrio al hijo para que sostuviera la Grecia, y corriendo él en socorro de la Macedonia, primero se dirigió contra Lisímaco; pero dándosele aviso de que Pirro había tomado la ciudad de Berea, y extendiéndose la noticia entre los Macedonios, ya todo fue confusión en su campo, con lamentos y lloros, y aun con quejas e imprecaciones contra él, no queriendo éstos permanecer en el ejército, sino marcharse, según decían, a sus casas, pero en realidad al campo de Lisímaco. Resolvió, pues, Demetrio apartarse de éste lo más lejos que pudiera, y volver sus armas contra Pirro, porque Lisímaco era compatriota de ellos y aun amigo de muchos por Alejandro, mientras que Pirro era extranjero, y no era regular que le tuvieran más inclinación que a él los Macedonios. Mas saliéronle muy fallidos estos discursos; pues luego que se aproximó y puso su campo, cerca del de Pirro, como hubiesen admirado siempre el esplendor y fama de éste en las armas, acostumbrados como estaban de antiguo a tener por el más digno del reino al que era en la guerra más poderoso, y oyesen entonces que había tratado con humanidad a los cautivos, resolvieron todos pasarse o al otro o a éste, abandonando a Demetrio, y empezaron a marcharse, al principio a escondidas y en partidas pequeñas, pero después el movimiento y tumulto se hizo general en el campamento. Por fin, algunos se atrevieron a acercarse a Demetrio y prevenirle que huyera y se pusiera en salvo, por cuanto ya estaban cansados los Macedonios de hacer la guerra por su lujo y sus delicias. Pareciéronle a Demetrio estas palabras muy moderadas en comparación de las de la muchedumbre, y entrando en su pabellón, no como rey, sino como comediante, se puso un vestido negro en lugar de aquel trágico de que usaba, y con el mayor secreto que le fue posible se puso en fuga. Corría ya el mayor número al saqueo, altercando entre sí y despedazando la tienda, cuando llegó Pirro y al punto los reprimió y ocupó el campamento. Partió enseguida con Lisímaco toda la Macedonia, dominada siete años sin contradicción por Demetrio.

XLV. Precipitado de esta manera Demetrio de su alto estado, huyó a Casandrea, donde File, su mujer, llena de pesadumbre, no tuvo valor para ver a Demetrio, el más miserable de los reyes, otra vez reducido a la clase de particular y fugitivo; así, perdiendo toda esperanza y maldiciendo su fortuna, más firme en los males que en los bienes, tomó un veneno y murió. Demetrio, con el designio de recoger todavía los restos de aquel naufragio, navegó a la Grecia y reunió los generales y amigos que allí tenía. La comparación que el Menelao de Sófocles hace con su fortuna cuando dice El hado mío, en la inconstante rueda de Fortuna, se vuelve de continuo, cambiando siempre su presente estado: como el aspecto de la varia Luna, que dos noches no puede ser el mismo, sino que hoy de lo oscuro nueva sale, embelleciendo y redondeando el rostro, y cuando mayor luz y brillo ostenta otra vez cae, y toda desparece, parece que cuadraría mejor con las cosas de Demetrio, con sus crecientes y sus menguantes, sus brillanteces y sus oscuridades; pues pareciendo que entonces desfallecía y se apagaba del todo, volvió otra vez a resplandecer su poder, y juntó aun algunas fuerzas, con las que recobró algún tanto su esperanza. Mas ello es que entonces por la primera vez anduvo recorriendo las ciudades como simple particular, despojado de las insignias reales; y viéndole uno en Tebas en esta situación, le aplicó, no sin gracia, estos versos de Eurípides: De Dios mudada la esplendente forma en la de hombre mortal, a nuestra vista cabe el cristal de Dirce se presenta y del Ismeno en la apacible orilla.

XLVI Una vez que ya tomó la esperanza como un camino real, y volvió a tener cerca de sí un cuerpo y forma de mando, restituyó a los Tebanos su propio gobierno, mientras que los Atenienses se le rebelaron, y borrando de entre los que daban nombre al año, a Dífilo, que era sacerdote de los soteres o salvadores, le quitaron la vida, decretando que se eligieran otra vez arcontes conforme a las leyes patrias. Viendo a Demetrio con mayor poder del que habían esperado, llamaron a Pirro de la Macedonia, el cual marchó contra ellos con grande enojo, y puso estrecho sitio a la ciudad. Mas habiendo el pueblo enviado cerca de él al filósofo Crates, varón de grande crédito y autoridad, ya persuadido de éste acerca de lo que los Atenienses deseaban, y ya también meditando sobre lo que él mismo le manifestó convenirle, levantó el sitio, y reuniendo cuantas naves tenía, embarcó en ellas sus soldados, que eran once mil con los de caballería, y se dirigió al Asia con designio de hacer que la Caria y la Lidia se rebelaran a Lisímaco; pero en Mileto le salió al encuentro Eurídice hermana de File, trayéndole a Tolemaida, hija de Tolomeo que le estaba prometida en matrimonio por medio de Seleuco. Casóse, pues, con ella, tomándola de mano de Eurídice, e inmediatamente después de celebrado este enlace marchó a las ciudades de las cuales muchas voluntariamente se le sometieron, y otras muchas redujo por fuerza. Tomó también a Sardes, y algunos de los caudillos de Lisímaco se le pasaron, llevándole caudales y tropas: pero sobreviniendo con un ejército Agatocles, hijo de Lisímaco, se retiró a la Frigia con ánimo, si llegaba a tomar la Armenia de sublevar la Media y apoderarse de las provincias altas, que para el caso de verse acosado tenían muchos puntos de ocultación y de refugio. Perseguido de Agatocles, bien era superior en los encuentros; pero retirado de donde había víveres y pastos, además de hallarse falto de todo, se hacía sospechoso a los soldados de que quería llevarlos a ser habitante de la Armenia y la Media. Encruelecíase en tanto el hambre, y habiendo errado el vado para el paso del río Lico, pereció una gran partida, que fue arrebatada de la corriente; sin embargo, aun tenían humor para la sátira y la burla pues hubo, quien escribió delante de su tienda el principio de la tragedia de Edipo, con una ligera variación: Hijo de Antígono, el sobrado en años y de ojos falto, ¿qué región es ésta?

XLVII. Finalmente, con el hambre se juntó la peste, como suele suceder cuando en extrema necesidad se toman cualesquiera alimentos; y habiendo perdido unos ocho mil hombres, retrocedió con los que le restaban. Bajaba hacia Tarso con ánimo de no tocar en aquella provincia, que entonces pertenecía a Seleuco, para no dar a éste motivo ninguno de ofensa; mas siéndole imposible, por estar los soldados reducidos a la más estrecha necesidad, y porque Agatocles tenía tomadas todas las gargantas del monte Tauro, escribió a Seleuco una carta llena de quejas contra su fortuna, y concebida con las más encarecidas expresiones de ruego y de súplica, para que tuviera lástima de un deudo suyo, sujeto a tales desgracias, que debían alcanzar compasión aun de los enemigos. Habíase conmovido Seleuco, y escribió a los generales que allí mandaban dándoles orden de que a Demetrio se le hiciera en todo un tratamiento regio, y a sus tropas se las proveyera abundantemente de víveres; pero representóle Patrocles, hombre que pasaba por muy juicioso y era amigo fiel del mismo Seleuco, que aun cuando se prescindiera del gasto que había de hacerse con los soldados de Demetrio, el que éste hubiera de permanecer y detenerse en sus estados era negocio en que debía mirarse mucho, pues que siendo por sí Demetrio el más violento y emprendedor de todos los reyes, ahora había caído en tales infortunios que aun a los que son por naturaleza moderados los impelen a la violencia y a la injusticia. Como hubiesen hecho fuerza a Seleuco estas reflexiones movió para la Cilicia con un grande ejército; y Demetrio, que se sorprendió de esta repentina mudanza de Seleuco, concibiendo temor, se retiró a los puntos más inaccesibles del monte Tauro, desde donde le envió a rogar que le dejara tomar el país de alguno de aquellos reyes bárbaros que eran independientes, donde pasaría su vida en quietud, sin tener que andar errante y fugitivo; y cuando no, le diera con qué sostener sus tropas aquel invierno, y no lo despidiera desnudo y falto de todo, arrojándole así en las manos de sus enemigos.

XLVIII. Oyó Seleuco todas estas cosas con sospecha, y le propuso que podría invernar si quería en la Cataonia, entregando en rehenes los que más estimara de sus amigos; al mismo tiempo fortificó las entradas de la Siria. Viéndose con esto Demetrio cercado y encerrado por todas partes como una fiera, no lo quedó más arbitrio que valerse de los puños, por lo que taló el país, y trabando combate con Seleuco, que fue el que acometió, llevó siempre lo mejor. Como en una ocasión quisiesen acosarle con los carros falcados, logró rechazarlos y haciendo retirar a los que guarnecían las gargantas de la Siria, se apoderó de ellas. Cobró ya espíritu, y viendo también alentados a los soldados, se dispuso a combatir echando el resto contra todo el poder de Seleuco, que ya también empezaba a vacilar; porque había desechado los socorros de Lisímaco por temor y desconfianza, y no se resolvía a entrar solo en lid contra Demetrio, recelándolo todo de su precipitación y de aquella continua mudanza que de la última miseria lo elevaba a las mayores prosperidades. Mas en esto una gravísima enfermedad que acometió a Demetrio lo puso en su persona muy a los últimos, y destruyó de todo punto sus negocios; porque de sus tropas unos se pasaron a los enemigos y otros desertaron. A los cuarenta días, convalecido apenas, recogió lo que le había quedado, e hizo algún esfuerzo, cuanto mostrarse y dar a entender a los enemigos que se dirigía a la Cilicia, pero levantando a la noche el campo sin hacer señal alguna, tomó la dirección opuesta, y pasando al Amano, taló todo el país bajo hasta la Cirréstica.

XLIX. Sobrevino Seleuco, y habiendo puesto cerca su campamento, levantando el suyo Demetrio marchó de noche contra él, que estaba distante de sospecharlo, entregado al sueño; advertido por algunos que se pasaron del peligro que le amenazaba, se levantó asustado y mandó que se diera la señal, calzándose y gritando a un tiempo a sus amigos que tenía sobre sí una terrible fiera. Conoció Demetrio por el alboroto que percibía en el campo enemigo que se le había hecho traición, y se retiró precipitadamente. Viose a la mañana acometido de Seleuco, y enviando a uno de los de su confianza para mandar la otra ala, logró en parte rechazar a los enemigos que tenía al frente. Mas apeóse en esto Seleuco, quitóse el casco y, tomando la adarga, se dirigió y presentó en persona a los estipendiarios, exhortándolos a venirse a él, y haciéndoles entender que por consideración a ellos, y no a Demetrio, había dado largas por tanto tiempo. Con esto, saludándole todos y proclamándole rey, se le pasaron. Percibió Demetrio que de tantas mudanzas aquella era la última, y para evitar algún tanto el peligro, huyó hacia las llamadas puertas Amánidas, y metiéndose en una selva espesa con algunos amigos y sirvientes, entre todos muy pocos, esperó la noche con ánimo de tomar el camino de Cauno si podía, y caer de allí a aquel mar, donde esperaba encontrar su armada; pero cuando se informó de que no tenía raciones ni medios algunos aun para aquel día, tuvo que mudar de resolución. Presentósele en este punto su amigo Sosígenes, llevando consigo cuatrocientos áureos, y esperando con este socorro poder llegar hasta el mar, se encaminaban ocultos hacia las cumbres; pero descubriéndose en ellas hogueras enemigas, abandonaron aquel camino y se volvieron al mismo lugar; no ya todos, porque algunos habían huido, ni con la misma disposición los que quedaron. Atrevióse uno de ellos a manifestar la idea de que era preciso entregarse a Seleuco, y al oírlo Demetrio hizo movimiento de desenvainar la espada para pasarse con ella; pero cercándole los amigos y procurando consolarle, le persuadieron a que ejecutara lo propuesto. Envió, pues, mensajeros a Seleuco, entregándosele a discreción.

L.- Al oírlo Seleuco dijo que no se había salvado Demetrio por su fortuna sino por la del mismo Seleuco, a quien entre otros muchos bienes, quería concederle el de que pudiera hacer muestra de su compasión y benignidad. Llamando, pues, a sus mayordomos, les dio orden de que dispusieran un pabellón regio y todos los demás muebles, y preparativos para recibirle y hospedarle magníficamente. Residía cerca de Seleuco un tal Apolónides, que era amigo de Demetrio, y le envió inmediatamente para que se holgara con su vista y entrara en la confianza de que iba a ser recibido como correspondía de un deudo y un yerno. Conocida que fue la voluntad de Seleuco, aunque al principio fueron pocos a ver a Demetrio, después lo ejecutaron los más de los amigos del rey, compitiendo y queriendo adelantarse unos a otros: porque se esperó que iba a ser el de mayor autoridad cerca de Seleuco, y esto fue lo que convirtió en envidia la compasión, dando motivo a los malévolos y de dañada intención para pervertir y envenenar la humanidad del rey, a quien inspiraban recelos y desconfianzas, diciéndole que no se pasaría tiempo, sino que inmediatamente que se presentara Demetrio se verían grandes novedades en el ejército. Así es que no bien Apolónides se había congratulado con Demetrio, y los demás amigos habían principiado a comunicarle las más lisonjeras noticias acerca de las disposiciones de Seleuco, en virtud de las cuales el mismo Demetrio, después de tanto infortunio y desgracia si antes miraba como afrentosa la entrega de su persona, mudaba ya de parecer y empezaba alentado a abrir su corazón a la esperanza, cuando en aquel mismo punto llegó Pausanias con mil soldados entre infantes y caballos, y, cercando con ellos repentinamente a Demetrio, dio orden a los demás de retirarse, y a él, sin presentarlo a Seleuco, lo condujo al Quersoneso de Siria. Allí, fuera de haberle puesto una fuerte guardia, en lo demás la asistencia, la comida y cuanto podía necesitar para su comodidad le iba diariamente de parte de Seleuco, quien le hizo señalar además sitios amenos para recrearse y pasearse, y aun parques para la caza. Era también permitido a sus amigos y camaradas ir a verle, y de parte de Seleuco le visitaban igualmente algunos, llevándole mensajes halagüeños que le dieran confianza, haciéndole entender que todo se arreglaría entre ellos a satisfacción tan pronto como llegara Antíoco con Estratonica.

LI. Demetrio, constituido en tan infeliz estado, escribió al hijo y a sus caudillos y amigos residentes en Atenas y en Corinto que no dieran crédito ni a sus cartas ni a su sello, sino que, como si hubiera muerto, tuvieran en custodia las ciudades y cuanto le pertenecía para Antígono. Éste, cuando supo la cautividad del padre, la sintió con el mayor dolor, se vistió de luto y escribió a los demás reyes y al mismo Seleuco, haciéndoles ruegos, ofreciendo darles cuanto le quedaba y mostrándose pronto a entregarse en rehenes por la libertad del padre; a estas súplicas acompañaban las de muchas ciudades y personas poderosas, a excepción de Lisímaco, el cual envió quien ofreciera crecidas sumas a Seleuco por que diera la muerte a Demetrio. Mas Seleuco, que ya lo miraba mal, con esto aun lo tuvo por más abominable y bárbaro; pero reservando a Demetrio para su hijo Antíoco y para Estratonica, a fin de que la gracia fuera de éstos, iba prolongando el tiempo.

LII. Demetrio, además de haberse resignado desde luego con tranquilidad a aquella malaventura, se acostumbró fácilmente después a la vida que se le precisaba llevar, y aunque al principio hacía algún ligero ejercicio corporal, cazando o paseando, poco a poco se fastidió y cansó de él, y se entregó del todo a banquetear y jugar, pasando en esto la mayor parte del tiempo, bien fuese por huir de las reflexiones que hacía sobre su suerte en los ratos de cordura y vigilia, tratando de ofuscar de intento sus pensamientos con la embriaguez, o bien por haberse convencido de que, siendo aquella la vida a la que le llamaba su carácter, y la que ya antes había deseado y seguido neciamente y por una gloria vana se había desviado de ella para causarse a sí mismo y causar a otros las mayores inquietudes y pesadumbres, mientras buscaba en las armas, en las escuadras y en los ejércitos el bien que ahora, sin esperarlo, había encontrado en el ocio, en la quietud y en el descanso. Porque al cabo, ¿cuál otro puede ser el término de la guerra para los miserables reyes, torpe y malamente engañados, no sólo por ir en pos del regalo y del deleite, en lugar de seguir la virtud y la honestidad, sino porque ni siquiera saben gozar verdaderamente de los placeres y de las delicias? Demetrio, pues, al cabo de tres años de estar en aquel encierro, con la desidia, con la plenitud de humores y con el desarreglo en la bebida, llegó a enfermar, y murió a la edad de cincuenta y cuatro años, y Seleuco, además de haber sido censurado, él mismo tuvo grande disgusto y arrepentimiento de haber entrado en sospechas contra Demetrio y no haber sabido imitar a Dromiqueta, que, con ser Tracio y bárbaro, trató tan humana y regiamente a su cautivo Lisímaco.

LIII. Su entierro vino a tener también un aparato propiamente trágico y teatral, porque su hijo Antígono, luego que tuvo noticia de que se le enviaban las cenizas, movió con todas sus naves, salió hasta las islas a recibirlas, y cuando le fueron entregadas, puso en la galera capitana la urna, que era toda de oro. Las ciudades adonde arribaron ciñeron de coronas la urna, y dispusieron que ciertos ciudadanos vestidos de luto acompañaran la pompa fúnebre. Dirigióse la escuadra a Corinto, y desde luego se descubría en la popal la urna adornada con la púrpura y diadema reales, y custodiada por una guardia de jóvenes armados. Jenofanto, que era entonces el flautista de más crédito, estaba sentado allí junto, y tañía el aire más lúgubre y sagrado, y moviéndose a su compás los remos resultaba un ruido con cierta modulación semejante al que hay en los duelos cuando en los intervalos de la música se oyen los lamentos y gemidos; pero, sobre todo, el ver a Antígono tan afligido y lloroso fue lo que más contristó y movió a compasión y lástima a todo el inmenso gentío que había acudido a la orilla del mar. Hechas que le fueron en Corinto magníficas exequias, poniendo nuevas coronas en la urna, llevó Antígono a depositar aquellos despojos a Demetríade, ciudad que tomaba de él su nombre, y que había sido fundada de muchas aldeas a las orillas del golfo Yólquico. La familia que dejó Demetrio fueron Antígono y Estratonica, de File; dos Demetrios, el uno, a quien llamaron el Flaco, de una mujer del Ilirio, y el otro, que quedó reinando en Cirene, de Tolemaida y de Deidamía Alejandro, que pasó su vida en el Egipto, diciéndose que tuvo además de Eurídice otro hijo llamado Corrabo. Descendió por sucesiones, reinando su linaje hasta Perseo, que fue el último, bajo el cual los romanos subyugaron la Macedonia. Concluido ya el drama trágico del Macedonio, tiempo es de que pasemos a la representación del Romano.

 


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